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viernes, 11 de febrero de 2011

¡CON SOLO TOCARLO...! (Mateo 9:20-22; Lucas 8:43-48)

Mientras Jesús enseñaba a las multitudes a orillas del Mar de Galilea, un destacado dirigente de la sinagoga del lugar, llamado Jairo, se abrió paso a empujones entre el gentío, y echándose a los pies de Jesús, le imploró que sanase a su hijita. "¡Está al borde de la muerte!" ¡exclamó desesperado!. "¡Te suplico que vengas y la toques, para que reviva!"
Jesús, lleno de compasión, accedió. Pero mientras iba, las muchedumbres le oprimían, y en medio de aquel aluvión de gentes se encontraba una mujer que desde hacía doce años padecía de una terrible hemorragia. Había ido de médico en médico sin lograr que ninguno la curase. Se había gastado hasta el último centavo en cuentas de médico y se había sometido a tratamientos que la habían hecho sufrir mucho. Pero a pesar de todo, el flujo de sangre continuaba.
Desesperada, la mujer pensó, "Vaya, ¡si tan solo pudiese tocarle, sé que me sanaría!" Entonces, al ver a Jesús a lo lejos, empezó a avanzar ansiosamente hacia El. No era fácil abrirse paso entre aquella turba de mirones que a empujones y empellones se esforzaban por acercarse a Jesús. Pero un solo pensamiento la apremiaba: ¡Tenía que tocar al Maestro, aunque no fuera más que el borde de Su manto!
Por fin se aproximó lo bastante como para tocarle, y extendiendo su mano escasamente alcanzó a rozar Su manto con la punta de los dedos. ¡Nada más tocarle, cesó por completo la hemorragia! Una cálida y maravillosa sensación de salud y bienestar recorrió todo su cuerpo y supo que después de todos aquellos años de sufrimiento y dolor, ¡por fin se había sanado! Jesús se detuvo por un instante, pues percibió que de El había salido poder para curar. Volviéndose hacia la muchedumbre, preguntó, "¿Quién me ha tocado?" Sus discípulos lo miraron asombrados, diciendo, "La multitud te rodea y te oprime, y preguntas: `¿Quíen es el que me ha tocado?'" Pero Jesús, ya sabiendo quién era la que lo había tocado, sonrió, y en silencio, deliberadamente, se dio la vuelta y miró a la asombrada mujer.
Ella, al darse cuenta de lo que había ocurrido, se llegó a El temblando y, postrándose a Sus pies, le confesó lo que le había sucedido. Con cariño y ternura, como le hablaría un padre a su hijo, Jesús le dijo, "¡Hija, tu fe te ha sanado! Ve en paz y sé curada de tu enfermedad. ¡Con ello Jesús indicó claramente a la multitud que tocar Sus vestiduras no había sido lo que había sanado a la mujer, sino que "su fe en El la había sanado"!
Aquella mujer puso en acción su granito de fe, y el resultado ha resonado a lo largo de los siglos: "¡Tu fe te ha sanado!"
De esta historia podemos sacar una enseñanza que podemos aplicar hoy mismo en nuestra vida, en este mismo momento. A pesar de que mucha gente se agolpaba en torno a Jesús, ¿por qué no fue sino una sola persona la que recibió el poderoso toque divino de curación? Muchos habían salido a ver a Jesús por mera curiosidad; les interesaba más ver al hombre en persona. Sin embargo, aquella mujer, tan pronto como oyó hablar de El, creyó en Su corazón que El sí la podía ayudar, cuando todo lo demás había sido inútil. Llena de fe, avanzó hacia El sin darse por vencida, ¡hasta establecer ese contacto divino con el Señor!
¡Qué ilustración de cómo es la oración! Lo esencial no es lo mucho ni el tiempo que ores, ¡sino que lo hagas con fe! Es como sintonizar una emisora con una radio. Cuando por fin se establece el contacto preciso, ¡se escucha la señal bien fuerte, nítida y sonora! La oración es establecer contacto entre nuestras necesidades humanas y los recursos divinos. Cuando oramos no hacemos más que presentar nuestra necesidad y creer que Dios lo hará. Y si estás haciendo todo lo posible para confiar en el Señor y obedecer Su Palabra, ¡El te socorrerá en tu hora de necesidad!
¡Cualquier maravilla puede ocurrir en ese pequeño margen de tiempo en que no te das por vencido, sino que sigues creyendo y orando! Aquella mujer frágil y enfermiza no tenía más fuerzas que para acercarse a Jesús; mas cuando actuó sobre la base de su pequeña semilla de fe, hizo contacto con el Señor.
Qué bendición es aprender a establecer contacto con el poder divino a través de la oración. ¡Lo que da resultados es esa búsqueda espiritual de contacto con Su Espíritu mediante la obediencia a la Palabra de Dios!
Es una pena que actualmente haya tantísimos cristianos cuya fe se inclina más hacia los doctores en medicina que hacia el Gran Médico en persona, Jesucristo. En realidad, no es que hayan perdido fe, ¡sino que simplemente han transferido esa fe a la profesión médica! No es que los médicos sean malos, sino que con frecuencia no hace falta recurrir a ellos, y en todo caso, ¡son muchas las veces en que se ven incapaces de ayudar!
Muy a menudo corremos al botiquín buscando un remedio para algún malestar, dolor o indisposición, ¡sin considerar que una simple oración de fe podría ahorrarnos toda la molestia! ¡Hasta un simple dolor de cabeza se puede aliviar con un poquito de fe en Dios! Tomar una aspirina no tiene nada de malo, pero ¿por qué no darle una oportunidad a Dios? Ora para que seas sanado; ¡y El no solamente te puede curar, sino que además te puede revelar cuál fue la causa y qué puedes hacer para evitarla o corregirla!
Uno de los principales factores que intervienen en la curación es la fe, saber que Dios te ama y que velará por ti pase lo que pase. ¿Y sabías que la fe no solo sana, sino que elimina una de las principales causas de enfermedades y mala salud, que son el temor y la tensión!
¡Dios está completamente dispuesto a curarte y ayudarte en cualquier momento en que lo necesites! ¡Basta con que se lo pidas! Su Palabra dice: "Yo soy el Señor, Dios de toda carne; ¿habrá algo que sea difícil para Mí?" Jesús dijo: "Si permaneces en Mí y Mis Palabras permanecen en ti, ¡pide todo lo que quieras, y te será hecho!" (Juan 15:7) ¿Has pedido al Señor que te conceda Su poder curador?

***

La oración no solo sale más barata que los remedios, ¡sino que además es más segura!
Confiar en que Dios te va a curar te mantiene cerca del Señor, mientras que confiar en que el médico te va a curar te mantiene cerca del médico, ¡y sin un centavo!
Como Jesús nos creó, ¡nos puede sanar!

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