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lunes, 7 de febrero de 2011

LIBRO: ESCUCHA PALABRAS DEL CIELO


Índice

¡Dios aún habla!...................................................
Principios elementales.......................................
Primeros pasos..................................................
Aplicaciones prácticas.....................................
Modo de empleo................................................
Una relación bien personal.............................
Un don al servicio de los demás...................
Mantenimiento....................................................
Peligros................................................................
El entorpecedor.................................................
Qué hacer con las dudas................................
Preguntas frecuentes.......................................
Un mensaje personal del Cielo para ti.........
Promesas eficaces

¡Dios aún habla!
Dios no ha muerto. Está vivito y coleando, y sigue deseoso de comunicarse con Sus hi- jos en esta era moderna. Por eso, quiere hablarte también a ti.
¿Cómo es eso posible? Para comprender cómo es que Dios todopoderoso, el Creador del universo, puede y quiere comunicarse directamente contigo, es importante que seas consciente de cuánto te ama. Te quiere tanto que envió a Su Hijo Jesús para que muriera por tus pecados; al creer en Él y aceptarlo como Salvador, obtienes perdón y se te concede vida eterna en el Cielo. Jesús murió por los pecados de toda la humanidad, pero habría hecho lo mismo sólo por ti. ¡Ya ves cuánto te quieren Él y Su Padre!
Por ese mismo motivo nos dio también la Biblia, en la cual nos explica cómo podemos llevar una vida de amor y armonía con Él y con nuestros semejantes. Las Palabras de Dios registradas en la Biblia son una fuente inagotable de fe, consuelo, aliento, orientación y fortaleza. Son capaces de desentrañar los misterios más recónditos y de activar en nuestro favor Su amor y Su poder, lo cual nos ayuda a hacer frente a nuestra atareada y en ocasiones estresante existencia.
Pero eso no es todo. Dios nos quiere tanto que no se limita a comunicarse con nosotros por medio de palabras ya escritas; también desea hacerlo directamente. Él sabe que en la vida se nos plantean interrogantes y dificultades, y quiere darnos respuestas y soluciones. También quiere dirigirnos palabras de amor y ánimo para avivar nuestra fe y tranquilizarnos cuando pasamos por experiencias penosas. Desea enseñarnos a ser felices. Para ello creó un sistema de comunicación de doble sentido, un canal que lo enlaza a cada uno de nosotros —la oración—, que nos permite hablarle y escuchar las respuestas específicas que nos dirija.
¿Y si no te consideras muy espiritual ni te sientes muy cerca de Dios? No te preocupes, pues Él le habla a cualquiera que tenga la fe de un niño. Además, Él desea transmitirte Su infinita sabiduría y Su amor sin límites. Quiere llevarte paso a paso a tener una relación más estrecha con Él y a comprender más a fondo Su voluntad y Sus caminos. Dice: «Clama a Mí, y Yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces»1.
Dios puede hablarte de diversas formas. Mientras lees la Biblia, puede hacer que cierto pasaje te llame la atención e indicarte de qué forma se aplica a tu caso o responde a un interrogante que tienes. También es posible que ni siquiera se valga de palabras, que simplemente te dé una corazonada o una convicción profunda, un conocimiento intuitivo sobre determinada situación. Asimismo puede comunicarse contigo por medio de vívidos sueños y visiones. A veces nos habla por boca de otras personas, consejeros piadosos de cuya sabiduría y experiencia nos podemos beneficiar. Otro medio maravilloso que puede emplear para conversar contigo son las profecías, con las que puede darte valiosos consejos prácticos y orientación.
Una profecía no siempre es una predicción. Según un diccionario, una de las acepciones de profecía es: «Palabras de inspiración divina». Dicho de otro modo: profetizar consiste en recibir un mensaje directamente de Dios. Es el acto de escuchar mentalmente palabras que creemos que proceden de Él, y decirlas o registrarlas. (Por supuesto, también es posible oír la voz de Dios sin expresar o anotar lo que se recibe. De todos modos, para simplificar, al hablar de profecías en el presente libro nos referimos a las pronunciadas o registradas). El don de profecía puede reportarte innumerables beneficios; puede conducirte a un mayor conocimiento de Dios, de Su amor y de Su plan; puede ser el recurso por el que Él te dé soluciones precisas a los problemas que se te presenten; por ese medio, Dios puede consolarte y animarte cuando estés enfermo o descorazonado, o indicarte formas de transmitir Su amor a los demás y ayudarlos a superar sus dificultades. La verdad es que sería imposible enumerar todas las formas en que puede resultarte útil.
Tú —sí, tú mismo— puedes escuchar palabras del Cielo. ¡Pon a Dios a prueba! Verás que abrirá las ventanas del Cielo y derramará bendiciones sobre ti —tesoros de palabras Suyas dirigidas a ti en particular—, tantas que no podrás contenerlas todas.

Dios es como una emisora que transmite a toda hora. Del mismo modo que hay ondas de radio invisibles que nos rodean en estos momentos, el Espíritu de Dios está siempre presente, esperando a que nosotros establezcamos contacto. Y nosotros, como si fuéramos pequeñas radios a transistores, hemos sido diseñados por nuestro Creador con capacidad para captar esas señales. La estación de Dios está siempre emitiendo. El mensaje está siempre ahí. Pero para recibirlo hay que encenderse y sintonizar Su frecuencia.
En comparación con la tremenda potencia y las complejas operaciones de la emisora, tú, que operas el receptor, no necesitas ni mucha potencia ni mucha destreza. La oración es la mano de la fe, que acciona el interruptor para prender la pequeña energía que posees. Luego la mano de la esperanza sintoniza con expectativa en busca de la frecuencia en que transmite Dios; y de golpe entra Su estación a todo volumen, y oyes los mensajes con toda claridad.
D.B.B.
Ó
«Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (Hebreos 13:8). Así como habló a Sus profetas de otros tiempos, nos habla a nosotros hoy en día. Gracias a Dios, sigue vivo.
D.B.B.

Principios elementales
Una vez que te has hecho a la idea de que Dios puede hablarte, ¿cuál es el siguiente paso? Bien, lo primero es aprender los principios elementales.
1. Mantén una relación personal con Jesucristo
Si has aceptado a Jesús como Salvador, ya has cumplido con el requisito primordial. Al abrirle el corazón a Jesús, diste inicio a una relación íntima con Él, no solamente como salvador, sino como amigo, maestro y consejero.
Si aún no has aceptado a Jesús, puedes hacerlo ahora mismo, rezando una sencilla oración como la que sigue:
Jesús, creo que eres el Hijo de Dios y que moriste por mí. Necesito que Tu amor me purifique de mis errores y malas acciones. Te abro la puerta de mi corazón y te pido que entres en mí y me des el don de la vida eterna. Amén.
2. Llénate del Espíritu Santo
Poco antes de ser crucificado, Jesús dijo a Sus discípulos que una vez que se hubiera marchado les enviaría el Espíritu Santo, el Espíritu de Verdad, para que les enseñase todas las cosas y los condujera a toda la verdad1.
Todo el que recibe a Jesús como salvador recibe también una medida del Espíritu Santo. Sin embargo, normalmente llenarse del Espíritu Santo hasta rebosar —lo que la Biblia llama el bautismo del Espíritu Santo2— es una experiencia que ocurre con posterioridad.
Si aún no te has llenado del Espíritu Santo, puedes hacerlo de la misma manera que recibiste la salvación: simplemente orando y pidiéndoselo a Dios. «Si vosotros [...] sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?»3
[Si quieres profundizar en el significado de la salvación —el acto de aceptar a Jesús como Salvador— y del bautismo del Espíritu Santo, y entender la magnífica transformación que tales experiencias pueden operar en tu vida, no te pierdas Los dones de Dios, de la misma colección].
3. Ora por el don
Ocurre con frecuencia que cuando una persona recibe el Espíritu Santo, recibe también el don de profecía —la capacidad de oír palabras de Dios directamente— y otros dones del Espíritu, como el de hablar en lenguas o el de curación1, aunque en ese momento no lo entienda ni sea consciente de ello. El Espíritu Santo es el que nos da el don de profecía, y a veces lo recibimos de forma automática al orar para ser bautizados con el Espíritu; en otros casos no sucede así, sino que tenemos que pedirlo específicamente. De modo que si no estás seguro de haber recibido el don de profecía cuando pediste el Espíritu Santo, conviene que le pidas concretamente al Señor que te lo conceda. Jesús prometió: «Todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá»2. Él está más que dispuesto a darte cualquiera de los dones del Espíritu que le pidas, entre ellos el de oír Su voz directamente.
4. Habla con Jesús
La oración no es algo tan complicado ni tan formal como piensa mucha gente. No debe ser un rito, sino una relación viva. Jesús quiere hablarte con la misma franqueza y libertad con que lo haría tu mejor amigo o tu cónyuge; pero la comunicación se tiene que dar en ambos sentidos. Aunque puede que al principio te resulte un poco incómodo si no estás acostumbrado a dirigirte a Él personalmente, una vez que comiences a hacerlo con frecuencia se volverá más fácil.
Quizás experimentes dificultad al orar porque consideras que lo que tienes que decirle a Jesús no le será aceptable o que no te entenderá. Recuerda, sin embargo, que la Biblia dice que cuando Jesús estaba en la Tierra fue tentado —o puesto a prueba— en todos y cada uno de los aspectos en que nos vemos tentados nosotros1. Ten, pues, la plena seguridad de que Él lo ha visto y oído todo. Te entiende y te ama como nadie. Quiere que le cuentes tus pensamientos más íntimos, tus sentimientos más recónditos, así como tus sueños y anhelos secretos.
5. ¿Jesús o Dios?
Un interrogante que tal vez te asalte cuando ores e intentes escuchar palabras del Cielo es si debes dirigirte a Dios, a Jesucristo o a ambos. ¿Hay alguna diferencia? En la Biblia Jesús dijo: «Yo y el Padre uno somos»2; por otra parte, son Padre e Hijo. Se trata de un misterio espiritual que no alcanzamos a captar o comprender bien con nuestra mente mortal. No obstante, dado que son uno en espíritu, podemos dirigirnos a cualquiera de los dos con la certeza de que nuestras oraciones serán escuchadas y respondidas.
Como Jesús vino a la Tierra y vivió como uno de nosotros, en cierta forma está más próximo a nosotros. La experiencia de haber estado en carne humana hace que nos comprenda muy bien. Refiriéndose a Él, dice la Biblia que «no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado»3. Él estuvo en la misma situación en que te encuentras tú en este momento.
La Biblia lo describe como nuestro intercesor ante Dios: «Puede salvar perpetuamente a los que por Él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos»4. Eso significa que podemos hablar con Dios invocando el nombre de Jesús, o bien hablar directamente con Jesús. De igual forma, podemos recibir profecías de cualquiera de los dos, aunque la experiencia nos indica que es común que quienes tienen el don de profecía oigan más la voz de Jesús que la de Dios Padre.
6. Lee la Palabra de Dios
Para aplicar correctamente las palabras que te diga Jesús en profecía, es necesario que conozcas en alguna medida la Palabra de Dios ya registrada. La Biblia es tu fundamento1.
7. Ten fe
Puede que este principio parezca más abstracto o difícil que los demás, pero en realidad no lo es tanto. ¿Qué es la fe? La Biblia dice que es la seguridad de que algo que queremos que suceda se hará realidad. Es la certeza de que lo que esperamos nos aguarda, aunque al presente no podamos verlo2. Consiste en creer en Dios y en Su poder, aunque sean intangibles.
¿Cómo podemos obtener fe? Muy sencillo: con la lectura de la Palabra de Dios3. Al leer acerca de todas las veces en que Dios habló a Sus hijos en otras épocas y familiarizarnos con Sus innumerables promesas de hablarnos de forma directa, se fortalece enormemente nuestra fe en que podemos escuchar palabras del Cielo. Es más, cobramos fe para cualquier cosa que Dios quiera que hagamos.
8. Pide al Señor que te hable
Puede que parezca una perogrullada, pero para recibir algo del Señor en profecía es necesario que primero le pidas que te hable. Si estás convencido de que puede hablarte, tendrás más fe para pedirle que lo haga y esperar una respuesta bien clara. Él ha prometido: «Clama a Mí, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces»1. Pide, pues, y recibirás Su respuesta.
9. Sé humilde
Nuestro modo de pensar, nuestra actitud y nuestros motivos determinan en parte la claridad con que oímos palabras del Cielo. Uno de los requisitos que el Señor nos impone para recibir Sus palabras es que acudamos a Él con humildad. Es preciso que tengamos conciencia de que somos débiles, de que no conocemos las soluciones y por lo tanto tenemos necesidad de Él. La Biblia dice: «Tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros»2. Debemos estar dispuestos a admitir que no sabemos gran cosa, que no somos más que una vasija vacía a la espera de ser llenada. Y una vez que Él nos hable, no debemos olvidarnos de reconocerle todo el mérito y alabarlo. A fin de cuentas, es una manifestación de Su poder. Es un don que Él nos da; no es nada nuestro.
10. Pide a Dios que anule tus propios deseos y pensamientos mientras le escuchas
Para recibir mensajes de Dios, debemos estar receptivos. Es imperioso que tengamos una actitud abierta. Debemos estar dispuestos a aceptar cualquier cosa que Él nos diga, aunque nos sorprenda, o no sea totalmente de nuestro agrado, o no lo entendamos bien.
Si le pides la solución a un problema, y tú ya tienes una idea formada o sabes lo que quieres, aun así Dios puede hacerte llegar Su mensaje con claridad, siempre y cuando estés dispuesto a hacer a un lado tus deseos a fin de oír lo que Él quiera decirte. Es natural tener opiniones y anhelos; pero debemos pedirle que los aparte de nosotros por un momento y que retire de nuestra mente toda idea preconcebida mientras averiguamos Su punto de vista y Su voluntad.
Una vez que le hayas pedido al Señor que haga eso, ten fe en que lo que captes proviene de Él. Si el mensaje avala la postura que tú habías tomado, te resultará animador, pues significa que ibas bien encaminado y que cuentas con Su bendición para proceder. En caso contrario, no tardarás en descubrir que la sabiduría con que Él enfoca el asunto supera con creces la tuya. Puede que tu idea fuera buena, pero la Suya resultará ser mejor.

Pídele a Dios el don de profecía. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, Él siempre hablaba para orientar, guiar, consolar, animar y corregir a Sus hijos. Tú también puedes escuchar Su voz todos los días. El apóstol Pablo dijo: «Quisiera que todos vosotros profetizaseis» (1 Corintios 14:5).
D.B.B.
Ó
«Te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti» (2 Timoteo 1:6). «No descuides el don que hay en ti» (1 Timoteo 4:14). Tienes que ejercitar tu don, emplearlo. Como todo ejercicio, requiere esfuerzo. Cuesta algo, pero vale la pena.
D.B.B.
Ó
Distinguimos lo cierto de lo falso por los criterios establecidos en la Palabra de Dios. La Palabra [escrita] es nuestro fundamento, nuestra guía, nuestro patrón, la vara con que medimos todas las cosas, incluso las palabras que Dios nos da hoy en día [en profecías]. Ese es el estándar por el que nos regimos para reconocer lo que es verdad y lo que está errado.
D.B.B.

Primeros pasos
Como sucede con muchas cosas, comenzar no siempre es fácil. Lo que a mucha gente le re- sulta más problemático es soltarse. Hay que estar dispuesto a renunciar a toda idea preconcebida que se pueda tener y abrir el corazón y la mente a los pensamientos y caminos del Señor, que suelen diferir de los nuestros.
Para escuchar al Señor es necesario poner temporalmente los sentidos y pensamientos en pausa. El primer paso consiste en creer que existe una dimensión espiritual y que hay Alguien ahí que quiere comunicarse contigo. A continuación debes hacer a un lado lo que te dicen los sentidos —a veces incluso lo que te dicta el sentido común— para dar lugar a lo que Dios quiera decirte.
Una vez resueltas esas dos cosas, estás listo para comenzar en serio. Busca un lugar tranquilo y habla un rato con el Señor. Dile lo que tengas en el corazón. Cuéntale lo mucho que significa Él para ti. Agradécele Su amor y todas las cosas buenas que ha hecho por ti. Repasa las bendiciones que has recibido de Él. A Dios le encanta que lo alabemos. «Entrad por Sus puertas con acción de gracias, por Sus atrios con alabanza; alabadle, bendecid Su nombre»1.
Quizá tengas una pregunta específica que hacerle. Plantéasela. Las oraciones concretas obtienen respuestas igualmente concretas. También es posible que no tengas nada en particular que preguntarle, pero sientas curiosidad por saber lo que Él quiere decirte. En cualquier caso, una vez que le hayas explicado por qué quieres que te hable, permanece callado y centra en Él tu atención. Si cierras los ojos, te resultará más fácil aislarte visualmente de lo que te rodea y tendrás menos distracciones.
Esfuérzate por concentrarte y escuchar con el espíritu. Guardar silencio y esperar es una manifestación de fe. Denota que crees que tu Creador te ama y te responderá. Es precisamente en esos instantes de quietud cuando es posible que Él te hable, mientras aguardas ante Él en silencio, con una actitud reverente, humilde y paciente.
A veces Dios nos habla recordándonos un versículo o un pasaje de la Biblia que hemos leído o memorizado. Si ese versículo se aplica a la situación en que estás o a la decisión que debes tomar en ese momento, bien puede ser la solución clara y sencilla que buscas.
En otras ocasiones, es posible que el Señor te dé un mensaje que nunca hayas oído, que no había transmitido a ninguna persona empleando exactamente esas palabras. En algunos casos puede que el estilo del mensaje sea un poco formal; en otros, tal vez el lenguaje sea sencillo y coloquial. El Señor puede expresarse como quiera sobre cualquier tema, aunque normalmente le habla a cada uno de la manera que le resulte más reconocible y fácil de entender.
Acepta, pues, lo que te venga al corazón, al pensamiento o a los oídos. Tómalo como un mensaje que te dirige el Señor. Es algo así como hacer una traducción simultánea: uno sólo oye una frase u oración a la vez. Cuando pronuncies, escribas o registres esas palabras, el Señor te dará otro poco. Cada vez que repitas lo que Él te dice, estarás demostrando que crees que se trata de un mensaje del Señor. Es una manifestación de tu fe, y eso lo complace.
Es fácil rechazar esa voz interior pensando que se trata de nuestros propios pensamientos, sobre todo cuando estamos empezando a escuchar al Señor. Pero es importante que aceptes que es Él quien habla por medio de ti. Cuando le pidas con sinceridad que te hable, Él lo hará. Y cuando lo haga, debes aceptar que lo que oyes proviene de Él. «Pedid, y se os dará»1. Dios sacia de cosas buenas a los que tienen hambre espiritual2. De ahí la importancia de la fe, que nos permite creer con convicción en las promesas de Dios, en el sentido de que al clamar a Él recibiremos respuesta.
En el momento de recibir un mensaje, procura no pensar en él, no analizarlo, evaluarlo ni juzgarlo. Simplemente acepta lo que te va llegando y da gracias a Dios por ello.
Mientras recibes un mensaje del Señor, puede que experimentes una diversidad de emociones. Hay gente que siente excitación o euforia; algunas personas se ponen como nerviosas; otras se echan a llorar; algunas hasta se ríen a carcajadas; pero muchas no sienten nada de nada. Es posible que uno sienta algo en una ocasión, y en otra no sienta nada. El hecho de sentir algo no es señal de que el mensaje sea más o menos válido. «Por fe andamos, no por vista»1, y menos aún por sensaciones.
No esperes recibir un mensaje largo y elocuente la primera vez que guardes silencio y le pidas a Dios que te hable, aunque bien puede ocurrir. Lo normal es que con el tiempo, a medida que adquieras experiencia y ejercites tu don de profecía, los mensajes que recibas del Señor se vuelvan más detallados y completos. Así que sigue practicando. ¡No te des por vencido!
No te desanimes si al comienzo tienes un don de profecía embrionario y no recibes más que una o dos frases, o un versículo de la Biblia, cuando esperabas recibir algo más extenso. ¡No dejes que eso te detenga! Ánimo, que al menos recibiste algo. Si sigues probando, es probable que poco a poco vayas recibiendo más. La práctica hace al maestro. Además, no olvides que un mensaje del Cielo no tiene por qué ser largo para ser bueno. Hay ocasiones en que el Señor te da la solución que necesitas con una sola frase. Claro que antes de volver a tus quehaceres conviene que esperes para ver si tiene algo más que decirte; pero si crees que ya te ha dicho todo lo que te iba a decir, agradéceselo y confía en que esas palabras contienen la solución que buscas.
También puede ocurrir que, mientras oras, te distraigas tanto con otros pensamientos que no llegues a oír nada. No te preocupes. A veces resulta difícil concentrarse. El Señor entiende nuestras flaquezas humanas. Esto es algo nuevo para ti. El solo hecho de que lo intentes es señal de que estás haciendo progresos. No desistas.
Procura tomarte unos minutos cada día para orar y alabar al Señor. A continuación, preséntale la pregunta del día y quédate unos momentos escuchando Su voz. Conforme vayas ejercitando tu don, te resultará más fácil recibir palabras del Señor.
Si sigues fortaleciendo tu fe con la lectura de la Palabra escrita de Dios y perseveras en tu ardiente deseo de tener este don de Su Espíritu, el Señor no te defraudará. Él ha prometido hablarte, y no faltará a Su promesa en tanto que tú cumplas con tu parte.

Es fácil recibir respuestas del Señor. Solo hay que tener fe. Cuando le pidas al Señor una respuesta, cuenta con que la recibirás y acepta lo primero que te venga. Si de veras crees y acudes al Señor, y tienes ansias de ver u oír, Él no te defraudará. Lo que veas u oigas con tus ojos u oídos espirituales provendrá del Señor. Simplemente abre tu corazón y deja entrar la luz. «Tenemos este problema, Señor. ¿Qué podemos hacer?» Si lo buscas con afán y le preguntas, Él te responderá.
D.B.B.
Ó
El cerrar los ojos nos ayuda a ver en la dimensión espiritual y a volvernos inconscientes de las cosas y personas que nos rodean. Nos ayuda a concentrarnos en el Señor y sosegarnos, de modo que nada nos distraiga.
D.B.B.
Ó
Dios está vivo, y habla. Todavía quiere a Sus hijos y se comunica con ellos. Puedes escucharle todos los días. Cada día debería aportarte una nueva experiencia y ser una nueva ocasión de escuchar Su voz.
D.B.B.
Ó
Cuando le pedimos al Señor que nos guíe, es importante que nos expresemos en términos concretos y esperemos una respuesta concreta. Hablar con precisión es una manifestación de fe. Es indicativo de que se espera una respuesta clara y exacta. De otro modo, uno no sería tan preciso.
D.B.B.

Un recién nacido ilustra magníficamente el concepto de la fe y el acto de escuchar a Dios. Cuando llora para que su madre lo atienda, a ésta no se le ocurriría negarse. Un bebé tiene más fe que la que manifestamos nosotros a veces, porque cuando llora, espera que alguien lo escuche. Sabe —porque Dios le dio esa certeza— que si llama, le atenderán. Parte de la base de que su pedido será atendido, y en efecto así sucede.
Una vez que el bebé tiene el pezón de la madre en la boca, automáticamente comienza a mamar. Cuando le pedimos algo a Dios, Él nos lo pone en la boca; pero si no empezamos a succionar, no conseguimos nada. Hace falta fe para ponerse a succionar. Muchas veces el bebé tiene que chupar durante un par de minutos hasta que sale algo. La succión es comparable a la acción de la fe.
¿Qué extrae la leche del pecho? ¡El vacío! Cuando el bebé chupa, crea deliberadamente un vacío en su boca, el cual extrae la leche. Tienes que crear un vacío en tu corazón: «Señor, aquí tienes este espacio vacío. Llénalo Tú».
¿Sabes qué es lo que llena ese vacío? No es el bebé. Lo único que hace el lactante es crear un vacío reduciendo la presión dentro de su boca, y así la leche fluye del pecho de la madre hacia la boca del niño. Al orar, uno crea un vacío. Al buscar la ayuda del Señor, uno crea un espacio que hace falta llenar. Uno crea un espacio vacío, y la presión del Señor lo llena. La fuerza en realidad proviene del exterior, no de adentro. Lo único que uno hace es crear un vacío, el cual atrae la fuerza.
D.B.B.

Aplicaciones prácticas
Hay quienes afirman que hoy en día profeti- zar no tiene ninguna aplicación práctica. Afortunadamente, están en un error. Su falta de fe les lleve a perderse los tesoros espirituales que Dios podría concederles si creyesen. Si bien eso es una lástima, no quiere decir que también tú tengas que perdértelos. Lo único que Él exige es que pidas con fe. «Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido»1.
Las aplicaciones prácticas de profetizar son innumerables. El Señor es capaz de cubrir toda necesidad, de responder cualquier interrogante, de proporcionar cantidad de soluciones, de desentrañar el más complejo de los enredos, de resolver el peor de los conflictos. Solo hay que darle una oportunidad. Si intentas sinceramente hacer lo que te diga, si sigues Sus consejos, no te quepa la menor duda de que obtendrás resultados. Nunca te arrepentirás de haberle escuchado. Cierto es que quizá no logres un éxito inmediato, y hasta puede que en algunos casos nunca llegues a averiguar exactamente de qué forma el haber escuchado al Señor contribuyó a resolver determinada situación. Sin embargo, si dejas que Él te conduzca, no puedes errar. Confía en que Él cumplirá Su Palabra. Te dará ni más ni menos lo que necesitas, lo que sabe que a la larga más te beneficiará.
El Señor quiere que lo incluyamos en todos los aspectos de nuestra vida y que le permitamos ayudarnos a tomar decisiones, sean éstas importantes o triviales. Considera el siguiente ejemplo:
Carolina está de visita en casa de su tía, que vive en un pueblo a varias horas de distancia. Es viernes, y ya lleva una semana allí.
Llama a Guillermo, su marido, para enterarse de cómo van las cosas en casa, y él le asegura que todo va de maravilla. Ella le comenta que su tía la ha invitado a quedarse hasta el domingo, y él le dice que está bien, que él y los niños se las arreglarán por un par de días más. Carolina cuelga, pero antes de tomar la decisión final y decirle a su tía que se quedará, se dirige a su cuarto y le pide a Jesús que confirme la idea.
Con tono suave, el Señor le dice: «Es mejor que regreses ahora. Aunque Guillermo y los niños están bien, y según él pueden arreglarse unos días más, van a necesitarte allí el fin de semana».
Carolina lleva poco tiempo cultivando el hábito de consultarle al Señor las decisiones personales que toma, por lo cual se siente un poco insegura. Le pide al Señor que le dé algo más, y Él le recuerda el versículo: «Reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus veredas»1. En vista de que eso es justamente lo que acaba de hacer al presentarle al Señor sus planes, ese versículo le infunde fe en que la primera respuesta que recibió era, en efecto, el Señor hablándole.
Así las cosas, concluye la visita —tal como habían previsto originalmente— y regresa a su casa esa misma noche. El sábado por la mañana transcurre sin novedad. Guillermo corta el pasto, y Carolina se dedica a hacer la limpieza mientras los niños juegan. En vista de que al parecer Guillermo y los niños se las hubieran arreglado bien sin ella, por un momento Juani se pregunta si cometió un error al regresar a casa la noche anterior. Entonces recuerda que la decisión de regresar la tomó basándose en lo que le dijo el Señor, y prosigue con sus quehaceres.
Después del almuerzo, suena el teléfono. Se trata del jefe de Guillermo, quien explica que se ha producido una crisis que requiere la atención inmediata de éste. Cinco minutos después, Guillermo se despide de su esposa e hijos y parte presuroso.
De pronto todo se ve más claro. Si Carolina hubiera estado en casa de su tía, a varias horas de distancia, Guillermo se habría visto en un aprieto. Los vecinos están todos fuera de la ciudad, así que no habría habido nadie para cuidar a los niños. Carolina da gracias a Dios, que la aconsejó tan sabia y amorosamente. Él no le había dicho qué clase de emergencia surgiría, pero sí le había indicado cuál de las dos opciones, en apariencia igual de buenas, era la mejor.
La orientación que nos brinda Dios puede hacer una gran diferencia en prácticamente toda circunstancia, sea ésta intrascendente o dificultosa. Prescindiendo del Señor es posible obrar con acierto en algunos casos, o incluso en la mayoría. Pero Él da en el blanco todas las veces, sin falta. Profetizar es algo valiosísimo cuando uno se enfrenta a profundos interrogantes o complejas situaciones, aunque ya verás que también te será de gran ayuda en asuntos de menor importancia. El Señor siempre está próximo a nosotros, dispuesto a echarnos una mano. ¿Por qué no recurrir, entonces, a Sus palabras de sabiduría y beneficiarnos del mejor asesoramiento profesional que pueda haber?
Tal vez te enfrentas a dificultades económicas en el negocio y no tengas claro qué hacer al respecto. Quizá te cueste llevarte bien con tu jefe o tus empleados. Posiblemente tengas conflictos matrimoniales o problemas sentimentales. O puede que tu trabajo y tus relaciones personales anden bien, pero que no veas claro hacia dónde se encamina tu vida o cuáles deben ser tus objetivos prioritarios.
Si tienes hijos, siempre habrá cantidad de cosas que no entiendas y sobre las cuales te vendría bien contar con orientación celestial. Puede que uno de tus hijos sea un poco lento para aprender a leer; otro tal vez sufra de incontinencia de orina por la noche; a otro quizá le cueste ganar amigos. A lo mejor el mayor acaba de entrar en la pubertad y te da la impresión de que no logras comunicarte con él. Hay muchos libros que pueden serte muy útiles en esas pequeñas crisis. También puedes pedir asesoramiento a padres de familia con más experiencia, o a docentes y pedagogos. Sin embargo, ¿por qué no consultar también a Aquel que creó a tus hijos y conoce sus necesidades mejor que nadie?
Imagínate que vas a realizar un viaje de negocios y puedes planear tu itinerario de varias maneras. O quizás estés pensando transladarte a otra ciudad, o cambiar de profesión. Tal vez no sepas cuál sería el mejor momento para tomarte unas vacaciones, o no sepas adónde ir.
Si esas situaciones te resultan familiares, aprovéchalas para echar mano de la sabiduría de Dios, que todo lo ve, todo lo conoce y todo lo puede. Él sabe lo que traerá el futuro, y lo que más te conviene y más feliz te hará. Además, si consultas tus planes con Él y sigues Sus directivas, puedes evitarte accidentes y perjuicios.
Es posible que al comienzo te resulte un poco incómodo poner al Señor en el centro de tu vida cotidiana, con todas sus alegrías, sinsabores, dificultades y decisiones espinosas. Pero ése es justo el lugar que Él desea ocupar. En poco tiempo te preguntarás como te las arreglabas antes para tomar decisiones sin Su ayuda.

Uno de los principios fundamentales que conviene observar al tomar una decisión es detenerse a rezar en vez de ponerse a hablar. La oración no consiste solamente en decirle a Dios lo que uno quiere, sino también en dejarlo hablar a Él y esperar a que responda. Si hacemos eso, Él nos indica cómo debemos proceder. Tómate tiempo para escuchar a Dios, y Él se tomará tiempo para resolver tus problemas.
D.B.B.
Ó
Cuando el Señor concede a alguien el don de profecía, lo hace con un propósito. Espera que la persona haga uso del don para recibir instrucciones concretas en todos esos casos en que la respuesta o la solución que busca no se encuentra en la Palabra de Dios. Claro que luego uno tiene que acceder a obrar como Él dice, porque en definitiva sólo Él sabe qué conviene hacer.
Pedirle respuestas y pautas no es ninguna pesadez. Todo lo contrario. El hecho de que Él nos hable directa y personalmente, que responda a nuestras inquietudes y nos dé consejos, que nos levante el ánimo y nos consuele, que nos revele los íntimos anhelos de una persona o la clave para resolver una situación, es maravilloso, liberador, renovador, fenomenal, asombroso. Préstale oído hoy mismo. Te alegrarás enormemente. ¡Y Él también!
María David
Noé debió de pasar mucho tiempo escuchando al Señor. De otro modo, no habría podido recibir todas esas instrucciones para construir el arca. No olvidemos que no había visto jamás una nave de esas dimensiones. Seguramente Dios le especificó centímetro a centímetro cómo debía hacerlo.
D.B.B.
Ó

Jesús puede darte instrucciones personalizadas para cualquier situación en que te encuentres. Él conoce las dificultades que atraviesas, y puede y quiere proporcionarte lo que necesitas. Responderá a tus interrogantes, te orientará cuando no sepas qué hacer, te levantará la moral cuando sientas que no puedes seguir adelante, te infundirá valor para dar testimonio de tu fe cuando no te atrevas a hacerlo, te revelará la solución de conflictos en apariencia irremediables, te dará entereza para hacer Su voluntad cuando te enfrentes a una decisión difícil, y te concederá fuerzas sobrenaturales que únicamente se obtienen apoyándose en Él. Todo esto y mucho más está a tu disposición si tan sólo le presentas a Jesús tus problemas, tribulaciones, necesidades e inquietudes.
María David

Modo de empleo
Cuando se compra una herramienta eléctrica o un aparato, por lo general viene con un manual de instrucciones. A primera vista el artefacto puede parecer relativamente fácil de usar; pero al leer el folleto del fabricante uno suele descubrir características que no había advertido. Los manuales dan consejos de mantenimiento, con el objeto de que el aparato se conserve en buen estado y funcione correctamente. También es frecuente que presenten medidas de seguridad que pueden no habérsele ocurrido al usuario.
Recibir el don de profecía es como adquirir una potente herramienta espiritual. Antes de usarla, hay unas cuantas cosas que conviene saber.
El momento y el lugar
Para recibir algo del Señor tienes que buscar un sitio tranquilo, donde haya un mínimo de distracciones. Es posible oír palabras del Cielo aunque haya ruido alrededor —el bullicio de los niños, conversaciones en voz alta en un cuarto contiguo, el estruendo del tránsito o de una obra vial—; pero cuesta más concentrarse.
En medio de un día ajetreado suele ser difícil hallar aunque sea un momento de tranquilidad y silencio. En efecto, una vez que empieza la jornada puede resultar complicado parar para tomarse un rato así, y más aún encontrar un sitio apropiado. Por otra parte, como es natural, el mejor momento para averiguar qué debes hacer cada día es antes de que éste dé comienzo. Esos tres factores constituyen motivo suficiente para pasar un rato con el Señor a primera hora. Es posible que no siempre puedas; y aún cuando puedas, posiblemente surjan situaciones a lo largo del día que exijan que hagas una pausa para enfocar las cosas desde la óptica de Dios. Pero lo ideal es a primera hora.
Ponte cómodo
Para orar y escuchar al Señor no es necesario que estés en determinada postura física. Lo mejor es que estés en la posición en que te resulte más fácil concentrarte y oír las palabras del Señor. También conviene que no tengas mucho frío ni calor, que no estés muy cansado ni tengas mucha hambre o sed. Cualquiera de esas cosas podría distraerte, de modo que remédialas antes si puedes.
No obstante, no siempre se puede esperar a que se den las circunstancias ideales para escuchar al Señor. Si lo postergas hasta que la situación sea ideal, tal vez nunca llegues a hacerlo. De modo que si necesitas una respuesta enseguida, haz una pausa dondequiera que estés y pídesela a Dios. Pase lo que pase a tu alrededor, si haces un esfuerzo puedes obtener una respuesta.
Despéjate la cabeza
Ya sea que acabe de comenzar la jornada o que te detengas a la mitad para preguntarle algo al Señor, tendrás que mentalizarte. No siempre es fácil apartar los pensamientos del trabajo o de las demás cosas que ocupan nuestra atención, pero es importante pedirle al Señor que nos ayude en ese sentido.
En muchos casos viene bien leer aunque sólo sea unos minutos la Palabra de Dios. Con ese propósito, ten siempre a mano una biblia y otras lecturas inspirativas. Otra cosa que facilita a veces la comunicación es entonar un par de canciones de alabanza al Señor. Si no puedes, o si te sientes incómodo cantando en voz alta, hazlo en silencio. «Entrad por Sus puertas con acción de gracias; por Sus atrios con alabanzas»1.
La alabanza, la oración, la Palabra y los cánticos contribuyen a despejar nuestra mente y nos ayudan a centrar nuestra atención en el Señor. Averigua qué es lo que te resulta mejor.
Registra lo que recibas
Cuando el Señor te hable, procura dejar constancia de lo que te diga. Si tienes una grabadora o un dictáfono, repite frase por frase las palabras que el Señor te dé, a medida que las recibas. Si se trata de una visión, graba una descripción lo más detallada posible. También puedes escribir o mecanografiar el mensaje conforme lo recibes. Si optas por escribir a mano los mensajes, conviene que tengas un cuaderno exclusivamente para ello. (Acuérdate de apuntar las preguntas que le haces al Señor, no sólo Sus respuestas).
Registrar las preguntas y mensajes te permitirá estudiarlos y repasarlos más adelante. Ocurre con frecuencia que después de escuchar al Señor uno no recuerda claramente el mensaje que recibió, sobre todo si fue largo y detallado; y aunque uno lo recuerde a grandes rasgos, es fácil que no tenga bien presentes ciertos matices. En muchas ocasiones, el Espíritu de Dios nos pone palabras directamente en la boca si las estamos grabando, o nos guía la mano si las vamos escribiendo o mecanografiando a medida que las recibimos, sin que tengamos plena conciencia de lo que decimos o escribimos. Así pues, la única forma de saber luego cuál fue la respuesta es haberla registrado bien.
No te pongas a analizar
Es natural ponerse a cavilar sobre lo que dice el Señor en cuanto Él empieza a hablar. Al fin y al cabo, ése es el motivo por el que le consultamos: para averiguar Su opinión. Pero si empiezas a reflexionar en el mensaje o a analizarlo antes de que termine, te resultará más difícil recibir el resto. Tus pensamientos pueden apagar la voz del Señor. Si te pierdes aunque sólo sea una porción de lo que Él quiere decirte, puede que se te pase por alto algo muy importante.
Registrar el mensaje a medida que lo recibes te ayuda a relajarte y no interrumpir el flujo, pues tienes la seguridad de que todas las palabras quedarán grabadas o escritas. Una vez recibida la totalidad del mensaje, llega el momento de reflexionar sobre su significado. Reprodúcelo o léelo y medita en lo que te dijo el Señor.
También es importante pedirle que te ayude a interpretar o entender correctamente lo que dijo. A veces una situación no se resuelve conforme a lo que creemos que dijo el Señor porque malinterpretamos Sus palabras. Estamos convencidos de que nos indicó determinada cosa cuando en realidad dijo algo muy diferente.
Por ejemplo, ¿dijo que tal cosa es lo mejor que puedes hacer? ¿O dijo que te permitirá hacerla si ese es tu deseo? ¿Dijo que debes obrar basándote en tus convicciones personales, según lo que consideres que está bien, lo que te parezca mejor? ¿O dijo claramente que se trata de algo que debes hacer sin falta para evitar problemas o daños?
Hay que tener en cuenta cada palabra, el modo en que están expresadas las ideas, el tono del mensaje. Si no lo estudias con detenimiento y no le pides al Señor que te dé la interpretación acertada, puede que te pierdas cierto matiz de significado o incluso que lo entiendas totalmente al revés.
Además, no te sorprenda que un mensaje que te dio la impresión de ser inconexo, poco claro o poco fluido mientras lo recibías, resulte luego ser de lo más completo, equilibrado y elocuente. Ocurre bastante seguido, y es una indicación más de que lo que recibiste en efecto provino del Señor y no fue un reflejo de tus propios pensamientos.
Búscalo
Muchas veces el Señor, cuando nos habla, nos recuerda un versículo o un pasaje de Su Palabra escrita. Si aún no te ha sucedido, verás que te sorprenderá de qué forma cobran vida las Escrituras cuando Él las aplica a tu caso. Ten a mano una biblia para buscar el versículo o pasaje que Él te haya indicado para tu situación, a menos que ya te lo conozcas muy bien. Para ello es estupendo contar con una concordancia, ya sea impresa o electrónica, pues facilita y agiliza mucho la búsqueda de versículos y pasajes específicos.

En el momento en que comenzamos a escuchar la Palabra escrita del Señor, adoptamos una actitud predispuesta a escuchar, y en consecuencia el Señor empieza a hablarnos y nos da Su Palabra profética para el momento actual.
D.B.B.
Ó
Señor, cerré la puerta. Ya puedes decirme
lo que en la confusión no alcanzaba a oírse.
Ahora que mi corazón ha enmudecido,
declárame Tu voluntad aquí al oído.
Señor, cerré la puerta y la ventana. Habla,
porque por fin atenta a Ti está mi alma.
Reprende todo lo vano, dame consejos.
Dirige Tú mis impulsos y mis deseos.
Cesan los gritos en esta quietud bendita.
Estando en Tu presencia hallo paz infinita.
Lejos he dejado conflictos y pecados.
Señor, corrí el cerrojo. ¡Dentro Tú has quedado!
Me inclino reverente. Dame entereza
para lo que me aguarda fuera de esta pieza.
Si no cuento con Tu ungimiento, me fatigo.
Renueva mis fuerzas aquí a solas contigo.
William M. Runyan

Dios ha llenado la vida de misterios, interrogantes, enigmas, emoción y suspenso para poner a prueba nuestro intelecto, nuestra espiritualidad, nuestra fe y nuestra confianza en Él, y para espolearnos a buscar soluciones.
Al indicarnos Su voluntad, a veces es como si nos pusiera delante un rompecabezas. Nos habla con acertijos y enigmas complicados de descifrar, aunque casi siempre nos da una pista inicial y luego nos conduce paso a paso. Le complace que tengamos que buscar, porque eso nos lleva a ejercitar nuestra fe en Él, en Su Palabra, en Su magnanimidad, en Su orientación divina y en Su amor paternal.
D.B.B.
Una relación bien personal
Si eres como el resto de los mortales, es normal que a veces te descorazones o sufras vaivenes emocionales. Puede incluso que padezcas depresiones. Tal vez recientemente haya fallecido un ser querido o un amigo tuyo. Quizá tus problemas se acumulan, y no hay muchas personas que te echen una mano. A lo mejor perdiste tu empleo hace poco, o meses atrás. Cualquiera que sea tu problema, angustia o desazón, Jesús desea reconfortarte. Es un amigo más cercano que un hermano1. Pese a ser el Hijo de Dios, conoció las mismas dificultades y decepciones que nosotros2. No hay nada que escape a Su comprensión. Como dice un conocido himno:

Vuélvete a Jesús en tu desdicha.
Tu mejor amigo es el Señor.
Lo hallarás muy cerca, a tu lado,
para darte paz y bendición.
Dile todo lo que sientes.
Vuélvete al Señor, dale todo tu dolor.
Dile todos tus problemas.
Borrará tus penas con Su amor.

La Biblia dice que Dios está cercano a los quebrantados de corazón1. Él es mucho más que un paño de lágrimas, y hace más que darte la mano. Es capaz de llegar a los rincones más recónditos de tu alma. Puede aliviar tu dolor y sufrimiento, y reemplazarlos con amor, paz, consuelo e incluso alegría. Todo eso Él lo hace por medio de Sus palabras. Al proyectar sobre tus lágrimas la luz de Su Palabra, éstas adquieren los colores del arco iris. Es como cuando sale el sol después de la lluvia, o como la luz al final de un túnel.
Jesús te ama entrañablemente. Quiere expresarte Su amor de forma muy personal; pero no puede a menos que tú se lo permitas. Quiere ayudarte a entender por qué ha permitido que te sobrevengan ciertas contrariedades; sin embargo, para eso necesita que lo escuches. Quiere que comprendas por qué te sientes así y decirte qué puedes hacer al respecto; pero para eso tienes que anhelar Sus soluciones. En los momentos más difíciles, Sus palabras —tanto las escritas como las que Él te revele en profecía— cobrarán vida en tu corazón. Sólo tienes que hacer el esfuerzo de recibirlas.

El Señor desea ser tu pastor o consejero personal. (V. el Salmo 23.) Cuando te sientas solo, cuando necesites a alguien que enjugue tus lágrimas, a alguien que te comprenda o te dirija unas palabras de ánimo y compasión, Él siempre estará a tu disposición.
María David
Ó
Jesús nunca se queda corto de palabras. Te emocionará una y otra vez con nuevas revelaciones, originales ilustraciones y descripciones, palabras de amor y ternura, instrucciones detalladas y mucho más. Sus palabras fluyen sin parar. Son tan abundantes como el agua del océano. ¿Por qué conformarte con unas gotitas cuando puedes zambullirte, nadar y deleitarte en el agua deliciosa y refrescante de Su Palabra viva, dirigida a ti personalmente?
María David
Ó
A solas me voy al jardín.
Hay rocío aún en las rosas.
Siento allí una voz que destila amor.
Me cuenta muchas cosas.
Salgo a pasear, salgo a conversar
con el propio Hijo de Dios.
Todo huele a paz, a felicidad
cuando oigo Su suave voz.
C. Austin Miles

Un don al servicio de los demás
Cuando descubras las magníficas ventajas de escuchar palabras del Cielo, sin duda que- rrás que tus amistades, tus seres queridos y tus conocidos se beneficien de ese don. Una vez que te convenzas de que Dios es capaz de hablarte —de revelarte soluciones prácticas, concretas y viables a los problemas y retos que se te presentan, y de consolarte y animarte cuando estés decaído—, te darás cuenta de que tu don puede también ayudar a los demás.
Hoy en día hay en el mundo muchísimas personas angustiadas o que tienen el corazón quebrantado. Seguramente conoces a alguien que está pasando una temporada difícil o se esfuerza por recuperarse de una tragedia. En situaciones así, nada infunde más ánimo que un mensaje personal del Señor, en el cual Él exprese Su amor a esa persona y la reconforte como solamente Él puede. Al fin y al cabo, Él la conoce mejor que nadie. Así que, además de mandarle flores o una tarjeta, ¿por qué no pedirle a Jesús que te dé un mensaje del Cielo para pasárselo a esa persona que atraviesa una crisis?
Dios está al alcance de todo aquel que acuda a Él sinceramente. No es exclusivista ni discriminador, no tiene favoritismos. Si un amigo o pariente tuyo tiene fe y hace el esfuerzo, a Dios le sería igual de fácil hablarle a él. Sin embargo, ocurre con frecuencia que cuando alguien toca fondo, tiene la impresión de que Dios está muy lejano. Aunque conozca al Señor, en muchos casos se siente indigno de que Él le hable o incluso lo ame. O tal vez se sienta abandonado por Él en vista de las dificultades que afronta. Necesita una persona que le canalice el amor de Dios, y tal persona puedes ser tú. Una vez que perciba el amor del Creador por medio de un mensaje que tú hayas recibido para él, puede que se reavive su fe para acudir a Dios él mismo.
No siempre es fácil recibir un mensaje del Señor para otra persona. Hace falta mucho valor. ¿Qué pasa si piensa que te lo inventaste, o que es un poco extraño que te creas capaz de escuchar la voz de Dios? Pero no es preciso que te preocupes por lo que piensen los demás. Jesús dijo: «Yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a Mí mismo»1. Si la persona está mínimamente abierta al Espíritu Santo, Él obrará en ella, y las palabras del Señor tendrán un efecto positivo en su vida. Eso hará que crea. Además, no es tu reputación la que está en juego, sino la de Dios, y Él es perfectamente capaz de velar por ella.
Cuando recibes un mensaje del Cielo para alguien, tu parte consiste simplemente en captarlo y comunicarlo. Es un poco como la labor de los antiguos operadores de telégrafo: tú no eres más que el enlace, y una vez que has transmitido el mensaje, es cosa del destinatario recibirlo. Si acepta las palabras del Señor —aunque en un principio tenga sus reservas—, se beneficiará del consuelo, la paz, las soluciones o cualquier otra asistencia que Dios quiera prestarle.
En tal caso, es posible que acuda luego a ti con el corazón lleno de gratitud. Por haber sido tú el transmisor del mensaje y del amor de Dios, quizá se sienta en deuda contigo. Si no comprende la dinámica de las profecías, puede que te atribuya a ti el mérito de esa maravillosa manifestación del poder de Dios. Puede que desconozca algo tan evidente para ti como que no fuiste más que un receptáculo en el que se depositaron las palabras de Dios, y que ese don no se debe a ninguna cualidad tuya. En esos casos debes dirigir todas sus alabanzas hacia Dios y darle a Él la gloria. Aclara que tú no eres más que un mensajero, y agradézcanle juntos a Dios que haya hablado, aunque haya sido por medio de una débil y humilde vasija de barro como tú.
«Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto»1. Enorgullecerte de los buenos resultados que produce tu don es la forma más rápida de perderlo. Sin embargo, si tienes siempre presentes la grandeza divina y tu propia debilidad y falibilidad, hallarás gran satisfacción y alegría en el conocimiento de que fuiste un «instrumento útil al Señor»2.
Si te vales de tu don para ayudar a los demás, Dios te bendecirá y lo desarrollará más. No se te ha concedido como una suerte de varita mágica, para que lo emplees únicamente en beneficio propio o para hallar respuestas a asuntos que te intrigan. Está más bien para ayudarte a cultivar una relación más estrecha con el Señor, para que seas mejor cristiano y des mejor testimonio de Su amor. En efecto, por una parte te permite tomar decisiones más acertadas en tu vida personal, así como en asuntos familiares y laborales. Ahora bien, al mismo tiempo debe cumplir el propósito de ayudar a los demás, ya sea mediante los mensajes que recibas para ellos, o mediante tu ejemplo de vivir el amor y la Palabra de Dios merced a la instrucción que Dios te dé personalmente. Cuanto más hagas por los demás, más te dará el Señor a cambio.
Dale a Dios ocasión de amar a través de ti. Aparte que cultivarás una relación más estrecha con Él, tu vida se verá bendecida con la satisfacción de estar ayudando a los demás a conocerlo mejor.

Debemos tener siempre presente que nuestros dones espirituales nos hacen siervos de los demás. El hecho de que el Señor nos conceda un don —como el de profecía— nos impone una obligación para con los demás, en el sentido de que debemos emplearlo para su asistencia y edificación. Es como la parábola de los talentos [V. Mateo 25:14-30]. Tales dones son una gran responsabilidad, y Él espera que les demos buen uso ayudando a los demás, no que los ocultemos por vergüenza o por temor al qué dirán. Hay que tomárselos en serio y ejercitarlos con humildad.
María David

Mantenimiento
Sigue los sencillos consejos que aparecen a con- tinuación para mantener en óptimo estado tu nueva herramienta espiritual:
Practica con frecuencia
Dice el refrán que se olvida el oficio cuando no hay ejercicio. Para conservar el don hay que emplearlo con frecuencia. Cultiva el hábito. La fe es como un músculo que, cuanto más lo usas, más se fortalece. Cada vez que le pides a Dios que te hable y recibes un mensaje Suyo, demuestras tener fe en el proceso. Cuanto más ejercites el don, más aumentará tu fe y más fácil se volverá.
Lee la Palabra
Escuchar a Dios requiere fe, y esa fe proviene de Su Palabra.
A medida que te hagas ducho en el uso del don, tu confianza en él crecerá. Lograrás superar la incertidumbre inicial, que te llevaba a preguntarte si de veras daría resultado. Eso es fantástico, pero también peligroso. Si te descuidas, puede que comiences a pensar que ya no necesitas la Biblia, puesto que al fin y al cabo obtienes la Palabra de Dios de primera mano. Sin embargo, ¡no es así! Jesús comparó la Palabra de Dios con un tesoro en el que hay «cosas nuevas y cosas viejas»1. Te hacen falta ambas, y tienes que encontrar un buen equilibrio.
Fíjate en la siguiente analogía: Imagínate que las profecías y la Palabra escrita constituyen dos categorías básicas de nutrientes, digamos que los hidratos de carbono y las proteínas. Ingerir solo alimentos de un grupo no es tan bueno para el cuerpo como combinar alimentos de ambos grupos en una dieta balanceada.
Además, hace falta conocer bien la Palabra escrita para confirmar las que uno recibe del Cielo, y ese conocimiento se adquiere leyéndola y estudiándola con frecuencia. La Biblia es el manual de la Oficina Celestial de Pesas y Medidas; nos da las normas para medir los mensajes que recibimos. Dios no te dirá nada contrario a lo que ha dicho en la Biblia, pero no te sorprenda que la complemente con muchos otros datos. Es más, ésa es precisamente una de las principales finalidades de las profecías: llenar lagunas, así como aplicar los principios espirituales de la Biblia a tu realidad personal.
Hay cuestiones que la Biblia no aborda, o que trata con muy poco detalle, o cuya aplicación no está muy clara en el contexto del mundo moderno. Por ejemplo, si te preguntas si debes viajar a determinado lugar en automóvil o en avión, en la Biblia no encontrarás ningún versículo que te diga específicamente cuál de esos medios de transporte debes emplear, porque en aquellos tiempos no existían. Sin embargo, puede que el Señor te recuerde un pasaje que hable de ir despacio, o rápido. O es posible que te dé una respuesta más concreta en profecía, valiéndose de la terminología de hoy.
En asuntos menos evidentes, se necesita buen criterio para saber, según el caso, si aplicar literalmente lo que dice la Biblia o si el Señor quiere que lo adaptemos a nuestra situación. Lo bueno es que Él ha prometido darnos ese buen criterio. «Si alguno tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada»1.
Relaciónate con otros creyentes
Si te has convertido hace poco o simplemente te falta experiencia en lo que se refiere a escuchar la voz del Señor, te ayudará mucho el trato con cristianos que además de creer en Dios tengan fe en ese don del Espíritu. Cuando comiences a ejercitar tu don de profecía, los consejos y el apoyo que te den otras personas de fe, así como el conocimiento que tengan de la Palabra escrita, te ayudarán a hallar un buen equilibrio y a sacar el máximo provecho de los mensajes que recibas. No obstante, si no tienes posibilidad de trabar relación e interactuar con otros creyentes, recuerda que Dios no está limitado por eso. Si le escuchas, Él igual te hablará.
Busca con toda tu alma al Señor
Escuchar a Dios es trabajo. Requiere un esfuerzo. Exige cierto fervor espiritual. Jesús promete que si pedimos, buscamos y llamamos, recibiremos y hallaremos, y las realidades espirituales nos serán abiertas1. Pero no dice que todo ello nos será entregado en bandeja de plata, sin esfuerzo alguno de nuestra parte. No podemos tener una actitud comodona. Debemos reconocer lo mucho que necesitamos al Señor, considerar un honor escucharlo y tener ansias de recibir Sus respuestas.

Peligros
En efecto, hay peligros, pero pueden evitarse tomando unas cuantas precauciones y pro- cediendo con oración. A continuación presentamos dos de los más comunes, junto con unos cuantos consejos de probada eficacia.
Atribuirte el mérito
Lo primero de lo que hay que guardarse es del orgullo. Cuando comiences a beneficiarte de los mensajes que recibas del Cielo, es natural que tengas la tentación de atribuirte una parte del mérito. Al fin y al cabo, eres tú quien capta esas maravillosas palabras e imágenes, ¿no es cierto? Dada tu capacidad de recibir mensajes del Señor, podrías pensar que te mereces al menos un poco de honra o reconocimiento.
Es cierto que eres tú quien capta las palabras, y en efecto es un honor recibirlas; pero eso no te hace mejor que los demás. No es obra tuya. Es el poder del Señor que obra por medio de ti. Dijo Jesús: «Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en Mí. [...] Separados de Mí, nada podéis hacer»1. Recuérdatelo constantemente. Reconócele el mérito a quien le corresponde. Pídele a Dios que te ayude a tener humildad de espíritu, y dale a Él toda la gloria, por maravillosa que sea la forma en que hable a través de ti.
Jesús dijo cierta vez a Sus seguidores: «Cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Más tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público»2. Lo mismo puede decirse de profetizar.
Entrar en el aposento —sea éste tu habitación, oficina o jardín— es la clave para escuchar bien al Señor. Tienes que apartarte de todo, tanto física como anímicamente. No tienes por qué pregonar que te dispones a escuchar palabras al Cielo, pero tampoco tienes que hacer de ello un gran secreto. Habrá ocasiones en que convendrá que le hables a alguien de tu don o que lo hagas partícipe de los mensajes que hayas recibido a fin de infundirle ánimo. Pero si alardeas de poseer el don de profecía, es muy posible que pierdas la bendición.
Además, ten cuidado de no caer en la familiaridad respecto de ese don sobrenatural, hasta el punto de que te lo tomes a la ligera o des por sentado que siempre lo tendrás. La Biblia dice: «El que piensa estar firme, mire que no caiga»3. Al cabo de un tiempo de escuchar al Señor con frecuencia, puede que peques de exceso de confianza en ti mismo. Tal vez caigas en la actitud de que, ahora que tienes más práctica, al fin y al cabo no resulta tan difícil. Eso puede llevarte a pensar que tal vez sí sea obra tuya, o que tienes un talento innato, puesto que te resulta tan fácil escuchar al Señor. No olvides que no es algo tuyo; es Jesús quien habla a través de ti.
No cotejar los mensajes que recibes con la Palabra escrita
Si no mides los mensajes que recibes con el patrón de la Palabra escrita, es más probable que te descarríes. Imagínate que estás tejiendo un tapiz muy grande y complejo. Te han dado instrucciones detalladas. Siempre que te atengas a ellas, el dibujo saldrá perfecto. En cambio, si en cierto momento te parece que ya no necesitas las instrucciones, es fácil que omitas un hilo por acá y otro por allá y que la imagen acabe por echarse a perder. Puede que al comienzo el error sea pequeño y no se note mucho; pero si no te detienes a remediarlo y no vuelves a guiarte por las instrucciones, terminarás con un dibujo totalmente deformado.
En muchos casos el no cotejar con la Palabra escrita los mensajes que se reciben es consecuencia de guiarse en demasía por profecías y descuidar la Palabra escrita. Otro motivo por el que no se verifica si lo que se recibe se ajusta a lo que dice la Biblia es que toma tiempo, sobre todo si no se conocen a fondo las Escrituras. Requiere esfuerzo orar y buscar en la Biblia situaciones similares que confirmen o sustenten los mensajes que se reciben; pero vale la pena hacerlo. Si lees y estudias la Biblia concienzudamente todos los días, te resultará cada vez más fácil, y dispondrás de esos conocimentos cada vez que los necesites.
Otros creyentes pueden ayudarte mucho a aplicar y contrapesar las palabras que recibas del Cielo. La Biblia dice: «Todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos»1, y: «En la multitud de consejeros hay seguridad»2.

El entorpecedor
No podemos cerrar los ojos a la realidad. El Diablo y sus espíritus existen, y no desapro- vechan ninguna oportunidad de poner trabas a los hijos de Dios. Lo que menos quiere el Diablo es que éstos establezcan un vínculo personal con su Salvador. Sabe de sobra que el don de profecía puede obrar muchísimo bien, y no le hace ninguna gracia que lo hayas descubierto.
Sin embargo, no tenemos por qué temer al Diablo y sus fuerzas, porque Jesús es mayor que ellos1. No obstante, la Biblia nos advierte que no desconozcamos sus tácticas2.
Si te ves asaltado por numerosas distracciones cada vez que intentas escuchar a Dios, probablemente sea cosa del Diablo o de alguno de sus agentes que trata de obstruir tu comunicación con el Cielo, de causar interferencia en las ondas espirituales para que no puedas sintonizar la emisora de Dios y captar el mensaje que Él te transmite. Si te parece que eso es lo que está pasando, pon en práctica el siguiente versículo: «Resistid al Diablo, y huirá de vosotros»1. Una forma de hacerlo y de despejarte la cabeza de distracciones es entonar una canción de amor al Señor o leer un pasaje de las Escrituras en voz alta. Si algo te tiene inquieto, viene bien encomendárselo al Señor en oración. Una vez hecho eso, deja tus preocupaciones tranquilamente en manos de Dios y concéntrate en el mensaje que tenga para ti.
Siempre conviene poner a prueba los mensajes que se reciben del Cielo. Jesús dijo: «Por sus frutos los conoceréis»2. Los mensajes que Dios da se ajustan a las Escrituras, son edificantes, instructivos, alentadores y reconfortantes. Producen los frutos del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza3. Dios nos infunde esperanza hasta cuando nos corrige o reprende, y hace que nos sintamos amados, como cuando un buen padre anima a Sus hijos a superarse. Si las palabras que recibes tienen alguno de esos efectos —o todos ellos— en ti o en los demás, puedes tener la tranquilidad de que en efecto provienen del Cielo.
Si amas al Señor y albergas un sincero deseo de que te hable, si le pides fervientemente que te ayude a no descarriarte y cumples con Sus requerimientos elementales en la medida de tus posibilidades, puedes tener la confianza de que lo que recibas provendrá de Él. Sigue pidiéndole que te hable y confía en que lo hará. Cuando el corazón está bien, lo demás está bien4.
Una de las formas más eficaces de eliminar la estática en los momentos en que intentas recibir las señales divinas es procurar reducir al mínimo la atención que prestas a las emisiones del Diablo el resto del tiempo. Él y sus fuerzas están bastante activos hoy en día en todo el mundo. Se hace patente por dondequiera que se mire, desde la publicidad en la televisión hasta Internet. Naturalmente, no todo lo que uno ve y oye en los medios de comunicación proviene del Diablo; pero es indudable que se le da mucha publicidad y tiempo en antena. Así como la Palabra de Dios nos infunde fe en Él y en Sus preceptos, la propaganda del Diablo nos arrastra en la dirección contraria. Aunque no te des cuenta en el momento, esa influencia negativa te afecta espiritualmente.
Dice un refrán que de lo que se come se cría. Así como nuestro cuerpo asimila lo que comemos, nuestro espíritu también asimila lo que leemos, vemos y oímos. Cuanta más propaganda del Diablo absorbes, más te alejas del Señor y de Su Palabra, y más difícil te resulta captar los mensajes divinos. Si no estás seguro de la influencia que tienen en ti ciertas cosas a las que te expones a lo largo del día, pregúntate: «¿Qué efecto tiene eso en mí?»

Qué hacer con las dudas
Uno de los objetivos primordiales del Diablo es, por supuesto, convencernos de que no podemos escuchar a Dios, e incluso de que el solo hecho de que lo intentemos es un error. ¡Niégate a escuchar o aceptar esas mentiras!1 El Diablo únicamente puede despojarte del don de Dios si tú se lo entregas. ¡No lo hagas!
El Diablo lo intentará todo con tal de hacerte dudar. Primero, procurará convencerte que no se pueden escuchar palabras del Cielo, de que no es posible tal cosa. Si eso no da resultado, te hará creer que eres demasiado pecador, superficial o carnal para recibir profecías. En última instancia, lo que pretende es que pierdas completamente la fe en Dios.
Huelga decir que el Diablo no siempre nos lanza mentiras tan obvias como que Dios no existe. Comienza con pequeños interrogantes que generan atisbos de duda, cuestiones que parecen de lo más razonables. Aprovecha nuestro raciocinio terrenal —nuestra «mente carnal», como la llama la Biblia—, que es sencillamente incapaz de comprender a Dios y el actuar de Su Espíritu. ¿Cómo vamos a comprender a Dios, que es infinito, con nuestra mente finita y limitada? «El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente»1. «Como son más altos los cielos que la tierra, así son Mis caminos más altos que vuestros caminos, y Mis pensamientos más que vuestros pensamientos»2.
¿Cómo es posible racionalizar el acto de recibir mensajes de Dios, al cual no podemos ver, siendo que eso va en contra de nuestros sentidos naturales? ¡Es imposible! Es algo que sencillamente tenemos que aceptar y creer por fe, porque Dios dice que es así. Si Él ha optado por hablar a Sus hijos por medio de profecías —o para el caso, por cualquier otro medio—, ¿quiénes somos nosotros para cuestionarlo? Dios no se aparece delante de nosotros, ni evidencia muy a menudo Su presencia o poder mediante manifestaciones físicas. Si lo hiciera, no necesitaríamos fe, y nos perderíamos las bendiciones que Él quiere conceder a los que se deciden a andar por fe. «Bienaventurados los que no vieron, y creyeron»3.
¿Qué podemos hacer para andar por fe? Llenarnos de la Palabra. Como dijimos antes: «La fe es por el oír la Palabra de Dios»4. Hay una sola forma de adquirir la fe que necesitas para hacerte beneficiario de este don especial y sobrenatural: leer y absorber la Palabra de Dios, creer en ella y ponerla por obra.
La fe es, además, lo contrario de la duda. Cuanto más intensamente te asedien las dudas, más tiempo debes pasar absorbiendo la Palabra. Nutre tu fe y mata las dudas de inanición. Deja entrar la luz, y las tinieblas se desvanecerán.
Lo que hay que hacer para librarse de las dudas es no prestarles oído. No des lugar al Diablo1. Sigue el ejemplo de Jesús: responde a las dudas del Diablo con pasajes de las Escrituras: «Escrito está»2.
Por ejemplo, si el Diablo te dice: «Dios no va a hablar por medio de una persona tan pecadora como tú», respóndele: «Escrito está: “Pedid, y se os dará…”»3
Aun habiendo llegado a comprender y aceptar esta explicación de los principios que rigen las profecías, puede que de vez en cuando te asalten ciertos interrogantes. Las preguntas sinceras sobre las profecías —o sobre cualquier obra del Espíritu de Dios— difieren de las dudas. Las preguntas no se convierten en dudas a menos que uno rechace las respuestas que Dios le da en la Palabra o por medio de profecías. Es conveniente satisfacer los interrogantes que se tengan presentándoselos al Señor y pidiéndole que los aclare, o bien buscando uno mismo respuestas en la Palabra de Dios, o conversando con alguien que esté bien versado en ella.
No puedes sofocar tus inquietudes y dudas, ni hacer caso omiso de ellas, como si no existieran. Por otra parte, tampoco puedes resolverlas con tu razonamiento natural: acabarás por embrollarte aún más. Tienes que planteárselas a Jesús. Él conoce todas las respuestas, y te las comunicará si le presentas tus interrogantes con un espíritu sincero, abierto y humilde. Puede que te dé las soluciones en forma directa, por medio de una profecía, que te ayude a encontrarlas en la Palabra, o que se valga de otras personas que te las indiquen.
No te dé vergüenza confesar tus dudas y temores a cristianos que manifiestan mucha fe en aspectos en los que la tuya es un poco endeble. Claro está que no te hará ningún bien hablar de tus interrogantes y dudas con personas que alberguen esas mismas dudas; sólo conseguirán hundirse mutuamente aún más. En cambio, los que tienen una fe afirmada en el cimiento de la Palabra de Dios pueden serte de mucha ayuda con sus oraciones, sus consejos y su instrucción.
Hay que aceptar el don de profecía por fe, al igual que todos los demás dones de Dios. Es como la electricidad: no es necesario entender en qué consiste para hacer uso de ella. El caso es que funciona. Eso es todo lo que hace falta saber. Puede que con el tiempo Dios te ayude a comprender mejor el don de profecía, pero Él quiere que comiences a usarlo y a disfrutar de sus beneficios desde este momento.

No puedes echar mano del poder de Jesús si estás mirando las olas y las aguas turbias que te nublan la visión. Mas si vuelves los ojos hacia Él y te conectas a Su energía, tus sentimientos y toda tu perspectiva de las cosas experimentarán una maravillosa transformación.
María David

Preguntas frecuentes
Pregunta nº1: ¿Qué pasa si recibo un mensaje que me dice que haga algo muy fuera de lo común?
Respuesta: No se puede descartar que Dios, en algún momento, te mande hacer algo que parezca contrario a la lógica o la razón y que requiera una medida adicional de fe o valor. A veces Él nos pide que hagamos cosas que parecen extrañas o incluso ridículas, aunque por regla general no es así.
En cualquier caso, antes de hacer algo drástico es mejor pedir a Dios que te confirme que en efecto eso es lo que quiere. Escudriña las Escrituras: busca una situación similar en la Palabra o versículos que sustenten esas instrucciones. Cerciórate de que no contradicen lo que indica la Palabra escrita. No deseches la posibilidad de que hayas malinterpretado la profecía o de que ésta esté incompleta. Conviene que acudas nuevamente al Señor y le plantees todo interrogante que tengas respecto del primer mensaje. Puede que Él lo amplíe o aclare de tal forma que se resuelva la inquietud, o bien que lo confirme.
Si conoces personas que también poseen el don de profecía o tienen un buen conocimiento de las Escrituras, te puede resultar útil explicarles la situación. Muéstrales a un par de ellas el mensaje que recibiste y los pasajes de las Escrituras que validan una y otra postura, y si tienen el don de profecía, pídeles que obtengan del Señor una confirmación o clarificación. Una ratificación por vía de otra persona puede ayudar mucho en situaciones de esa índole.
Cuando recibas la confirmación de Dios —ya sea por medio de Su Palabra, de sucesivos mensajes o de consejos con fundamento en la Palabra que te den otras personas—, sin sombra de duda la reconocerás. Fortalecerá tu fe y te infundirá paz interior. Habiendo obtenido una confirmación de Dios, podrás proceder con fe y hacer lo que te haya indicado, aunque se salga de lo corriente. Pero si no te sientes tranquilo, si todavía no estás seguro, no debes hacerlo. «Todo lo que no proviene de fe es pecado»1.
Pregunta nº2: ¿Qué pasa si el Señor me dice que haga algo, y yo no quiero hacerlo? ¿Me quitará el don de profecía?
Respuesta: Cuando le pidas al Señor que te hable, tienes que estar preparado para creer, aceptar y hacer lo que te indique. Pero no te preocupes. No significa que constantemente vayas a recibir mensajes difíciles de aceptar u obedecer. Jesús te ama y quiere que seas feliz. Te ha dado el don de profecía porque a la larga quiere hacerte la vida más fácil y llevadera.
Dios nos da libre albedrío. La vida está jalonada de un sinfín de decisiones, que podemos tomar libremente, sin mucha interferencia divina. En los asuntos que le planteamos, Dios nos indica lo que dice Su Palabra y nos revela Su voluntad; pero siempre nos permite decidir qué camino tomar, si el Suyo o el nuestro. No nos obliga a hacer nada ni nos impone Su voluntad. Cada cual decide cuán de cerca lo sigue.
Una vez que sabes cuál es la voluntad de Dios, eres aún más responsable de tus decisiones. Por medio de las profecías, Dios nos da Su Palabra. Depende de nosotros si la aceptamos, la creemos y actuamos en consecuencia. «Sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan»1. Una fe caprichosa no es fe. No se puede aceptar y desechar a gusto y placer. Dada su propia naturaleza, las profecías deben recibirse con actitud abierta y corazón sumiso.
Pero no te preocupes si algunas cosas que Dios te dice te resultan difíciles de creer en un principio. Dios es «grande en misericordia»2. Comprende tu forma de ser y tus debilidades humanas y, como es un buen Padre, tendrá mucha paciencia contigo. Lo que le importa es que desees sinceramente tener fe y obedecerle. Si es así, Él acrecentará tu fe y te ayudará a seguirlo. «La fe es don de Dios»3.
Si luego de estimular tu fe con la Palabra escrita hay algo que todavía te parece muy difícil, vuelve a hablarlo con Él. Puede que te dé más detalles, que te lo explique de una forma que te infunda fe para hacerlo, o que te proponga una alternativa que te resulte más fácil, aunque quizá no vaya a arrojar los mismos resultados. «Fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar»1.
Es frecuente que, cuando Dios nos presenta lo que quiere que hagamos, nos deje un margen de acción, para que escojamos entre varias opciones que se ajustan a Su voluntad. De modo que si te falta fe y confianza para poner en práctica ciertas cosas que te haya dicho, pregúntale si habría alguna otra forma de proceder que sería conforme a Su voluntad. Desde luego que eso no debe emplearse como excusa para tomarse los mensajes de Dios a la ligera, pues en la mayoría de los casos Su primer mensaje contiene Su voluntad suprema, la que más fruto dará, la que más eficazmente cumplirá Su cometido. Por otro lado, «Él conoce nuestra condición, se acuerda de que somos polvo»2, y aunque no te presente otra opción en el momento en que vuelvas a acudir a Él, quizá te comunique un mensaje de ánimo y fortaleza que sea justo lo que necesitas para emprender lo que Él quiere que hagas.
Lo ideal, claro está, es que le obedezcas cualquiera que sea el camino que te indique. Eso es lo que a la larga te proporcionará mayor felicidad. «Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis»3.


Pregunta nº3: Si alguien me pide que le pregunte a Dios qué número saldrá premiado en la lotería o quiere saber algún detalle acerca de su futuro —o si yo mismo tengo una inquietud de esa naturaleza—, ¿me dará Dios esa información?
Respuesta: Si tienes una pregunta de esa índole, plantéasela. Esa es la mejor forma de averiguar si es Su voluntad revelarte ciertos detalles. Seguro que Él es capaz, y si eso es lo mejor para todas las personas afectadas, tal vez lo haga.
Por otro lado, Él dice que a veces no obtenemos las respuestas que queremos porque pedimos mal, movidos por la avaricia, el egoísmo o alguna otra intención poco noble1. También se reserva el derecho de no decirnos cosas que no tenemos por qué saber o que no nos conviene conocer de momento.
Un error muy común en el que cae la gente es esperar que Dios le revele cada detalle sobre su futuro. Si bien el Señor puede darnos a conocer secretos acerca del porvenir —y a veces lo hace—, ha fijado ciertos límites a lo que nos dice, y eso por nuestro propio bien. Como Padre celestial que es, sabe que no somos capaces de asimilar mucho de golpe, y que si lo supiéramos todo sobre el futuro, el presente quedaría despojado de su encanto. Además, eso nos llevaría a no depender tanto de la guía divina, pues consideraríamos que lo sabemos todo. Y en ese estado, sería más probable que cometiéramos errores, ya que nos apoyaríamos más en nuestro propio criterio que en el Suyo.
De modo que el Señor solamente nos dice lo que nos hace falta saber en cada momento, y a veces nos prepara de alguna manera para el futuro por medio de indicios o corazonadas. A fin de cuentas, ser cristiano significa vivir por fe, y Dios con frecuencia pone a prueba nuestra fe revelándonos de manera paulatina cuál es Su plan para nosotros.
Nuestro derrotero por la vida es como un camino sinuoso. No siempre se ve de antemano lo que hay detrás de una curva. A veces Dios considera oportuno revelarnos ciertas cosas justo antes de llegar a un recodo, si sabe que la información nos va a rendir algún beneficio; pero normalmente lo averiguamos al llegar a la curva.
«Fíate del Señor de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus veredas»1. Si confías en que el Señor te conducirá por la vida, Él dirigirá tus pasos y te dará las experiencias que sabe que a la larga te harán bien. Por eso, ¡confía en Él!
Si hay algo que no entiendes, si te enfrentas a una decisión difícil o si necesitas orientación en algún aspecto, no vaciles en acudir a Él. Eso sí, cuando lo hagas, tienes que estar dispuesto a aceptar lo que Él decida indicarte, tanto si es mucho como si es poco. Si pides con fe, te dará al menos parte de la respuesta, o te explicará por qué no es el mejor momento de averiguarla. Sea lo que sea que te diga, puedes confiar en que Aquel que ve el pasado, el presente y el futuro y te ama con mayor intensidad que nadie velará por tus mejores intereses.
Pregunta nº4: ¿Qué hago si sigo lo que dice este librito y, pese a pedirle a Dios el don de profecía, no lo recibo? ¿Será que a algunas personas no se lo concede? De no recibirlo, ¿significa eso que espiritualmente estoy en una posición desventajosa?
Respuesta: El Señor ha prometido que, si pedimos con fe, recibiremos. Sin embargo, hay ocasiones en que nos responde de una manera inesperada, o en que Su cronograma difiere del nuestro. Por motivos que no siempre entendemos, a algunas personas que piden el don de profecía el Señor no les da de inmediato ninguna indicación de que lo hayan recibido. Si ese es tu caso, no te des por vencido. Puede que el Señor simplemente esté poniendo a prueba tu fe y desee enseñarte a tener paciencia y perseverar. O tal vez quiera que estreches tu relación con Él y ores con más fervor. Quizá te haga esperar un tiempo para enseñarte humildad, o para que más adelante, cuando te dé las primeras indicaciones de que has recibido el don de profecía, reconozcas que verdaderamente se trata de una milagrosa manifestación de Su Espíritu.
Entretanto, sigue intentándolo. Es común que inicialmente, cuando alguien obtiene el don de profecía, solo reciba mensajes muy breves, quizás unas pocas palabras o un versículo de la Biblia parafraseado, y que considere que eso no son profecías. Lo que ocurre es que tiene un don incipiente. Cuanto más lo ejercite, más se desarrollará. De modo que es posible que sí tengas el don y ni siquiera te hayas dado cuenta. Agradécele a Dios cada palabra que te diga, vuelve por más, y te dará más.
Y aunque no tengas el don de profecía, no quiere decir que no puedas amar y seguir al Señor, amar a los demás e incluso descubrir lo que Él quiere que hagas. Hay otros dones del Espíritu, y quizás el Señor a cambio te bendiga con uno o varios de ellos. Tal vez sabe que necesitas más esos dones, o que así podrá valerse más de ti. Por último, el más importante de los dones del Espíritu es el amor. El apóstol Pablo dijo: «Si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia […], y no tengo amor, nada soy. El amor nunca deja de ser»1.
Si nada más pedir el don de profecía no ves ninguna prueba de que Dios te lo haya concedido, y aunque nunca recibas una profecía, siempre puedes acceder a las palabras vivas del Señor por intermedio de personas que sí tengan ese don.
Y en tus ratos a solas con el Señor, puedes estrechar tu relación con Él leyendo Su Palabra escrita, estudiándola y meditando en ella, orando y encomendándole tus preocupaciones, inquietudes, pensamientos y anhelos, pidiéndole que te hable de otras formas, y simplemente disfrutando de Su presencia. En la medida en que seas constante en dedicarle tiempo, Él te hablará de alguna de las muchas formas que suele utilizar, aunque no sea por medio profecías directas.
Pregunta nº5: Si el don de profecía es tan accesible, y Dios está dispuesto a hablar a cualquiera que le escuche, ¿por qué no hay más personas que lo hagan?
Respuesta: El primer requisito es establecer una relación personal con Jesús aceptándolo como Salvador y Señor. Lamentablemente, aun muchos que han dado cabida a Jesús en su corazón no creen que sea posible escuchar palabras del Cielo en profecía. Si se atrevieran a intentarlo, a poner a Dios a prueba pidiéndole sinceramente que les hablara, Él lo haría. Lo único que hay que hacer es dar ese pequeño paso de fe.
En muchos casos, su mente representa un obstáculo. Escuchar palabras del Cielo sencillamente no obedece a las leyes de la lógica. Por eso dijo Jesús que tenemos que volvernos como niños para entrar en el reino de los Cielos1. Los niños, como no saben mucho, hacen lo que Dios les dice.
«No sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios»2. El intelecto puede suponer un escollo a la hora de escuchar la voz de Dios, aunque el hecho de contar con varios títulos universitarios no necesariamente te descalifica para ello. Al fin y al cabo, el apóstol Pablo era un hombre muy instruido, pese a lo cual escuchaba la voz del Creador. De todos modos, para lograrlo es indispensable asumir una postura humilde delante de Él y someter nuestro raciocinio e inteligencia a Su voluntad.
Dios es quien nos otorgó nuestras facultades mentales, y naturalmente quiere que hagamos uso de ellas. Pero también nos da la opción de preferir Su criterio por encima del nuestro. Quienes deciden valerse de la infinita sabiduría y conocimientos de Dios ven y oyen cosas asombrosas y sublimes; los que no, se ven confinados al ámbito de su limitada comprensión.
Pregunta nº6: ¿Qué pasa si tengo el don de profecía y resulta que un día, al pedirle al Señor que me hable, no recibo nada?
Respuesta: Lo primero es no desanimarte ni pensar que debes de haber perdido el don. Puede haber un sinnúmero de motivos por los que no recibes nada. Quizá te has distraído con otros pensamientos o con lo que sucede a tu alrededor. Tal vez el Señor te está probando para ver si vas a perseverar hasta obtener una respuesta. A veces quiere descubrir si vas a tener fe para aguardar pacientemente hasta que te hable, en vez de esperar que lo haga siempre de inmediato. O puede que antes de darte lo que necesitas quiera saber hasta qué punto ansías Sus consejos y estás dispuesto a aceptarlos.
Si después de un rato todavía no recibes nada, prueba a releer alguno de tus pasajes favoritos de la Biblia para renovar tu fe, y vuelve a orar fervientemente. Haz examen de conciencia y asegúrate de que no haya ningún pecado no confesado que dificulte tu comunicación con el Señor. Verifica que haya cumplido todos los requerimientos básicos para escuchar la voz del Señor, como pasar tiempo a solas con Él, leer Su Palabra y pedirle que te ayude a hacer a un lado tus propios pensamientos. Luego, vuelve a intentarlo. Si aún no recibes nada, puede que el Señor tenga motivos para no contestarte en ese momento. Cualquiera que sea el caso, no dejes que eso te desanime y te quite las ganas de acudir a Él más tarde. Recuerda que Él está más dispuesto a dar que nosotros a recibir, y aunque no te revele en ese momento la respuesta a tu pregunta, tal vez te dé palabras tranquilizadoras y reconfortantes.
Pregunta nº7: Aparte de las profecías, ¿hay otras formas de averiguar la voluntad de Dios?
Respuesta: Sí, hay otras maneras de descubrir la voluntad de Dios: 1) Aplicar la Palabra escrita a nuestra situación. 2) La voz de la Palabra, término con que se describe el hecho de que, al leer las Escrituras, de golpe tengas la sensación de que determinado pasaje refleja la voluntad de Dios para ti o la respuesta a un interrogante que tienes. 3) Revelaciones directas que no sean profecías; por ejemplo, sueños, visiones o impresiones. 4) Pedir consejo a personas que tengan raigambre en la fe y un buen conocimiento de la Palabra. 5) Por medio de circunstancias que uno considere que han sido creadas por el Señor; es lo que también se conoce por puertas abiertas o cerradas1. 6) Las convicciones profundas o deseos personales. 7) Por señales específicas predeterminadas en respuesta a un pedido; también se conoce por el nombre de vellón, por un relato de la Biblia en el que Gedeón se valió de un vellón de lana para cerciorarse de las instrucciones de Dios2.
Cuando te veas en la necesidad de tomar una decisión particularmente importante o que vaya a afectar a otras personas, conviene que averigües y confirmes la voluntad de Dios por más de un medio. Para tener un punto de vista objetivo, pídele a alguien que escuche al Señor por ti. Pero si eso no es posible, pídele a Dios que se valga de Su Palabra o de uno o varios de los medios que acabamos de enumerar para confirmar lo que te haya dicho en profecía.
Pregunta nº8: ¿Qué pasa si Dios me indica que haga algo, pero no resulta? ¿Es que lo que Dios me dijo fue erróneo?
Respuesta: Aun cuando algo se ajuste a la voluntad de Dios y hayas obedecido Su voz y hecho cuanto esté a tu alcance para que se cumpla, no debes olvidar que es posible que no siempre resulte tal como imaginabas o esperabas. ¿Por qué? Porque al concedernos a todos libre albedrío, en cierto sentido Dios se ha limitado a obrar conforme a nuestras decisiones. Él sabe qué sería lo óptimo; pero aunque tú creas lo que Él te ha dicho y hagas todo lo posible por seguir Sus indicaciones, quizás otras personas que tienen que ver con el asunto malogren el proceso con sus decisiones si no están igualmente sometidas a la voluntad de Dios. Con sus actos pueden influir en alguna medida en el cumplimiento o incumplimiento de una profecía.
Cuando las cosas no salgan exactamente como esperabas, conforme a lo que Dios te dijo por adelantado, vuelve a acudir a Él y pídele que te explique qué ocurrió. Es más, lo mejor es consultar con Él una y otra vez a medida que se desencadenan los acontecimientos. De esa forma puede darte instrucciones nuevas en caso de que la situación se altere o alguien tome una decisión inesperada (acertada o errónea) que afecte el resultado final. El Señor no fuerza ni doblega a nadie. Todos tenemos libertad de elección. Pero Él puede decirte qué hacer si las decisiones de otras personas cambian lo que Él te indicó inicialmente que sería lo mejor. Cuando los actos de terceros alteren las condiciones del camino, el Señor te indicará la mejor ruta alternativa por la que puedes transitar. En todo caso, te hará llegar a tu destino.
Si las cosas no salen como esperábamos o según lo que Dios nos indicó que sería lo mejor, en ningún caso es culpa de Él. Las personas fallan; Dios, nunca. Lo estupendo es que si lo amas y haces todo lo posible por seguirlo, dedicando tiempo a la lectura de Su Palabra y manifestando Su amor a los demás, Él hará que, aun cuando tú u otros metan la pata, al final todo redunde en bien. «A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien»1.
Pregunta nº9: ¿Qué hago si me parece que oigo palabras del Cielo, pero resulta que el mensaje no tiene sentido, o la profecía no se cumple?
Respuesta: Es posible que haya ocasiones en que te distraigas o en que tu motivación no sea del todo correcta. Tal vez olvidaste pedirle al Señor que borrara de tu cabeza tus opiniones y deseos sobre el particular, o quizá no estabas dispuesto a renunciar a ciertas ideas preconcebidas a fin de recibir lo que Él quería decirte. También puede que simplemente hayas interpretado mal lo que el Señor te dijo. Por eso es tan importante confirmar los mensajes que recibas por medio de algún otro método de averiguar la voluntad de Dios, o incluso varios de ellos.
Mientras hagas todo lo posible por mantenerte en estrecha comunicación con el Señor y cumplir con los requisitos básicos —es decir, empaparte de la Palabra y hacer a un lado tus deseos cuando te dispongas a escucharlo—, Él evitará que te apartes de la senda segura y fructífera de la obediencia a Su voluntad. Dios no va a tenderte trampas, ni procurar que fracases. Todo lo contrario: lo que más quiere es que veas tus esfuerzos coronados por el éxito. Está más dispuesto a dar que tú a recibir. Si acudes a Él, promete responderte. Te ama. Lo que dijo a Sus discípulos es igualmente válido para nosotros hoy en día: «Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de Mi Padre, os las he dado a conocer»1. Él quiere formar parte de tu vida y conducirte por el camino de Su perfecta voluntad, porque sabe que eso es lo que más feliz te hará, y lo que a la larga logrará los mejores resultados.



Un mensaje personal del Cielo para ti
Es lógico que una publicación sobre el tema de recibir palabras del Cielo contenga un mensaje de esa índole. Dicen que al probar se ve el mosto, así que «prueba y ve que es bueno el Señor» (Salmo 34:8).

(Habla Jesús:) Tú escuchas a personas de la Tierra a quienes amas y admiras, a quienes respetas y pides consejo. Ahora bien, como también me amas y me respetas a Mí, tu Señor, te pido que me escuches, pues tengo mucho que decirte. Quiero hablarte en calidad de amigo, de padre, de alma gemela. No quiero que nuestra relación sea formal, sino personal.
Te hablaré en la medida en que me escuches. Pero al igual que sucede con una radio, a menos que hagas un esfuerzo por sintonizar tu receptor con Mi emisora y bloquear otras señales que puedan distraerte —los afanes de la vida, las preocupaciones cotidianas y tu razonamiento natural—, captarás de forma muy débil las señales que te envío del Cielo.
Te ruego que no huyas justo ahora que vamos a conocernos mejor. Para oírme no hace falta más que pedirme que hable y luego escuchar. No apagues ese pequeño rescoldo de fe que albergas en tu corazón. Una relación más estrecha conmigo no puede menos que beneficiarte.
Yo te guiaré de todas las formas en que me permitas hacerlo: por medio de Mi Palabra escrita, por medio de los consejos de personas que también me conocen y aman, y con Mi voz profética.
Si todavía tienes dudas acerca del principio de recibir profecías, y no sabes si lanzarte a intentarlo, simplemente pruébalo y verás los resultados. Tengo en Mis manos las soluciones para todos los problemas y dificultades que se te presenten. Puede que no siempre te libre de las tempestades de la vida, pero siempre te guardaré en medio de ellas.
Recorrer el sendero de la vida escuchando Mi voz y recorrerlo sin escucharla son experiencias tan distintas como emprender un viaje con mapa o sin él. El mapa puede ser la clave para arribar a tu destino directamente, sin perderte intentando hallar la ruta por ti mismo.
Te tengo un cariño especial, sí, a ti en particular. Cuando morí, lo hice por ti. Lo habría hecho aunque hubieras sido el único ser humano de la Tierra. Tal es la medida de Mi amor por ti. Te ruego que me permitas comunicarme contigo, amarte y cuidarte en todos los aspectos posibles.
Hasta siempre,

Jesús.

Promesas eficaces para ayudarte a escuchar palabras del Cielo
w «[Dios] no niega los bienes a los que caminan en integridad» (Salmo 84:11, Nácar-Colunga).
w «El día que clamé me respondiste; me fortaleciste con vigor en mi alma» (Salmo 138:3).
w «He aquí he puesto Mis Palabras en tu boca» (Jeremías 1:9).
w «Clama a Mí, y Yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces» (Jeremías 33:3).
w «Sea bendito el nombre de Dios de siglos en siglos, porque Suyos son el poder y la sabiduría. […] Él revela lo profundo y lo escondido» (Daniel 2:20, 22).
w «No os preocupéis por lo que habéis de decir, ni lo penséis, sino lo que os fuere dado en aquella hora, eso hablad; porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu Santo» (Marcos 13:11).
w «Yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si pescado, en lugar de pescado, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?» (Lucas 11:9-13).
w «Cuando venga el Espíritu de verdad, Él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por Su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir» (Juan 16:13).
w «En los postreros días, dice Dios, derramaré de Mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños» (Hechos 2:17).

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