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miércoles, 16 de febrero de 2011

¿Quien es Jesús?



* ¿Sabemos si Jesús fue una persona que realmente existió?

¡Sí! Para cualquier historiador imparcial, los datos acerca de Jesús son tan claros y evidentes como los relativos a Julio César. En el Nuevo Testamento existen documentos que lo describen con precisión, pero también hay decenas de manuscritos antiguos que, sin pertenecer a la Biblia, confirman que Jesús fue una auténtica figura histórica que habitó en Palestina a principios del siglo primero de nuestra era. En cuanto al testimonio ofrecido por múltiples recuentos antiguos acerca de Jesús, la Enciclopedia Británica afirma:

«Dichos datos, independientes entre sí, demuestran que en tiempos antiguos ni siquiera los adversarios del cristianismo pusieron alguna vez en duda la existencia histórica de Jesús. Esta recién fue puesta en entredicho, y en un marco inadecuado, por diversos autores del siglo XIX y principios del XX.»

* ¿Qué diferencia hay entre Jesús y los demás grandes maestros, profetas o filósofos religiosos?

Si quisiéramos calificar a Jesús de alguna manera, habría que decir que es «único»: Su mensaje fue único; lo que Él afirmó de Sí mismo no tiene igual; sin par fueron los milagros que realizó; y la influencia que impuso en el mundo no hay sido igualada por ninguna otra.
Uno de los aspectos más llamativos e innegablemente específicos de la vida de Jesús es que muchos profetas y videntes hicieron centenares de predicciones y profecías detalladas sobre Él siglos antes de que naciera. ¡Hay detalles concretos acerca de Su nacimiento, vida y muerte que ningún mortal podría haber cumplido!
En los primeros libros de la Biblia, que es un conjunto conocido como «Antiguo Testamento», podemos encontrar más de 300 predicciones acerca del «Mesías» o «Salvador». El hallazgo de cientos de manuscritos del Antiguo Testamento, llevado a cabo por arqueólogos durante el presente siglo, ha dejado demostrado, sin sombra de duda, que dichas profecías fueron escritas siglos antes de que naciera aquel hombre llamado Jesús.
Por ejemplo, una de esas predicciones específicas y sorprendentes a que nos referimos fue hecha por el profeta Isaías en el año 750 a. de J.C.:

"El Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará Su nombre Emanuel" (Isaías 7:14).

Siete siglos y medio después, en Israel, una joven virgen llamada María fue visitada por el arcángel Gabriel, el cual le anunció que alumbraría un hijo, que llevaría por nombre Emanuel, es decir, «Dios con nosotros». Los libros de la Biblia que fueron escritos con posterioridad a la venida de Jesús al mundo, el «Nuevo Testamento», nos dicen que «María le preguntó al ángel: ¿Cómo puede ser posible, si nunca he estado con hombre alguno? Y el ángel le respondió: ¡El Espíritu de Dios vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra! ¡Por lo cual el Santo Ser que habrá de nacer será llamado Hijo de Dios!» (Lucas 1:26-35.)
Vemos, pues, que el principio mismo de Su existencia en la tierra, Su concepción y nacimiento, fueron no solamente únicos, sino también milagrosos, ¡a partir del hecho de que la sencilla y humilde jovencita que fue Su madre nunca había tenido relaciones con un hombre! ¡Es más, la Biblia dice que la noticia de su embarazo fue tan escandalizadora para José, el joven con el que estaba comprometida en matrimonio, que al recibirla decidió cancelar el compromiso y anular la boda! Hasta que el ángel del Señor se le apareció también a José y le dio instrucciones de permanecer junto a ella y criar y proteger a aquel Niño tan especial que ella llevaba en su vientre.
Nada menos que 800 años antes del nacimiento de Jesús, el profeta Miqueas predijo el lugar exacto en que el Mesías habría de venir al mundo:

"Tú, Belén, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel, y Sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad" (Miqueas 5:2).

Si bien Sus padres terrenales vivían en el pueblo de Nazaret, a 150 km al norte de Belén, un decreto de Roma exigió que todas las familias retornaran a sus lugares de origen para cumplir con un censo que se llevaba a cabo en todo el imperio. Aquel decreto se dio a conocer poco antes de que a María se le cumpliera el plazo del embarazo. De este modo, Dios se valió de un emperador romano, César Augusto, para contribuir al cumplimiento de la profecía de Miqueas. José y María marcharon a Belén, y apenas llegar, María empezó a tener dolores de parto. Así pues, la Biblia indica que «Jesús nació en Belén de Judea» (Mateo 2:1), en estricto cumplimiento de la predicción del profeta Miqueas.
En su profecía, Miqueas decía también que el Mesías «era desde el principio, desde los días de la eternidad». El propio Jesús dijo: «Antes que Abraham fuese --aprox. 2.000 a.C.-- YO SOY» (Juan 8:58). Abraham fue el antepasado común de judíos y árabes, y vivió unos dos mil años antes de que Jesús naciera de María. Por lo tanto, en ese caso Jesús se refería a Su preexistencia con Dios antes de venir a la tierra en la forma de un hombre.
Aunque nació en Belén, Jesús se crió en Nazaret. En Su primera disertación pública de que se tenga registro, declaró abiertamente que Él era el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento referentes al Mesías. Estando en uno de los lugares de culto, se puso en pie delante de los asistentes y leyó una profecía perteneciente al profeta Isaías. En dicho pasaje, el profeta afirmaba que el Mesías sería ungido con el Espíritu de Dios para «predicar las Buenas Nuevas a los pobres, sanar a los quebrantados de corazón, poner en libertad a los cautivos, devolver la vista a los ciegos y declarar la libertad de los que vivían oprimidos, para proclamar el año de la buena voluntad del Señor» (Isaías 61:1,2). Está escrito en el Nuevo Testamento que después de leer esa profecía en alta voz, delante de la congregación, Jesús agregó: «Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros» (Lucas 4:18-21).
David, rey de Israel, hizo otra importante profecía sobre el Mesías cerca del año 1.000 a. de J.C., es decir, diez siglos antes de que naciera Jesús. En ella, David ofreció detalles de una muerte cruel y dolorosa que él mismo nunca padeció:
"He sido derramado como aguas, y todos mis huesos se descoyuntaron. Mi corazón fue como cera, derritiéndose en medio de mis entrañas... Como perros me han rodeado, me ha cercado cuadrilla de malignos. Horadaron mis manos y mis pies. Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes.» (Salmo 22:14-18.)
El rey David murió de forma apacible y natural, por lo que sabemos que en ese pasaje de las Escrituras no hablaba de sí mismo. Sucedió que, debido a que era profeta, predijo con absoluta precisión las circunstancias que rodearon la cruel muerte en la cruz sufrida por el Mesías, el Cristo que habría de venir. Examinemos algunos de los detalles que aparecen en la profecía anterior:

«He sido derramado como agua... mi corazón derritiéndose dentro de mí...» Jesús no derramó Su vida por nosotros de una forma exclusivamente espiritual, ya que el Nuevo Testamento dice que poco después de morir, estando todavía en la cruz, «uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua» (Juan 19:34). Especialistas médicos de la actualidad han afirmado que en casos de ruptura del corazón, cuando el corazón humano literalmente se desgarra debido a tensión y trauma excesivos, la sangre se acumula en el pericardio, saco membranoso que envuelve el corazón y el nacimiento de los principales vasos sanguíneos. Esa sangre se separa formando una especie de coágulo y de suero acuoso. Por lo tanto, cuando el soldado le atravesó el costado con la lanza, Su vida, prácticamente, «se derramó como el agua». Aquel soldado, inadvertidamente, cumplió otra de las profecías: «Mirarán a Mí, a quien traspasaron», hecha por el profeta Zacarías alrededor del año 500 a. de J.C. (Zacarías 12:10.)
«Todos mis huesos se descoyuntaron.» Esta era una de las consecuencias más horribles de la muerte por crucifixión. El peso de la víctima hacía que sus brazos se desencajaran.
«Como perros... me ha cercado cuadrilla de malignos.» Dice en el Nuevo Testamento que los pérfidos y rencorosos enemigos religiosos de Jesús, los escribas y los fariseos, se juntaron alrededor de Él, cuando estaba en la cruz, para insultarlo y burlarse (Mateo 27:39-44).
«Horadaron mis manos y mis pies.» Es probable que esta sea la predicción más impresionante dentro de la presente profecía. En los tiempos de David los judíos no imponían la pena de la crucifixión. Sus leyes religiosas determinaban que los malhechores fuesen ejecutados por apedreamiento. ¡Sin embargo, Dios dejó ver a David, Su profeta, la muerte que habría de tener el Mesías 10 siglos después, ejecutado por mano de Roma, imperio que ni siquiera existía en los días de David, y cuya forma más común de ajusticiar criminales era la crucifixión!
«Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes.» En los Evangelios encontramos un cumplimiento casi increíble de esta profecía: «Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron Sus vestidos, e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también Su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo. Entonces dijeron entre sí: No la partamos, sino echemos suertes sobre ella, para ver de quién será» (Juan 19:23,24). En el año 487 a. de J.C. el profeta Zacarías predijo: "Y les dije, si os parece bien, dadme mi salario, y si no, dejadlo. Y pesaron por mi salario 30 piezas de plata" (Zacarías 11:12).
Según afirma el Nuevo Testamento, la noche que Jesús fue arrestado por Sus enemigos, «uno de los doce, que se llamaba Judas Iscariote, fue a los principales sacerdotes y les dijo: ¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré? Y ellos le asignaron 30 monedas de plata» (Mateo 26:14,15).
¡Sorprendente! ¡Más de quinientos años antes de que se produjera ese acontecimiento, Zacarías, el profeta de Dios, había predicho «el precio exacto» que los enemigos de Jesús pagarían a su discípulo traidor, Judas! El versículo siguiente de la profecía de Zacarías, entra en detalles todavía más impresionantes:
«Y me dijo el Señor: Échalo al tesoro; ¡hermoso precio con que me han apreciado! Y tomaron las treinta piezas de plata, y las dieron para el campo del alfarero" (Zacarías 11:13).
Dice el Nuevo Testamento que «cuando Judas vio que Jesús era condenado, devolvió arrepentido las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes de los judíos, y las arrojó en el templo. Entonces los principales sacerdotes, tomando las piezas de plata, dijeron: No es lícito echarlas en el tesoro de las ofrendas, porque es precio de sangre. Así que decidieron comprar con ellas el campo del alfarero, para sepultura de los extranjeros» (Mateo 27:3-6). Las 30 piezas de plata fueron explícitamente «dadas para el campo del alfarero», ¡tal como lo había predicho Zacarías 500 años antes!
En el año 712 a. de J.C. el profeta Isaías predijo acerca del Hijo de Dios que «con los impíos se dispondría Su sepultura, pero con los ricos sería en Su muerte» (Isaías 53:9).
Los encarnizados enemigos religiosos de Jesús lo condenaron como a un criminal, como a un impío, de tal forma que cuando murió, según relata la Biblia, «crucificaron con Él a dos ladrones» (Mateo 27:38). Luego de que Su cuerpo fuera bajado de la cruz, «un hombre rico de Arimatea, llamado José, fue a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Y tomando José el cuerpo, lo puso en su sepulcro nuevo» (Mateo 27:57-60). «¡Su sepultura con los ricos!»
Mil años antes de que naciera Jesús, el Espíritu de Dios profetizó por medio del rey David que el Salvador habría de resucitar: «Dios no dejará Su alma en el sepulcro, ni permitirá que Su Santo sufra corrupción o descomposición» (Salmo 16:10).
El rey David murió y fue puesto en un sepulcro, donde su carne vio corrupción y descomposición. ¡Pero Jesús se levantó de la tumba tres días después de Su muerte! Así lo indicó el ángel a quienes habían acudido a velar la tumba de Jesús: «No está aquí, sino que ha resucitado. ¿Por qué buscáis al vivo entre los muertos?» (Lucas 24:,6.)
¿Qué ser humano corriente podría escoger su lugar de nacimiento? ¿Y qué mortal podría, o sería capaz, de hacer que las autoridades de un país extranjero decretaran su muerte mediante una ejecución terriblemente dolorosa? ¿Cómo podría alguien manipular a sus acérrimos enemigos al punto de lograr que lo injuriaran y se burlaran de él durante su agonía, sin hablar ya de conseguir que un grupo de soldados se jugaran su ropa y atravesaran su costado después de muerto, y que un rico lo enterrara en su sepulcro particular? Pues Jesús de Nazaret cumplió esas profecías, y no sólo esas, ¡sino más de 300 predicciones específicas relacionadas con Su nacimiento, vida, obra, muerte y resurrección! ¡Sin duda Él fue --y es-- «único» en toda la extensión de la palabra!
Ninguno de los grandes líderes religiosos reconocidos, ni Moisés, ni Buda, ni Confucio, ni Mahoma, jamás afirmó ser Dios. Es verdad que algunos fueron endiosados por sus seguidores después de haber muerto, pero ninguno afirmó personalmente que fuese la Deidad. Salvo Jesucristo. En realidad, no sólo se proclamó Hijo de Dios, la personificación divina en forma humana; también logró convencer a gran parte de la humanidad de ser, en efecto, el Hijo de Dios.
Tal vez esa sea la mayor diferencia entre Jesús y todos los demás grandes filósofos, maestros, profetas y gurus que ha habido a través de los tiempos. Si bien muchos de ellos hablaron y enseñaron acerca del amor y acerca de Dios, Jesús afirmó que Él era el amor, que era el amor de Dios al mundo. ¡Así pues, tenía plena certeza de lo que decía! O estaba en lo cierto, o estaba en un terrible error. ¡O era bueno, y anunciaba la verdad, o era un hombre malo, un ser fraudulento y mentiroso!
C.S. Lewis, el célebre intelectual y en su momento catedrático en la Universidad de Cambridge, lo expresó del siguiente modo:

«Hay una gran insensatez que la gente suele decir acerca de Jesús: `No tengo inconveniente en considerarlo un gran maestro de moral, pero no acepto su afirmación de que fuese Dios'. Jamás deberíamos hablar de esa manera. Un hombre que no fuese más que un simple mortal y sostuviese el tipo de cosas que dijo Jesús no sería `un gran maestro de moral'. ¡Sería un chiflado, del mismo nivel que alguien que afirmara ser un huevo cocido, o sería el Diablo en persona! Hay que llegar a alguna conclusión. O aquel hombre era, y es, el Hijo de Dios, o era un demente, e incluso algo peor.
»¡Uno puede hacerle callar como a un necio, puede escupirle y matarlo como a un demonio, o echarse a Sus pies y llamarle Dios y Señor! ¡Pero nadie puede ponerse a pontificar estúpidamente que se trataba de `un gran maestro humano'! Él no nos dejó esa alternativa, ni tuvo intención de hacerlo.»

Una persona de dudosa autoridad en estos temas, Napoleón Bonaparte, emperador y conquistador de naciones, reconoció con justicia la absoluta singularidad de Jesús, y lo hizo en estos términos:

«Sé de la naturaleza de los hombres, y puedo atestiguar que Jesucristo no es un simple mortal. No cabe comparación posible entre Él y las gentes del mundo. Alejandro, César, Carlomagno y yo fundamos imperios. Pero, ¿sobre qué reposaba la obra de nuestro ingenio? Sobre la fuerza. Jesucristo edificó Su imperio sobre el amor, y aún en este momento millones de hombres darían la vida por Él.»

* ¿Qué razón pudo haber tenido Dios para enviar a Su Hijo al mundo?

Dios nos ama y quería hacernos conocer Su amor. Pero sabe que Él, el gran Creador del universo, es sencillamente un concepto demasiado amplio como para que nosotros pudiésemos abarcarlo o incluso imaginarlo. En Isaías 55:9 dejó dicho: «Como son más altos los cielos que la tierra, así son Mis caminos más altos que vuestros caminos, y Mis pensamientos más que vuestros pensamientos» (Isaías 55:9). También dice que «los cielos de los cielos no pueden contenerme» (1Reyes 8:27). ¡Ninguno de nosotros puede en realidad alcanzar a comprender la grandeza de Dios, ni cuán maravilloso es Él, tanto que supera con mucho la mente humana y hasta nuestros más aventurados sueños!
Pero como nos amaba y quería que conociéramos Su amor y Salvación, envió al mundo a «Su Hijo unigénito», para dejarnos ver cómo es Él.
A pesar de ser el Amo y Rey del universo, no escogió nacer en un elegante palacio, en presencia de la casta dominante y de poderosos gobernantes. Por el contrario, nació en las circunstancias más humildes y modestas, en el suelo sucio de un establo, en medio de vacas y asnos, y lo envolvieron en trapos para acostarlo en el comedero de los animales.

José, Su padre adoptivo en este mundo, era un humilde carpintero, y con él vivió y trabajó, adaptándose a los usos y costumbres, lenguaje y modo de vida de los seres humanos. De ese modo, experimentó de manera personal la vida tal como todos la conocemos y aprendió a comprendernos y a querernos más, y a comunicarse con nosotros a un nivel suficientemente bajo, al alcance de nuestro limitado entendimiento humano. Aprendió a amar a la humanidad. Vio nuestro sufrimiento y se compadeció mucho de nosotros, y se sintió movido no sólo a sanar nuestros enfermos y quebrantados cuerpos, ¡sino también a salvar nuestras almas y nuestros corazones heridos!
Cuando Jesús emprendió la obra de Su vida, fue por todas partes haciendo el bien: ayudaba a la gente, daba afecto a los niños, aliviaba a los desconsolados, fortalecía a los cansados y llevaba el Amor de Dios a cuantos podía. No se limitó a predicar Su mensaje, sino que lo vivió entre nosotros, como uno de nosotros. Y no sólo atendía a las necesidades espirituales de la gente: pasaba gran parte del tiempo atendiendo a sus necesidades físicas y materiales, sanando milagrosamente a los enfermos, dando vista a los ciegos y oído a los sordos, limpiando a los leprosos y resucitando a los muertos. ¡Dio de comer a la multitud cuando tuvo hambre, e hizo cuanto pudo por compartir con los demás Su vida y Su Amor!

* ¿Cómo es posible que Jesús sea Dios, si vivió y anduvo en la tierra como un hombre más? Jesús dijo: «Yo y el Padre uno somos» (Juan 10:30). Antes de nacer del vientre de María y habitar en un cuerpo humano, Él y Su Padre celestial existían en una relación de unidad muy estrecha, la cual tuvo que abandonar mientras estuvo en la tierra.
La Biblia afirma que «en el principio era el Verbo (Jesús), y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Todas las cosas por Él fueron hechas, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho... Y aquel Verbo (Jesús) fue hecho carne, y habitó entre nosotros, y vimos Su gloria, gloria como del Unigénito del Padre» (Juan 1:1,2,14).
Poco antes de ser detenido y crucificado, consciente de que no pasaría mucho tiempo hasta reunirse de nuevo con Su Padre Celestial, Jesús oró: «Ahora, pues, Padre, glorifícame al lado Tuyo, con el poder y la honra que tuve en Tu presencia antes que el mundo fuese hecho... porque me has amado desde antes de la fundación del mundo" (Juan 17:5,24).

* ¿Por qué Jesús se refiere frecuentemente a Sí mismo, en los Evangelios, como el Hijo del Hombre?

Se llamaba a Sí mismo Hijo del Hombre porque era humano. Había nacido de una mujer, igual que el resto de nosotros. Tenía la misma clase de cuerpo que nosotros y experimentaba las mismas sensaciones, las mismas limitaciones humanas. Sentía, como nosotros, el agotamiento y el dolor.
El Creador de todas las cosas se despojó voluntariamente de Su ilimitado poder y se convirtió en un pequeño e indefenso recién nacido. El Origen de todo conocimiento y sabiduría tuvo que estudiar y aprender a leer y escribir. Dejó Su trono en los Cielos, donde incontables ángeles lo adoraban, donde todas las fuerzas del universo se sometían a Su poder, y asumió el aspecto de un siervo, que sufrió el ultraje, la burla y la persecución, y terminó perdiendo la vida a manos de aquellos mismos que había venido a salvar.
Dice la Biblia que Jesús es un «Sumo Sacerdote que se compadece de nuestras debilidades, porque fue tentado en todo tal como nosotros, pero sin pecado» (Hebreos 4:15). ¡Es algo digno de reflexión! El Hijo de Dios se convirtió ni más ni menos que en un habitante de este mundo, un miembro de la humanidad, un hombre de carne y hueso, para poder hacernos llegar Su amor, para que pudiéramos comprobar Su compasión e interés por nosotros y para ayudarnos a comprender Su Verdad en términos sencillos e infantiles, accesibles a nuestro entendimiento.

* ¿A qué se refiere la Biblia cuando denomina a Jesús «el Verbo», «la Palabra»?

Dios siempre le ha hablado al mundo de diversas maneras: a través de la belleza y las maravillas de la Creación, mediante Sus profetas y enviados y por intermedio de Su Palabra escrita. Pero la revelación más clara de Sí mismo, de Su carácter y de Su amor, la hizo a través de Jesús, Su Hijo, al que llama «la Palabra».
Las palabras son un vehículo para expresarnos, para dar a conocer nuestros pensamientos, sentimientos y naturaleza. Así pues, Jesús es el medio a través del cual Dios se expresó a nosotros. Dios hizo de Su propio Hijo, Jesús, la forma más elevada de comunicación con nosotros. la vía que escogió para hacer llegar Su amor al mundo.

* Entonces, ¿Jesús vino para darnos el mensaje de Dios, para hablarnos del Amor de Dios?

Así es. Pero no fue que sólo nos diera el mensaje y las enseñanzas de Dios, el amor de Dios. Él es el mensaje de Dios; Él es el amor con que Dios nos ama.
Jesús, la Palabra viviente, nos reveló los sentimientos de Dios de una forma que pudiéramos comprender, sintiéndonos identificados. Por ejemplo, en Isaías 53:3 dice: «Fue un hombre de dolores, experimentado en quebrantos». Lloró por el dolor de Sus amigos, por los sufrimientos de la humanidad, e incluso por Jerusalén, ciudad que rechazó a su Salvador condenándose a la destrucción.
Jesús era sumamente misericordioso, tierno y bondadoso. En ocasiones se sentía fatigado, agotado, prácticamente exhausto por atender constantemente a las multitudes que se agolpaban a Su alrededor. Narra la Biblia que cierta vez intentó alejarse del tumulto por un poco de tiempo, para reposar, pero que al ver la multitud que clamaba pidiéndole ayuda, se compadeció. Sintió tal compasión de ellos que a pesar de Su cansancio y dolor, volvió con ellos para sanar a cuantos se le acercaban y enseñarles las maravillosas Palabras del divino Reino del Amor (Mateo 9:36; Marcos 6:31-34). No faltó tampoco ocasión en que la ira de Dios estremeciera a Jesús, la Palabra Viva, en presencia del fingimiento y la falsedad. A los hipócritas que encabezaban la jerarquía religiosa de Su tiempo, les dijo: «Si no hubiera venido y os hubiera hablado no seríais culpables de pecado, ¡pero vine y os puse en evidencia, de modo que ya no podéis encubrir vuestros pecados!» (Juan 15:22.)
En realidad, fue muy poco el tiempo que dedicó a tratar con los escribas y fariseos, que eran guías religiosos arrogantes, expoliadores, poderosos y opulentos. Sólo lo hacía cuando no cesaban de importunarlo y levantar cuestionamientos, dudas y acusaciones entre las personas a las que Jesús enseñaba. En esos casos no dudó en lanzarles severos reproches, poniéndolos públicamente en evidencia como «ciegos que guiaban a otros ciegos» (Mateo 15:14). ¡En determinada ocasión llegó a decirles que eran como «sepulcros blanqueados, sepulturas, que aunque tenían por fuera un aspecto bello, limpio y santo, estaban llenos en su interior de podredumbre, corrupción y hediondos huesos de muertos!» (Mateo 23:27,28.) Aquellos dirigentes religiosos se consideraban la gente más «justa y santa» del lugar, pero Jesús los denunció como hipócritas, mentirosos, ladrones y estafadores de los pobres, lo cual, como es natural, levantó sus iras.
De todos modos, por lo general Jesús evitaba a los «beatos» satisfechos de sí mismos, y pasaba el tiempo ayudando y brindando su afecto a los pobres, a la gente común; hablando con ellos, sanándolos, alimentándolos, y por encima de todo, ofreciéndoles las soluciones espirituales, el amor, el perdón y la Verdad que anhelaban.
Dice la Biblia que se mezclaba con los pescadores, los borrachos, las prostitutas, los recaudadores de impuestos y los pecadores, que les predicaba, y que «el pueblo llano le oía de buena gana» (Marcos 12:37). ¡Pero cuando fue al templo para dar Su mensaje a los dirigentes religiosos, éstos se lanzaron contra Él, lo arrojaron fuera y terminaron por crucificarlo!

* ¿Por qué fue rechazado por los dirigentes religiosos de Su propio pueblo?

Según Jesús, lo que todos debían hacer era sencillamente «amar a Dios con todo su corazón y amar al prójimo como a sí mismos" (Mateo 2:37-39), liberándolos así de la despótica opresión y el control que los líderes religiosos ejercían sobre ellos. Sus enseñanzas hicieron que la gente se evadiera de la dominación de la iglesia formal, lo cual llenó a los jefes religiosos de temor y envidia. Pensaron: «Si dejamos que siga adelante, ¡toda la gente creerá en Él y los romanos no tardarán en despojarnos de nuestro templo y de nuestra influencia!»
Aquellos encarnizados enemigos religiosos finalmente lograron que Jesús fuese detenido y juzgado a causa de falsas acusaciones de sedición y subversión. Aunque el gobernador romano lo encontró inocente de dichos cargos, fue presionado y convencido por los influyentes sumos sacerdotes para que lo ejecutara. Cuando los enemigos de Jesús acudieron a arrestarlo, Él aseguró a Sus discípulos: «¡Si no tuvieran permiso de Mi Padre, no podrían ni tocarme! ¡Si Yo solamente levantara un dedo, Él enviaría decenas de millares de ángeles en mi auxilio!» (Mateo 26:53.) A pesar de ello, escogió morir. ¡Por cada uno de nosotros! Nadie le arrebató la vida; Él la ofrendó, la entregó por propia voluntad (V. Juan 10:11,17,18).
Pero ni siquiera Su muerte aplacó a Sus enconados y vengativos enemigos. En previsión de que los seguidores de Jesús pudiesen intentar robar Su cuerpo y afirmar que había resucitado --tal como Él había anunciado--, aquellos falsos religiosos hicieron colocar una piedra inmensa en la entrada de la tumba y apostaron un destacamento de guardias romanos para que la vigilaran. Pero el ardid no surtió efecto, y por el contrario, aquellos mismos guardias fueron testigos oculares del mayor de todos los milagros. ¡Tres días después de que Su cuerpo sin vida fuese depositado en aquella fría tumba, Jesús se levantó triunfante de entre los muertos, venciendo a la muerte, el infierno y el sepulcro!

* Aun si todo ese impresionante recuento de lo que Jesús hizo en el pasado es verdad, ¿qué sentido tiene? ¿De qué me sirve a mí en el presente?

En los mismos pasajes de las Escrituras en que aparece la historia de la vida de Jesús en la tierra, pueden hallarse también muchas afirmaciones específicas y concretas que Él hizo de Sí mismo. Afirmaciones que uno puede tomar literalmente y poner a prueba en este preciso instante. A continuación, algunas de esas Palabras de Jesús: «Yo soy la Luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Juan 8:12).

Todos nos hemos quedado alguna vez atrapados en la oscuridad y deseado tener alguna luz que nos permitiera abrirnos paso a salvo de peligros, caídas, etc. Hablando ahora en términos espirituales, cuando no conocemos a Dios ni tenemos relación con Él, nos encontramos espiritualmente a oscuras.
¿Quieres eliminar toda la oscuridad de tu vida? Así como al encender un interruptor huyen de inmediato las sombras de una habitación a oscuras, Jesús puede ahuyentar de tu vida toda oscuridad espiritual, opresión, temor o maldad, ¡si le pides sencillamente que entre en tu corazón! ¡Una vez que hayas recibido en tu corazón a la Luz del mundo, Jesús, ya no podrán apagarla ni todas las potencias del mal ni las oscuras experiencias de la vida!

«¡Todo el poder me es dado en el Cielo y en la Tierra!" (Mateo 28:18.)

¡El Diablo y todos sus espíritus malignos tiemblan ante la sola mención del nombre de Jesús! No tienes más que pedirle a Jesús que venga a tu corazón y tendrás en tu interior la mayor y más potente Fuerza espiritual que existe. ¡Jesús es tu Amigo, te quiere y desea ayudarte y llenarte el alma con Su luz!

«Yo soy la Puerta. El que por Mí entrare, será salvo» (Juan 10:9).

Él no es una puerta cerrada ni atrancada que debas forzar, ni una puerta que cueste trabajo cruzar. ¡Es una puerta abierta! ¡Entra por Él, libre y directamente, al divino Reino celestial del amor y la luz! Si acudes a Jesús, Él te dará el regalo de la Vida eterna y tendrás la seguridad de que perteneces a Él y de que irás al Cielo. ¡Hay en la actualidad millones de personas en el mundo que atestiguarían gustosas que esa afirmación de Jesús es verdadera!

«Yo soy el Pan de Vida; el que a Mí viene nunca tendrá hambre, y el que cree en Mí no tendrá sed jamás» (Juan 6:35).

En lo profundo de su ser, muchos saben que a su vida le falta algo. Es posible que exteriormente aparenten tenerlo todo: dinero, posición social, amigos y demás, todas esas cosas que según se cree proporcionan la felicidad. Pero sin embargo sienten un vacío, un hambre que nada consigue saciar.
Jesús dijo que Él era el Pan de Vida, capaz de apagar «el hambre y la sed» de nuestro corazón. Puedes comprobar tal cosa pidiéndole sencillamente que entre en tu vida. ¡Verás con qué prontitud Su amor habrá de satisfacer tu sediento corazón! ¡La sensación de soledad, vacío e insatisfacción que tal vez experimentabas se verá reemplazada por una felicidad, una paz y una alegría duraderas como nunca habías conocido!

«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie viene al Padre si no es por Mí» (Juan 14:6).

La anterior es una aseveración extraordinaria, y es en realidad la esencia y fundamento de todo el Nuevo Testamento. Que Jesús es el único camino a la vida eterna, a la salvación y a la unión con Dios.

* Sin embargo, ¿esas creencias no tienen un carácter dogmático e intolerante?

En absoluto, y por el contrario, Jesús, Su vida y Sus enseñanzas son totalmente universales, abiertas a todos los hombres, y no tienen nada de dogmatismo ni de intolerancia. ¡Es más, Jesús proclamó: «Cualquiera que crea en Mí no perecerá jamás», y con eso se ganó la indignación de los fanáticos y racistas líderes religiosos y rabinos de Su propia religión judía! Con frecuencia Jesús daba ayuda a los «paganos» gentiles, mezclándose con ellos, a pesar de que el pueblo judío, al que pertenecía, había sido enseñado por sus líderes religiosos que tal gente sólo merecía el oprobio y el desprecio.
Aquellos dirigentes y maestros religiosos de la época de Jesús eran intolerantes a más no poder. Se mostraban rencorosos, recalcitrantes y legalistas, y se consideraban depositarios de un monopolio absoluto de Dios y de Su Reino. Fue la afirmación que Jesús les lanzó a la cara --que el Reino de Dios les sería quitado y abierto a otros, a las naciones de Oriente y Occidente, a todas las gentes del mundo-- lo que los enfureció tanto que resolvieron matarlo (Mateo 8:11,12; 21:42,43).
¡Dios nos envió a Su Hijo para que Su naturaleza se hiciera evidente ante todas las gentes, a todas las naciones, a todos los pueblos, y para que nos entregara gratuitamente Su gran amor! «Porque de tal manera amó Dios al mundo (a cada uno de nosotros), que ha dado a Su Hijo unigénito (Jesús), para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3:16).

* ¿No es posible evitar tantas referencias al nombre de Jesús y hablar simplemente de «Dios» y del «Amor de Dios»?

Si Jesús es el Hijo de Dios, y si Dios escogió a Jesús para revelarse ante el mundo, ¡Dios mismo es el inspirador de esa insistencia! Son condiciones impuestas por Dios, no por nosotros: «Si me amas, ¡ama a Mi Hijo!» La Biblia dice: «Todos los hombres deben honrar al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió» (Juan 5:23).
Dios es nuestro gran Padre celestial, misericordioso y bueno, y tiene un gran amor por cada uno de nosotros. Quiere que todos experimentemos y conozcamos el maravilloso amor, la dicha y la satisfacción que provienen de conocerle personalmente y de tener una íntima relación de amistad con Él.
Pero lamentablemente todos, en uno u otro momento, hemos actuado mal, hemos sido egoístas, desconsiderados o duros con los demás. ¡O incluso con el mismo Dios, nuestro Padre celestial! Él dice en Su Palabra: «Todos se han descarriado y no han merecido la perfección de Dios» (Romanos 3:23).
Dios sabe que por más que nos esforcemos, jamás podremos alcanzar una bondad tal que nos permita entrar en Su perfecta presencia debido a nuestras propias buenas acciones. Pero Jesús sí es perfecto. Y debido a que Él estuvo dispuesto a venir a la tierra, a sufrir y a morir en la cruz por causa nuestra, tomando sobre sí el castigo que nosotros merecíamos por nuestras malas obras, podemos ahora recibir el perdón de todos nuestros errores y reunirnos con nuestro grandioso y amoroso Padre celestial. ¡Si tan sólo aceptamos sencillamente el perdón y el regalo de la Vida Eterna que Jesús nos ofrece!
Por muy malos que seamos y cualquiera sea la naturaleza de lo que hayamos hecho, si le pedimos a Jesús simplemente que nos perdone y lo recibimos en nuestro corazón, seremos perdonados y salvados. ¡Es decir, que desde ya conoceremos el maravilloso amor y la paz de Dios y, además, al morir heredaremos una vida interminable de amor y felicidad en el Cielo!
¡Ningún mortal, bien fuese profeta, maestro, vidente o gurú, podría haber hecho lo que hizo Jesús! Sólo Dios mismo, en la persona de Su Hijo Jesús, pudo pagar el precio de nuestros errores y cargas con el castigo que merecíamos nosotros. Sólo Dios pudo hacer tal cosa en la persona de Su Hijo Jesús. Por esto, sólo Jesús podía proclamar con toda justicia: «Yo soy el Camino, y la Verdad y la Vida».
Sencillamente no existe otra manera de hacer las paces con Dios. Él no acepta ninguna otra condición, ningún arreglo diferente. ¡Con Jesús, aquello que la humanidad necesitaba que sucediese, aconteció de tal modo que no es necesario que vuelva a repetirse! Por tal razón nos permitimos afirmar sin la menor vacilación que para el mayor de los males de la humanidad sólo existe un remedio: ¡Jesús!
Si distintos equipos de patólogos se hallasen empeñados en el descubrimiento de la causa y la cura del cáncer, y uno de ellos, no por ser más inteligente ni mucho menos, diera con el secreto, ¿se juzgaría como un acto de «intolerancia» y «dogmatismo» que revelara su hallazgo a sus colegas y, de hecho, al mundo entero? ¡Claro que no! Es más, ¡no hacerlo sería síntoma de la mayor expresión de estupidez, egoísmo, desconsideración y deshonestidad que quepa imaginarse! Por eso, quienes hemos descubierto personalmente a Jesús hacemos todo lo posible por llevárselo a las demás personas.

* ¿Cómo podría una persona consecuente abrazar la fe cristiana, teniendo en cuenta que la historia del cristianismo es una sombría sucesión de pecados, intolerancia, guerras, excesos y divisiones llevados a cabo por generaciones de sus adherentes? Son millones las personas que a lo largo de los tiempos han llegado a conocer y amar personalmente a Jesús y que han recibido de Él la capacidad de llevar vidas admirables de amor y servicio a sus semejantes. Aunque es de lamentar que, en términos generales, el cristianismo sea una institución que ha incumplido rotundamente la misión que Jesús encargó a Sus primeros apóstoles y seguidores: ¡compartir el Amor de Dios con un mundo necesitado de él!
La mayor parte de las organizaciones y congregaciones que se dicen cristianas se han ocupado tanto de sus disputas internas, su acumulación egoísta de riquezas, la construcción de suntuosos y costosos templos, que han olvidado y perdido de vista el mandamiento original de Jesús: «¡amar al prójimo como a uno mismo!»
Nuestro objetivo no es convencerte de que te integres a una organización religiosa. ¡Jesús no es ninguna religión! ¡Es más, Él mismo Jesús jamás se entregó a la creación de ninguna congregación ni organización jerárquica! Él se dedicó sencillamente a hacer el bien, a ayudar a la gente y a compartir el Amor de Dios con cuantos podía. No tuvo sinagoga, mezquita, iglesia ni templo de ninguna clase, ni tampoco una congregación de fieles para celebrar reuniones en algún día festivo de la semana.
Nunca colocó un letrero que dijera: «Asista a Mi iglesia en el día festivo». Simplemente dijo: «¡Venid a Mí!» (Mateo 11:28.) Se negó de plano a llegar a un arreglo con el poderoso y corrupto sistema religioso de Su tiempo y prefirió actuar completamente al margen de él, esforzándose por compartir Su Amor con la gente común que estaba desde hacía mucho tiempo olvidada por la religión organizada.
Cierta vez, hablando con una mujer que le discutía si la adoración a Dios debía llevarse a cabo en determinado monte «santo» de Samaria o en el templo judío de Jerusalén, Jesús le dijo: «El día viene, y ahora es, cuando no adoraréis a Dios ni en este monte ni en Jerusalén. Porque los que adoran a Dios, en espíritu y en verdad es necesario que le adoren. ¡Porque a tales adoradores busca el Padre!» (Juan 4:21-23.) Jesús dejó claramente explicado que los formalismos, las ceremonias, los rituales y los templos no hacían ninguna falta para adorar a Dios, y que debíamos sencillamente amar y adorar al Señor en espíritu, en nuestros corazones y en verdad, siguiendo la luz de Su Palabra. * ¿Cómo puedo saber sin sombra de duda que Jesucristo es en verdad el Hijo de Dios, el camino de la Salvación?

Hemos tocado diversos aspectos de la vida de Jesús que tal vez puedan apoyar o inspirar tu fe. Como ya se mencionó antes, los datos históricos de la existencia de Jesús de Nazaret son innegables para cualquiera que los examine con seriedad e imparcialidad.
El cumplimiento de más de 300 profecías del Antiguo Testamento, existentes desde muchos siglos antes de Su nacimiento, describen en detalle Su venida al mundo, Su vida, Su obra, Su muerte y Su resurrección, todo lo cual tampoco puede ser negado por quien busque sinceramente conocer la verdad.
Tampoco existe razón alguna para poner en duda que luego de Su muerte sucedió algo extraordinario que hizo de Su grupillo de despreciados seguidores un frente de testigos que ni todas las persecuciones del Imperio Romano fueron capaces de detener. Cuando estaban desanimados y decepcionados, luego de que su Señor hubiese sido cruelmente crucificado por Sus enemigos, daba la impresión de que las esperanzas de aquellos hombres habían perecido y todos sus sueños habían sido destrozados.
¡Pero a los tres días de morir Jesús, se reavivó la fe de ellos de modo tal que no hubo fuerza terrenal capaz de sofocarla! ¡Y aquel humilde puñado de hombres que había seguido a Jesús desde el principio marchó a proclamar las Buenas Nuevas ante el mundo entero! ¡A anunciarle que Dios había enviado a Su Hijo al mundo para enseñarnos Su Verdad y Su amor, y que, por encima de todo, Jesús había sufrido la muerte por nosotros y luego se había levantado de la tumba! ¡Para que aquellos que lo conociéramos y creyésemos en Él estuviésemos para siempre libres del temor a la muerte, sabiendo que hemos sido salvados y que nos aguarda el Cielo, gracias a Jesús!
¡Dice el Nuevo Testamento que Jesús se apareció en persona ante más de 500 testigos visuales luego de Su resurrección! (1Corintios 15:6.) Ése fue el atronador mensaje que Sus primeros discípulos proclamaron abiertamente en el mundo entero: «¡Dios lo levantó de los muertos!» (Hechos 13:30.)
La simple aceptación mental, intelectual, de estos hechos no es suficiente. ¡Para estar absolutamente seguro de que Jesús es quien afirmaba ser, el Hijo de Dios, debes experimentarlo de forma personal! Pídele que entre en tu corazón, que te perdone todos los errores cometidos y llene tu vida de Su amor, paz y alegría. ¡Ya verás que lo hará! Él dice en Su Palabra: «He aquí, Yo estoy a la puerta (de tu corazón) y llamo. Si oyes Mi voz y me abres la puerta, entraré en ti» (Apocalipsis 3:20). ¡No hace falta que te esfuerces por entenderle, simplemente déjale entrar!
Si anhelas Su amor, luz, vida y alegría, su felicidad y salvación eternas, no tienes más que recibirlo personalmente, en tu corazón. ¡Puedes hacerlo en este preciso instante! Él ha hecho que la Salvación sea lo más sencillo de este mundo, algo que no requiere el menor esfuerzo de tu parte, ninguna acción, nada, simplemente tu aceptación. Y si no lo comprendes totalmente, recuerda que la Biblia dice que «el amor de Dios sobrepasa tu entendimiento» (Efesios 3:19). ¡Para poder recibir el amor de Dios no hace falta que lo entiendas!
¿Deseas recibirlo? Si lo haces, no habrá nada mejor en tu vida. ¡Él será tu mejor amigo y compañero y estará a tu lado para siempre! Acéptalo ahora mismo por medio de esta sencilla oración:

«Querido Jesús, sé que necesito ayuda y que no puedo salvarme a mí mismo. Se me ha dicho que Tú eres el Hijo de Dios, y que por intermedio de Ti puedo alcanzar y conocer personalmente el Amor de Dios. Jesús, necesito que Tu amor me limpie de todo temor y rencor. Necesito Tu luz para que ahuyente toda oscuridad. Y necesito Tu paz para llenar y satisfacer mi corazón. ¡Por eso, te abro la puerta de mi corazón y te ruego, Jesús, que entres y me des Tu regalo de la vida eterna! ¡Gracias, Jesús, por haber sufrido por todos mis errores, por haberme perdonado y por haber escuchado mi oración! En el Nombre de Jesús, amén.»

Si deseas saber más acerca de Jesús y del Plan que Dios tiene para tu vida, de Su voluntad en cuanto a ti, pídele a la persona que te hizo entrega de este folleto que te facilite el siguiente de la serie, titulado: «¡La Palabra!» ¡Es una explicación fascinante y detallada de la naturaleza de la Biblia, de la razón por la cual es un Libro absolutamente único en el mundo, de cómo la escribió Dios y de la manera de entender sus misterios, entre otras cosas! ¡Te amamos!

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¡La segunda venida de Jesús!

La Biblia contiene centenares de profecías acerca de la primera venida de Jesús, pero todavía más que hablan de Su Segunda Venida, cuando habrá de volver a la tierra ya no en la forma de un manso y humilde bebé en un pesebre, ¡sino como poderoso Rey de reyes y Señor de señores! ¡Entonces habrá de apoderarse de este mundo por la fuerza y pondrá freno al cruel y caótico reinado del hombre! Él prometió: «¡Vendré otra vez! ¡En las nubes del cielo, con poder y gran gloria!» (Juan 14:3; Lucas 21:27.)
Jesús nos describió numerosas «señales de los tiempos», síntomas que deberíamos tener en cuenta para percatarnos de la proximidad de Su regreso. Predijo que poco antes de Su venida se apreciaría un repentino aumento de «pestes, hambres y terremotos en diferentes lugares», y que «el Evangelio sería predicado en todo el mundo, como testimonio a todas las naciones» (Mateo 24:7,14). ¡Tal como sucede actualmente! ¡Dijo también que se incrementarían espectacularmente los viajes internacionales, y que habría »muchos corriendo de aquí para allá, errantes de mar a mar, y la ciencia se aumentará enormemente"! (Amós 8:11,12; Daniel 12:4)
Agregó también que se producirá «un gran abandono del Señor, los hombres malos irán de mal en peor, engañando a muchos, y el amor de muchos se enfriará». Como consecuencia, «habrá angustia de las naciones de la tierra, ¡desfalleciendo los hombres por el temor!» (2Tesalonicenses 2:3; 2Timoteo 3:13; Mateo 24:12; Lucas 21:25,26.) ¡Obviamente, todas esas señales se están cumpliendo actualmente más que en ninguna otra época!
¿Estás preparado para que se «acabe el mundo» tal como lo conocemos hoy, y para el pronto regreso de Jesús a la Tierra para establecer en ella Su Reinado de amor? ¡De lo contrario, acéptalo hoy mismo en tu vida! ¡Puede que mañana sea tarde!

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