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miércoles, 23 de febrero de 2011

LIBRO: LOS DONES DE DIOS

¡Cuántas veces hemos oído esos eslóganes, y cuántas veces luego nos hemos desilusionado al descubrir que los productos en cuestión no estaban a la altura de lo que nos aseguraban sus anunciadores!Pues bien, ¡existe Alguien cuyos regalos son todo eso y más! Él te ama como nadie te ha amado o te amará. Quiere que goces de una felicidad perfecta y maravillosa. Sabe exactamente lo que necesitas y dispone de los recursos para dártelo.Es más, ¡esos dones de nuestro amoroso Padre celestial están a nuestra entera disposición! Lo único que tenemos que hacer para recibirlos es tender la mano de la fe. El presente libro explica en qué consisten y cómo puedes acceder a ellos.

ÍndiceIntroducción 5El mayor de los dones divinos 6Una nueva criatura 10Preguntas frecuentes en torno a la salvación 13¿Quién la necesita?¿Qué me va a costar? ¿Hay algún pecado que Dios considere imperdonable?¿Cuánta fe se necesita?¿Qué significa nacer de nuevo?¿Qué es la vida eterna?¿Tiene que ser con Jesús?¿Puedo perder la salvación? ¿En qué se distinguen las diversas corrientes cristianas? ¿Y si una persona muere sin haber tenido ocasión de salvarse?¡Recárgate! 28Preguntas frecuentes en torno al Espíritu Santo 30¿Qué efectos produce?¿Quién accede a él?¿Cómo sé que lo poseo? Una vez que uno se llena del Espíritu, ¿lo conserva para siempre?Los dones del Espíritu 40 Los dones menos evidentes: sabiduría, ciencia y discernimientoEl don irrefrenable: la feEl don regenerador: la sanidadEl don espectacular: los milagrosEl don orientador: las profecíasEl don edificante: las lenguasEl don revelador: la interpretación de lenguas Preguntas frecuentes en torno a los dones del Espíritu 51 ¿Los dones del Espíritu están al alcance de cualquiera? ¿Por qué no hay más cristianos que manifiesten los dones del Espíritu?¿Cómo sé si he recibido el don que pedí? ¿Cómo y cuándo he de esperar que se manifieste por primera vez un don? ¿Qué hago si necesito cierto don que no poseo o que no me atrevo a emplear?¿Cómo se emplea el don de profecía?¿Cómo se emplea el don de lenguas?Los frutos del Espíritu 59El fruto que todo lo abarca: el amorEl fruto radiante: la alegríaEl fruto imperturbable: la pazEl fruto conciliador: la pacienciaEl fruto irresistible: la amabilidadEl fruto ejemplar: la bondadEl fruto de cada día: la fidelidadEl fruto encantador: la mansedumbreEl fruto liberador: el dominio propio Preguntas frecuentes en torno a los frutos del Espíritu 76¿Cómo obtengo los frutos del Espíritu?¿Son esos los únicos frutos del Espíritu?¿Cómo corresponder a estos favores? 78Introducción Dios te ha dado el don de la vida, un don sublime, maravilloso. Creó este bello mundo para que vivieras en él y lo disfrutaras. Te ha dado la capacidad de amar y de sentirte amado. La vida, con sus muchas alegrías, estímulos y pruebas interesantes, es un regalo inapreciable que nos hace el Creador. Así y todo, hay muchas cosas más que quiere darnos. Los dones que desea concedernos son innumerables. Dos de ellos tienen una importancia capital y son clave para acceder a todos los demás: la salvación eterna y la infusión del Espíritu Santo. Si aún no has recibido el don de la salvación y el del Espíritu Santo, el presente librito te explicará cómo obtenerlos. En caso de que ya los tengas, las explicaciones que te dispones a leer afianzarán tu fe y te ayudarán a entender y apreciar los increíbles cambios que se están obrando en tu vida. En cualquier caso, te enseñarán a responder a los interrogantes que otros te planteen acerca de Dios y de lo que Él nos ofrece, a fin de que también ellos puedan acceder a Sus magníficos dones.El mayor de los dones divinos El don más sublime que ofrece Dios a los hombres es la vida eterna o salvación, lo que también se conoce como nacer de nuevo. Dicho don se recibe en el momento en que uno declara su fe en Jesucristo como Hijo de Dios y le da cabida en su vida (Juan 3:16). «De tal manera amó Dios al mundo que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna». Ninguno de nosotros es perfecto. Por naturaleza todos somos pecadores, y nuestros pecados nos apartan de Dios (Isaías 59:2). El único modo de reconciliarnos con el Creador es expiar esos pecados; y el único que puede hacer eso es Jesús, que fue perfecto. Jesús abandonó el Cielo para venir a la Tierra y vivir como nosotros, pasar por las mismas cosas que pasamos nosotros a diario, experimentar alegría y pesar igual que nosotros y entregarnos la prueba más cabal del amor divino al morir en nuestro lugar a fin de que nosotros viviéramos. Entregó su vida «en rescate por muchos» (Mateo 20:28). Murió para que todos obtuviéramos perdón y reconciliación con Dios. Ofrendó Su vida para que todos alcanzaran la vida eterna. Sin embargo, de haber sido preciso, lo habría hecho solo por ti. Dios te ama tanto que entregó a Su único Hijo para que muriera en tu lugar. Y Jesús te ama tanto que lo hizo de buen grado. Esa es la verdad lisa y llana. Dios se propuso que la salvación fuera sencilla; de hecho, tanto que hasta un niño pudiera entenderla y obtenerla. Basta con que admitamos que hemos cometido faltas y necesitamos el perdón de Dios, que aceptemos con fe infantil Su explicación de que envió a Jesús a expiar esas faltas, le pidamos perdón y recibamos el don de la salvación. Si te donaran un cheque por un millón de dólares, ¿lo inspeccionarías minuciosamente para verificar su autenticidad antes de aceptarlo? ¡Por supuesto que no! Lo aceptarías sin más, y después harías la comprobación. De igual manera con la salvación: nos basta con aceptarla cuando Dios nos la ofrece. Luego, al profundizar en lo que dice al respecto Su Palabra y ver los magníficos cambios que trae a nuestra vida, descubrimos de primera mano lo real y valioso que es ese don. ¿Te gustaría saber sin asomo de duda que Jesucristo es el Hijo de Dios y el camino de la salvación? ¡Ponlo a prueba! Si aún no has reconocido que Él es tu Salvador, puedes hacerlo ahora mismo rezando una oración como la que reproducimos seguidamente: Jesús, te agradezco que entregaras Tu vida por mí para perdonar todos mis errores y faltas. Te abro la puerta de mi corazón y te pido que entres y me concedas el don gratuito de la vida eterna. Amén. Si has orado para aceptar a Jesús, puedes tener la certeza de que te escuchó y te respondió. «A todos los que le recibieron, a los que creen en Su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1:12). Ya tienes el don de la salvación. «El que cree en el Hijo [de Dios] tiene vida eterna» (Juan 3:36). ¡Felicitaciones! Has iniciado una nueva y maravillosa vida de amor que no tendrá fin ¡jamás![Box:] Solo Dios puede satisfacer tus ansias más profundas de amor y comprensión integrales. ¿Hay ocasiones en que te sientes solo, vacío e insatisfecho? ¿Anhelas un amor que nunca has conocido, un amor verdadero, sincero, el gran amor de tu vida, un amor que nunca te abandone? La solución está a tu alcance; sólo tienes que aceptarla. Como persona eres algo más que un ente físico. Dentro de ti mora tu espíritu, la esencia de lo que eres, y ese espíritu nunca quedará satisfecho con las cosas terrenales. Para ello debe alimentarse de las cosas espirituales; debe albergar a Dios. El Altísimo ha creado en todo corazón un vacío que solo puede llenarse espiritualmente. Solo Dios y Su amor verdadero pueden llenar ese angustioso vacío que tienes en el corazón y que Él creó de modo que nada ni nadie más pudiera ocuparlo. Él puede darte todo lo que siempre ansiaste: perdón de tus pecados, fe en Dios, amor en Cristo, paz interior, salud corporal, alegría, felicidad, regocijo y amor por siempre. Cubrirá todas tus necesidades y resolverá todos tus problemas. ¡Él es así de prodigioso, y todo es así de sencillo! D. B. B.* * * Jesús sufrió para que nosotros no tuviéramos que hacerlo. En la crucifixión Cristo padeció mucho más que sufrimiento físico. Experimentó también la angustia espiritual del pecador que muere sin salvación, sin Dios. Solo que Él no murió porque hubiera pecado, sino por los pecados del mundo entero, todos los pecados de cuantas personas han existido en la Tierra (Juan 1:29). Lo hizo para que nosotros no tuviéramos que pasar por el horror de morir cual pecadores abandonados a su suerte. Quienes rechazan la expiación de Cristo se ven obligados a sufrir por sus pecados. En cambio, a los que aceptan a Jesús ahora se les perdona todo, y se libran del castigo de sus pecados. «La sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado» (1 Juan 1:7). D. B. B.[End box]Una nueva criatura Una vez salvo, puedes empezar a disfrutar enseguida de muchos beneficios. Jesús dijo: «El reino de Dios está dentro de vosotros» (Lucas 17:21, versión N.C.). Si tienes a Jesús, el reino de Dios ya entró en ti. Puedes empezar a vivir inmediatamente en el cielo continuo de Su amor, paz y dicha. Además, puedes contar con que se operarán algunos cambios importantes en ti. Serás una «nueva criatura» en Cristo Jesús (2 Corintios 5:17). No te sorprenda que te notes diferente, pienses de otra manera, veas el mundo con otros ojos y te sientas más feliz que nunca. «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Juan 10:10). Puede que no seas totalmente diferente -al menos no enseguida-; pero en poco tiempo percibirás que se opera una transformación en tu espíritu, tus pensamientos y el rumbo en que marcha tu vida. A medida que obtengas las respuestas que buscas y la fortaleza espiritual del Señor y Su Palabra, se te harán posibles cosas con que las que jamás soñaste siquiera. Con Su ayuda podrás superar malos hábitos y debilidades que hasta ahora no has podido superar. Naturalmente, la medida en que cambies y la celeridad con que madures como cristiano dependerán más que nada de cuánto desees cambiar, de cuánto te apliques para conocer mejor al Señor y Sus designios para ti y hasta qué punto estés dispuesto a seguirlo. Es decisivo que comprendas que necesitas de Él y de Su ayuda, y que se la pidas. Él dice: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados» ( Mateo 5:6). En cambio, los que están satisfechos consigo mismos y no quieren la ayuda del Señor se quedan con las manos vacías (Lucas 1:53). Lo que hagas con cualquier don de Dios depende de ti. Una computadora sería una buena analogía. Supongamos por un momento que se les entregan a dos personas sendos ordenadores con los mismos dispositivos y programas iniciales. Sería de esperar que ambas se beneficiaran en igual medida, ¿cierto? Pero no necesariamente. Puede que una de ellas no se moleste en aprender más que lo elemental, y no emplee el computador sino de vez en cuando para realizar tareas sencillas. En cambio, puede que la otra estudie detenidamente los manuales, siga añadiendo programas, utilice la computadora a plena capacidad y le saque el máximo provecho. ¿Qué harás tú con los dones de Dios? [Box:] Por bueno que seas, Dios puede mejorarte. No te es posible transformar tu propio corazón. Dios, en cambio, sí puede obrar en ti una transformación mediante el poder milagroso de Su Espíritu. ¡Él hará cosas que están fuera de tu alcance! Eso es lo que significa nacer de nuevo mediante el Espíritu y convertirse en una nueva criatura en Cristo Jesús, para la cual las cosas viejas pasaron y todas han sido hechas nuevas (Juan 3:3; 2 Corintios 5:17). Su incorporación a tu vida no solo limpia, purifica y regenera tu espíritu, sino que también te renueva la mente, anulando las conexiones y reflejos existentes, y poco a poco se va armando y cableando un sistema informático totalmente nuevo, con un novedoso enfoque del mundo y una nueva forma de reaccionar ante prácticamente todo lo que te rodea (Efesios 4:23; Romanos 12:2). Te es imposible efectuar esa transformación por tus propios medios. «Para los hombres esto es imposible, mas para Dios todo es posible» (Mateo 19:26). Algunos cambios se producen instantáneamente. Otros llevan un tiempo. Pero si de veras eres salvo, tarde o temprano cambiarás, porque Dios transforma a las personas. D. B. B.[End box]Preguntas frecuentes en torno a la salvación
¿Quién la necesita? La mayoría de la gente cree que Dios califica a las personas del mismo modo que un profesor a sus alumnos. Si uno procura ser bueno y no comete faltas muy graves, cuando muera y termine el curso de la vida probablemente se lo calificará con una nota aprobatoria. En caso de no sacar buena nota y reprobar el curso, la cosa es distinta... A simple vista podría dar la impresión de ser un plan bastante justo -sobre todo si se obtiene una calificación por encima de la mínima para aprobar-; sin embargo, según la Biblia no es así. Ninguno de nosotros merece el Cielo. Reza la Escritura que «todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23). «No hay hombre justo en la Tierra, que haga el bien y nunca peque» (Eclesiastés 7:20). «No hay justo, ni aun uno» (Romanos 3:10). Cualquiera que se considere merecedor del Cielo por causa de sus buenas obras se engaña a sí mismo y se privará del más grande de los regalos de Dios. «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros» (1 Juan 1:8). No hay quien pueda decir que es realmente bueno. Uno no puede ganarse la salvación ni acceder al Cielo gracias a sus buenas obras. «Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Efesios 2:8-9). «Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por Su misericordia» (Tito 3:5). ¿Quién la necesita entonces? ¡Todo el mundo!¿Qué me va a costar? «Debe de implicar algún esfuerzo -dirás-. La cuestión no puede ser así de simple. Seguro que tendré que renunciar a algo, trabajar con ahínco o hacer algo por ganármela». Pero no es así. ¡Eso es precisamente lo hermoso de la salvación! Es un don de Dios (Efesios 2:8), o sea, es gratuita. ¿Alguna vez has tenido que ganarte un obsequio, o pagar para obtenerlo? De haber tenido que hacerlo, no habría sido un regalo. La salvación no es un premio a nuestras buenas obras. Estas no nos abren las puertas del Cielo, así como tampoco nuestras faltas nos condenan al Infierno si es que hemos pedido y recibido el perdón de Dios mediante el sacrificio de Jesús. Uno se salva por pura fe en Él. Nos basta con admitir que no podemos comprar nuestro acceso al Cielo y con aceptar luego humildemente el regalo de Dios. Así de sencillo. ¿Hay algún pecado que Dios considere imperdonable? Dios anhela perdonar con liberalidad a todo hombre cuantos males haya hecho. Dice: «Deje el impío su camino y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase al Señor, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar» (Isaías 55:7). En otro pasaje manifiesta: «Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como la blanca lana» (Isaías 1:18). «No envió Dios a Su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él» (Juan 3:17). Él quiere perdonar a todos; pero para obtener el perdón divino es preciso creer en Jesús (Hechos 16:31). «El que en Él [Jesús] cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no cree en el nombre del unigénito Hijo de Dios» (Juan 3:18). Cuando la verdad -el proyecto divino de perdón y salvación por medio del sacrificio de Jesús- llega a oídos de una persona, expresada de tal manera que la puede entender a cabalidad, el Espíritu Santo habla directamente al corazón de esa persona y la lleva al punto de decisión. Si cree y reconoce a Jesús por Salvador, sus pecados le son perdonados. Por otra parte, si rechaza obstinadamente el perdón que se le ofrece, Dios se ve impedido de actuar. «Esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas» (Juan 3:19). Un repudio deliberado de esa naturaleza constituye lo que la Escritura llama blasfemia contra el Espíritu Santo, la cual Dios no puede perdonar (Marcos 3:28-29). Habiendo otorgado a cada hombre la sagrada facultad de elegir, Dios no puede de un momento a otro invalidar esa facultad y privar a una persona del libre albedrío que tiene para rechazar Su ofrecimiento de salvación si así lo desea. Huelga decir que el solo hecho de que alguien rechace la verdad la primera vez que la oiga no significa que no se le volverá a dar ocasión de decidir correctamente. A muchas personas se les concede más de una oportunidad. Aun así, la Biblia nos avisa: «He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación» (2 Corintios 6:2). «No sabéis lo que será mañana. Porque, ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece» (Santiago 4:14).¿Cuánta fe se necesita? Te sorprenderá la poca fe que se necesita para recibir el regalo de la salvación. Dios no nos pide que tengamos gran fe en algo que conocemos muy poco y entendemos menos aún. Lo cierto es que es imposible entender o apreciar la salvación sin haberla experimentado. Basta con tener suficiente fe para admitir que Jesús puede ser el camino de la salvación, y un sincero deseo de que Él te lo demuestre. Con tal de que tengas un granito de fe y reces: «Jesús, si en verdad existes y eres el camino de la salvación, revélamelo», ¡Él lo hará! Si lo que acabas de leer te ha convencido para hacer la prueba, Él te ha dado la fe necesaria para ser salvo.¿Qué significa nacer de nuevo? Nacer de nuevo es otra expresión para referirse a la salvación. Proviene de un pasaje del Evangelio de Juan: Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos. Este vino a Jesús de noche, y le dijo: -Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que Tú haces si no está Dios con él. Respondió Jesús y le dijo: -De cierto, de cierto te digo que el que no naciere de nuevo no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: -¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer? Respondió Jesús: -De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua [nacimiento físico] y del Espíritu [renacimiento espiritual], no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: «Os es necesario nacer de nuevo». El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu (Juan 3:1-8). Uno nace de nuevo en el momento en que acepta a Jesús como Salvador. «Todos los que le recibieron […] no fueron engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios» (Juan 1:12-13).¿Qué es la vida eterna? Nuestros cuerpos terrenales a la larga morirán y volverán al polvo del que se originaron. La salvación no altera eso. No se trata de la fuente de la eterna juventud que te permitirá trascender la mortalidad de la carne. Lo que vivirá para siempre es tu espíritu, la verdadera esencia de tu ser. El espacio en que morará tu espíritu por la eternidad es mucho más importante que el reducido ámbito en que pasarás tu efímera vida terrenal. Jesús promete a cuantos lo reciben que pasarán la eternidad con Él en el Cielo, un hermoso mundo espiritual en el que no habrá más pesar, solo alegría, amor y vida para siempre. La salvación es la entrada gratuita al Cielo. A eso alude la expresión vida eterna que tanto aparece en las Escrituras. Si optas por rechazar la salvación que Dios te obsequia, tu espíritu de todos modos permanecerá con vida después que fallezca tu cuerpo. En el mundo espiritual hay diversos estados o niveles, entre ellos el Infierno y una especie de purgatorio. La Biblia no entra en mayores detalles acerca de ellos ni puntualiza quién va a dónde. Sin embargo, es muy clara respecto a una cosa: que solo quienes obtengan la salvación por medio de Cristo alcanzarán el reino de Dios y gozarán de toda la belleza, placeres, tareas interesantes y felicidad que ofrece. Verdaderamente disfrutarán de vida para siempre.¿Tiene que ser con Jesús? Puede que te preguntes: «¿Por qué debo aceptar a Jesús en mi corazón? ¿Por qué tengo que emplear ese nombre? ¿No puedo rezar simplemente a Dios y acceder a la salvación invocando el nombre de Dios? Resulta que Jesús es el único que vino a la Tierra y dio la vida por ti. Él dijo: «Yo soy la puerta [de la casa de Su Padre, el reino de Dios]; el que por Mí entrare, será salvo» (Juan 10:9). De modo que si quieres ir al Cielo, tienes que pasar por Jesús, la puerta abierta. Jesús es, además, la única puerta. «No hay otro nombre [aparte de Jesús] bajo el cielo [...] en que podamos ser salvos» (Hechos 4:12). «Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» (1 Timoteo 2:5). Jesús mismo dijo: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por Mí» (Juan 14:6). Así es ni más ni menos como Dios lo ha determinado. ¿Qué pasa entonces con los adeptos de todas las demás religiones del mundo? ¿No pueden salvarse? Por supuesto que sí. Todos pueden acceder a la salvación, sea cual sea su religión. Pueden salvarse aunque no tengan religión, pero solamente por intermedio de Jesús.¿Puedo perder la salvación? ¡No! Una de las maravillas del don de la salvación es que una vez que has aceptado a Cristo, Él no se ausenta jamás. Ha entrado en tu vida y estará contigo para siempre. Jesús prometió que nunca te dejaría ni te abandonaría, y que estaría contigo todos los días, hasta el fin del mundo (Hebreos 13:5; Mateo 28:20). Nada que uno diga o haga puede invalidar esas extraordinarias promesas. Jesús sabe que no eres perfecto y que nunca lo serás. Pero aun así te ama. Al perdonar tus pecados, no solo te remite los que ya cometiste, sino que te perdona también los que cometas ahora e incluso en un futuro. Cierto es que uno puede hacerse acreedor a mayores bendiciones de Dios si procura agradarlo y obrar bien; pero ello no vale para mantenerse salvo. El único capaz de encargarse de eso es Jesús. Él ya selló eso de una vez para siempre. La vida eterna no es algo que se tenga a ratos; uno no se salva y luego cae de la gracia de Dios, ni vuelve a salvarse cada vez que peca y se arrepiente. No hay tal cosa. Una vez que se es salvo, se es salvo para siempre. Naturalmente, si uno se empeña en obrar mal una vez que se ha salvado y no se arrepiente ni se enmienda, a la larga pagará por esos pecados. El Señor tendrá que permitir que pague las consecuencias para enseñarle una lección. «El Señor, al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo» (Hebreos 12:6). Aun así, no se pierde la salvación.¿En qué se distinguen las diversas corrientes cristianas? ¿Qué diferencia existe entre las corrientes cristianas que abrazan la doctrina de aceptar a Jesús y nacer de nuevo, y las demás religiones o incluso las doctrinas promovidas por otras iglesias cristianas? En cierta ocasión David Brandt Berg ofreció la siguiente explicación: La polémica religiosa más encarnizada que ha habido a lo largo de la Historia se ha dado entre las religiones que propugnan que uno puede salvarse a sí mismo y las que sostienen que sólo Dios puede salvarnos. Los hombres siempre han pretendido salvarse por su cuenta, ganarse el Cielo con apenas un poquito de ayuda divina, para poder atribuirse a sí mismos la mayor parte del mérito y trazar su propio derrotero. Todos los seguidores de las religiones falsas se rigen por su propio concepto de rectitud. Se esfuerzan tanto por ganarse la salvación que creen merecérsela -con o sin ayuda de Dios-; y se ofenden bastante si les parece que Él no aprecia sus buenas obras. Dicen: «¡Mira todo lo que he hecho por ti, Dios! ¡Deberías darme una medalla! ¡Yo sí que merezco salvarme! Si a alguien vas a salvar, ¡debería ser a mí! Si alguien va a alcanzar el Cielo, ¡ese sin duda debería ser yo!» Ese conflicto ha derivado en tremendos malentendidos y en algunas de las más graves tergiversaciones de la Biblia. La mayoría de la gente siempre ha tratado de salvarse a sí misma con un mínimo de reconocimiento a Dios, y ha falseado las Escrituras para demostrar que podía hacerlo. Sin embargo, Dios no puede ayudar a quienes procuran salvarse por sus propios medios. No ayuda a quienes creen valerse por sí mismos, sino únicamente a los que se saben impotentes. Por mucho que uno se esfuerce por obtener la ayuda divina para salvarse a su manera, jamás lo conseguirá. Cuando era joven en la fe, durante un tiempo yo también me dejé engañar por una falaz doctrina promovida por ciertas iglesias y religiones que propugnan la salvación por obras: me refiero a la doctrina de la inseguridad eterna, eso de que a ratos eres salvo y a ratos no. Hasta que un día, ya en mi adolescencia, me fascinó descubrir la sencilla verdad contenida en Juan 3:36, donde Jesús dice: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna», ¡ahora mismo! Sin peros ni condiciones. Tras años de abatimiento, derrotismo e incertidumbre sobre mi salvación, descubrí que sólo tenía que creer, ¡que con eso basta!¿Y si una persona muere sin haber tenido ocasión de salvarse? Dios es magnánimo, justo y misericordioso. Él toma en cuenta a quienes no han tenido una oportunidad clara de conocer y aceptar Su verdad. La Biblia dice que «no [quiere] que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pedro 3:9). La Biblia explica además que durante los tres días que transcurrieron entre la crucifixión de Cristo y Su resurrección, Él mismo descendió a predicar a los «espíritus encarcelados». Se dirigió a quienes habían muerto sin haber tenido ocasión de escuchar el Evangelio, a fin de darles una oportunidad de aceptar la salvación que Él ofrecía (Mateo 12:40; 1 Pedro 3:19). Los que pese a haber gozado de muchas ocasiones de recibir el don divino de la salvación se nieguen obstinadamente a aceptarlo, serán juzgados en conformidad. Sin embargo, existe una segunda oportunidad en el más allá para quienes mueran sin haber tenido suficientes ocasiones de comprender cabalmente la salvación mientras estaban en la Tierra y, en consecuencia, de aceptarla. [Box:] El Cielo está lleno de pecadores No podemos salvarnos merced a nuestras buenas obras, nuestra propia rectitud o nuestros esfuerzos por acatar las leyes de Dios y amarlo. Ni siquiera empeñándonos en descubrir Su verdad y seguirla. No podemos salvarnos por muy bien que nos portemos. No hay nada que podamos hacer para obtener la salvación. Solo podemos recibirla por fe. ¡Nada más! Es preciso que reconozcamos humildemente que no la merecemos, que somos pecadores sin remedio y que no hay modo en que podamos alcanzarla, salvo por la gracia de Dios. El pecador más redomado puede llegar al Cielo por fe. A la vez, la persona más íntegra puede irse al Infierno a causa de su incredulidad. El Cielo está lleno de pecadores salvos por gracia mediante la fe. D. B. B.* * * ¡Dios nunca deja de amarnos! ¿Qué aspecto, qué imagen tiene Dios? Algunos lo describen como un ser airado, una suerte de ojo que todo lo ve, un vigilante que anda por todos lados portando una inmensa vara con la que se dispone a fustigar a la gente. O se lo imaginan como un cruel tirano, una especie de monstruo que amenaza con condenar a todo el mundo al Infierno. En realidad, ¡Dios es amor! Es un Dios amoroso que procura tiernamente que todos lleguen al Cielo. Está cercano a nosotros, desea entablar una relación íntima y personal con nosotros. Es cariñoso, se desvela por nosotros y nos trata con gran delicadeza. Nos aguarda para estrecharnos en Su regazo. El único motivo por el que anda detrás de nosotros es que alberga la esperanza de que nos demos la vuelta y lo recibamos con los brazos abiertos. Nunca deja de amarnos, hagamos lo que hagamos. Jamás nos rechaza ni nos suprime Su amor. Nunca pierde las esperanzas en nosotros, por mucho que nos hayamos descarriado. Por eso, es posible que cuando nos sentimos apartados de Él se deba a que no hemos abierto el corazón a Su amor y Su perdón. De modo que no debiéramos dejar que el remordimiento que sentimos a causa de nuestros errores y pecados nos abrume; basta con que nos arrepintamos, pidamos perdón y lo aceptemos (Isaías 1:18; 1 Juan 1:9). Con que emprendamos camino hacia Dios, con que nos volvamos hacia Él y busquemos la vía de regreso a casa, el Padre saldrá corriendo a nuestro encuentro, lleno de amor, y nos recibirá con los brazos abiertos (Lucas 15:18-24). D. B. B.* * * Nadie puede entender plenamente la salvación. Por eso dijo Jesús que había que ser como un niño y aceptarla sin más por fe. ¿Acaso entiende un recién nacido el cariño de su madre? ¿Entiende un pequeñín el amor de su padre? No. Simplemente lo percibe y lo acepta. Aun antes de entender el lenguaje hablado, entiende el amor. Percibe el amor de sus padres, lo ve manifestado en sus acciones y confía en ellos. Análogamente, no hace falta un conocimiento profundo sobre Dios, Su inefable amor y Su salvación por medio de Jesús. Lo único que hay que hacer es aceptarlo. D. B. B.* * * Se puede aceptar lo que ha hecho Cristo sin entenderlo a fondo; es más, uno desde luego no lo entiende a fondo hasta que lo acepta. C. S. LewisLa luz se abre paso (Al momento de vivir esta experiencia, Virginia ­Brandt Berg era una inválida desahuciada. Paralítica de la cintura para abajo, llevaba casi cinco años confinada a su lecho. Sufría graves trastornos respiratorios y cardíacos que ponían en riesgo su vida. Para colmo, una larga serie de intervenciones quirúrgicas fallidas con miras a restablecerle el uso de las piernas le habían dejado diversas secuelas. Su estado se había ido deteriorando de forma inexorable hasta que terminó pesando 35 kilos.) Una noche, a solas en mi lecho, me vinieron de golpe unas ansias incontenibles de clamar pidiendo ayuda a algún poder invisible. No podía levantar la voz por encima de un susurro, así que con gran fervor rogué en voz baja: «Si existe alguna posibilidad de que en alguna parte haya un Dios, revélate a mí. Si estás ahí, manifiéstate». Fue como si una fuerza trascendente me impulsara a clamar una y otra vez. De modo que invoqué repetidamente: «Si estás ahí, te ruego, te imploro que por piedad te me reveles». Me vino entonces lo que interpreté como una respuesta a mi súplica: un convencimiento de que había pecado. Me sentí la mayor de las pecadoras. Eso de por sí era algo extraño en mí, ya que siempre había tenido un concepto bastante elevado de mi bondad y honradez. Había tenido un comportamiento bastante moral, lo cual me enorgullecía. Estaba muy satisfecha de mí misma. De repente fue como si se me hubieran abierto los ojos y por primera vez en la vida me viera a mí misma en el verdadero estado en que me encontraba. De pronto mis buenas obras perdieron su valor. El peso de mis pecados y de mi egocentrismo fue haciéndose cada vez mayor hasta que no pude más. Al cabo, comencé a sollozar. Por más que quisiera, me sería de todo punto imposible describir lo que me sucedió interiormente en aquel momento. Volver a nacer es algo misterioso y sobrenatural, obra del Señor mismo. No puedo explicar cómo lo hizo, ¡pero me transformó por completo el corazón! Aquella noche, sola en mi cama, nací de nuevo. Parece muy sencillo -casi algo trillado- decir simplemente: «Fui transformada. Volví a nacer». Sin embargo, de intentar describirlo en detalle no haría otra cosa que empequeñecer los prodigios de Dios y la milagrosa transformación que se operó en mí aquella noche. No puedo sino declarar lo mismo que el ciego a quien Jesús sanó: «Una cosa sé, que habiendo sido ciego, ahora veo» (Juan 9:25). Ya no estaba sola, pues percibía la presencia del Señor en aquella habitación tan patentemente como si un familiar hubiera estado de pie junto a mi cama, y le hablaba con tanta naturalidad como un niño a su padre. Se lo conté todo y tuve la certeza de que me había escuchado y comprendido. Lo comprobé porque mi atribulada alma se vio invadida por una paz y serenidad indescriptibles. No había visto, oído ni percibido nada con los sentidos, pero había escuchado el «silbo apacible» (1 Reyes 19:12) en mi corazón y establecido un contacto tan real con el Señor que podía afirmar con toda certeza: «Sé a quién he creído, y estoy segura que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día» (2 Timoteo 1:12). Toda mi incredulidad se había desvanecido. Dios en verdad existía, y yo era una «nueva criatura» en Cristo Jesús (2 Corintios 5:17). ¡La luz se había abierto paso! Tomado de El borde de Su manto, autobiografía de Virginia Brandt BergUn beneficio garantizado No tienes que preocuparte de que vayas a perder la salvación, ni esforzarte por conservarla, pues la salvación eterna por gracia significa que una vez que uno se salva, es salvo para siempre. Una vez que se acepta a Jesucristo como Salvador, ya está todo hecho: uno se convierte en hijo de Dios salvo. «El que cree en el Hijo tiene vida eterna» (Juan 3:36). Ese versículo debería bastar para acabar con nuestras preocupaciones. Tenemos vida eterna en este preciso instante, y es imposible que la perdamos. Además, nuestros esfuerzos resultan igual de inútiles para obtener la salvación que para conservarla. Pese a nuestras imperfecciones y a que inevitablemente cometeremos errores, Dios nos salvará. Una vez que aceptamos a Jesús, a los ojos de Dios quedamos totalmente purificados. El sacrificio de Cristo en el calvario nos redime. A partir de ese momento somos salvos; Dios lo prometió, y la Palabra de Dios es veraz. Él no puede faltar a ella. La salvación es eterna. Una vez que Él nos la da, no nos la quita. ¡Es nuestra! D. B. B.* * * El mensaje del Diablo siempre ha sido: «¡Sálvate a ti mismo! Eres tu propio dios, tu propio salvador. ¿Para qué depender de otro?» Por el contrario, el mensaje de Dios es: «Solamente Yo puedo salvarte. Adórame a Mí». Dios no salva a quienes creen poder hacerlo por su cuenta, sino a los pecadores que se saben incapaces. D. B. B.[End Box]¡Recárgate! No podemos ser todo lo que Dios quiere que seamos sin Sus fuerzas, las cuales Él nos infunde mediante el Espíritu Santo. «Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento -dijo Juan el Bautista a quienes acudían a él en busca de la verdad y la reconciliación con Dios-; pero [Jesús] os bautizará en Espíritu Santo» (Mateo 3:11). Más tarde Jesús prometió a Sus seguidores que les enviaría «la promesa del Padre» para que fueran «investidos de poder desde lo alto» (Lucas 24:49). El relato de cómo recibieron el Espíritu Santo poco después puede leerse en el capítulo dos de los Hechos de los Apóstoles. Si has aceptado la salvación que te ofrece Jesús y has «nacido de nuevo del Espíritu», ya has recibido una porción del poder del Espíritu Santo. Pero eso no significa que te hayas bautizado con él en toda su magnitud. Por lo general, esa es una experiencia aparte y posterior. La palabra bautizar que aparece en el Nuevo Testamento se deriva del griego baptizo, que significa cubrir o sumergir por completo. De modo que ser «bautizado en Espíritu Santo» significa llenarse hasta rebosar del Espíritu de Dios. Un vaso de agua constituye una buena ilustración. Se puede afirmar que es un vaso de agua si contiene al menos una pequeña cantidad de líquido. No tiene por qué estar lleno para considerarlo un vaso de agua. Muchos cristianos se asemejan a vasos que contienen un poco de agua, una porción del Espíritu de Dios. En cambio, los que han sido bautizados con el Espíritu Santo son comparables a vasos llenos hasta rebosar. El bautismo del Espíritu Santo supone llenarse de poder de lo alto hasta el punto de que uno no pueda contenerlo.Preguntas frecuentes en torno al Espíritu Santo¿Qué efectos produce? Nos capacita para amar. El bautismo del Espíritu Santo es un bautismo de amor. Dios es el Espíritu mismo del amor (Juan 4:24; Romanos 8:26-27.), de modo que cuando Él nos bautiza con Su Espíritu Santo, vierte Su amor sobre nosotros de tal forma que nos llena de arriba abajo, y sigue derramando hasta que no podemos contenerlo. Su amor brota a raudales de nuestro corazón y se vuelca sobre los demás. No podemos evitar compartir el amor y la felicidad que Dios nos ha concedido de modo que otros también lleguen a conocerlo y a experimentar ese amor. Potencia nuestras oraciones. No es imprescindible contar con el Espíritu Santo para orar y ser escuchado por Dios, pero el Espíritu amplifica y encauza nuestras plegarias, las potencia por así decirlo, con el fin de que lleguen a destino con claridad y fuerza. Además, nuestras oraciones surten mayor efecto, pues aun cuando no sabemos por qué rezar o cómo hacerlo, el Espíritu Santo sí lo sabe. Conoce exactamente los designios y objetivos de Dios en cada situación, el máximo bien que Él quiere conseguir. Cuando oramos, el Espíritu Santo puede, en efecto, hablar a través de nosotros para obtener los resultados óptimos. «El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros. [...] Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios [el Espíritu] intercede por los santos» (Romanos 8:26-27). Nos faculta para sintonizarnos con mayor precisión. Poco antes de ser crucificado Jesús prometió a Sus discípulos que les enviaría un Consolador, el Espíritu Santo, para fortalecerlos, imbuirlos de poder, conducirlos y guiarlos en su vida espiritual y relación con Él. «El Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en Mi nombre, Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que Yo os he dicho» (Juan 14:26). En otro pasaje Jesús se refiere al Espíritu Santo como el Espíritu mismo de la verdad: «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, Él os guiará a toda la verdad, [...] y os hará saber las cosas que habrán de venir» (Juan 16:12-13). Nos ayuda a efectuar cambios positivos en nuestra vida. Los libros de autoayuda, la determinación y la fuerza de voluntad no bastan. Lo que realmente necesitamos para que se obren cambios positivos en nuestra vida es la ayuda de Dios. Aunque por ti mismo logres cambiar superficialmente en algunos aspectos, para efectuar cambios duraderos y de fondo es preciso el poder regenerador del Espíritu Santo. «Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por Su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo» (Tito 3:5). Algunos cambios son instantáneos; otros llevan tiempo. Pero tarde o temprano, con un poco de colaboración nuestra y la intervención de Su Espíritu, Dios obrará lo que para nosotros es imposible: ¡una transformación interior! Nos confiere atrevimiento y elocuencia para transmitir la Buena Nueva. Probablemente lo más importante es que el Espíritu Santo nos inviste de poder para dar testimonio, para manifestar el amor de Dios y hablar a otros de Jesús. En los cuarenta días posteriores a Su resurrección, Jesús se apareció en diversas oportunidades a Sus discípulos para enseñarles «acerca del reino de Dios» (Hechos 1:3; 13:29-32; 1 Corintios 15:3-8). Cuando se reunió con ellos por última vez para darles a conocer la misión que tendrían en la Tierra, les prometió: «Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos [...] hasta lo último de la Tierra» (Hechos 1:8). A Sus seguidores actuales les encarga la misma misión y les promete el mismo poder del Espíritu Santo para acometerla. Si eres tímido para exponer tu fe a los demás, te alegrará saber que una de las principales funciones que cumple el Espíritu Santo es darte arrojo y atrevimiento para hablar a los demás de Jesús y de Su amor. Aunque no llegues a ser un fogoso evangelizador -muy pocos cristianos lo son-, Él puede ayudarte a lograr lo mismo o mucho más hablando personalmente con la gente. El poder transformador del Espíritu de Dios te ayudará a superar la timidez y la preocupación por el qué dirán. Así podrás transmitir con más desenvoltura el mensaje del amor y la salvación que brinda el Señor. Nos habilita para desempeñar una mejor labor. Sea cual sea la misión que el Señor te encomiende -o la vocación o llamamiento que tengas-, el Espíritu Santo te ayudará a desempeñarla mejor. Aunque no tengas disposición para realizar determinado cometido o carezcas de experiencia en tal o cual campo, si el Señor quiere que hagas cierta tarea, el Espíritu Santo te capacitará y obrará por medio de ti. Ese poder con que nos agracia Dios se denomina a veces unción o ungimiento, evocando ciertas referencias del Antiguo Testamento en las que los profetas ungían con aceite sagrado a reyes, sacerdotes y otras personas para simbolizar que habían sido elegidos por Dios. A medida que aprendas a «andar por el Espíritu» (Gálatas 5:25), este incluso te ayudará en tus actividades seculares, tu interacción con tus compañeros de trabajo y tus amistades, y todo lo que entraña la vida diaria.[Box:]¡Respira hondo! Lo mismo que la llama de una vela, nuestro cuerpo tiene que consumir oxígeno constantemente para mantenerse con vida. Es un principio biológico natural que ilustra a la vez una importante verdad espiritual: Si queremos seguir alumbrando con fuerza para el Señor (Mateo 5:16), necesitamos un suministro constante del Espíritu Santo. El Espíritu Santo es nuestra reserva de oxígeno espiritual, el aire mismo que respiramos para mantenernos vivos espiritualmente. La palabra hebrea que se emplea a lo largo del Antiguo Testamento para decir espíritu es ruach, que también significa aire o aliento; y la palabra griega pneuma, traducida en el Nuevo Testamento por espíritu, tiene igual significado. Tenemos que respirar en todo momento el oxígeno del Espíritu. De lo contrario nos morimos, nos sofocamos espiritualmente. No basta con comer para mantenerse vivo; es necesario también el aire para asimilar los alimentos y sacar energía de ellos. De igual modo, el alimento espiritual de la Palabra de Dios no basta por sí solo. Es preciso el aire, el oxígeno del Espíritu que actúe de oxidante y nos proporcione poder y energías espirituales. No basta con lo uno ni con lo otro. Ambos son necesarios. D. B. B.Una transformación La noche en que detuvieron a Jesús, el apóstol Pedro tuvo tanto miedo que en tres ocasiones negó conocerlo. Sin embargo, poco después de ser investido con el Espíritu Santo, repentinamente se convirtió en un hombre valiente que predicaba a las multitudes con gran atrevimiento (Hechos 2). La transformación de Pedro demostró que nada que lograse se debía a ninguna grandeza de su personalidad, sino al poder de Cristo que obraba en él. «Tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros» (2 Corintios 4:7). D. B. B. [End box]¿Quién puede acceder a él? Si has aceptado a Jesús como Salvador, puedes pedir el bautismo del Espíritu Santo cuando quieras. Antes de la época de Cristo, Dios concedía Su Espíritu únicamente a ciertos profetas, reyes y dirigentes que lo necesitaban para cumplir con su vocación. Sin embargo, en la actualidad el Espíritu Santo se concede a todos los creyentes. «Después de esto [de la venida de Jesús] derramaré Mi Espíritu sobre toda carne. [...] También sobre los siervos y sobre las siervas derramaré Mi Espíritu en aquellos días» (Joel 2:28-29). Desde el día de Pentecostés, en que Sus primeros seguidores fueron investidos del Espíritu Santo, el Señor ofrece a todo cristiano la posibilidad de tener un vínculo y una relación personal con el Espíritu de Dios. Hoy en día, cualquier cristiano puede obtener una mayor medida de asistencia y provisión divinas por medio de la comunicación y el poder del Espíritu Santo.¿Cómo sé si he recibido el Espíritu Santo? ¿Cómo sabes si te has imbuido del Espíritu Santo? ¡Es muy sencillo! Si lo has pedido, lo has recibido. Jesús dijo: «Todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. Pues si vosotros [...] sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?» (Lucas 11:10,13.) A veces, cuando alguien reza para llenarse del Espíritu, no percibe nada diferente con los sentidos naturales ni recibe ninguna señal sobrenatural en ese preciso momento. Ello puede ocasionarle una decepción. En realidad no tiene importancia que percibas o no con los sentidos la presencia y el poder del Espíritu Santo. Ten la seguridad de que lo tienes, porque Jesús prometió otorgártelo. Lo mismo sucede con la salvación. ¿Cómo se sabe que se es salvo? No tiene nada que ver con las sensaciones que se tengan al momento de hacer la oración; no es por fe en sensaciones o experiencias; es por la fe en la Palabra de Dios, en las promesas que Él nos ha hecho. Una vez que uno se llena del Espíritu, ¿lo tiene para siempre? El bautismo o influjo del Espíritu Santo es una experiencia única, al igual que la salvación. Una vez que uno se bautiza con el Espíritu Santo, no tiene que repetir la experiencia. No obstante, la medida en que uno siga lleno del Espíritu Santo en determinado momento después de esa experiencia inicial dependerá más que nada de su obediencia y sumisión al Señor. ¿Tratas sinceramente de averiguar y cumplir la voluntad de Dios, de ser y hacer todo lo que Él quiere que seas y hagas? En tal caso, tendrás una abundante porción del Espíritu y de su poder. En cambio, si te empeñas en seguir tu propio camino o te conformas con esforzarte sin la ayuda de Dios, descubrirás que tu porción del Espíritu será escasa. El Señor no puede llenarte si no das cabida al Espíritu por estar muy lleno de ti mismo. Tampoco puede llenarte si no te detienes por unos momentos y das tiempo al Señor para que vierta Su Espíritu dentro de ti. Es preciso que pases tiempo con Él orando y leyendo Su Palabra. Puedes y debes llenarte del Espíritu Santo todos los días. Puedes hacerlo en cualquier momento. No tienes más que conectarte a Él obedeciendo lo que el Señor quiera que hagas, estrechando tu relación con Él por medio de la oración, la alabanza o la lectura de Su Palabra, o pidiéndole una dosis mayor del Espíritu Santo. Si has hecho todo lo posible por mantenerte en estrecha comunión con Él, te imbuirá de Su Espíritu. [Box:] ¿Has recibido el poder rebosante del Espíritu de Dios? Si no, puedes hacerlo ahora mismo. No tienes más que pedirlo. No puedes ganártelo o merecértelo, del mismo modo que no puedes ganarte la Salvación ni hacerte digno de ella. Es un regalo. No tienes más que pedirlo y recibirlo haciendo una sencilla oración como la que presentamos a continuación: Jesús, soy consciente de que necesito una mayor porción de Tu amor y de Tu poder. Te ruego, pues, que me llenes de Tu Espíritu Santo en este momento. Concédeme los dones de Tu Espíritu y ayúdame a emplearlos para amar más al prójimo y dar un testimonio más convincente de Tu amor. Ayúdame a cultivar una relación más estrecha contigo, y a comprender mejor Tu Palabra y ponerla en práctica. Amén.* * *Mejor que cuando estaba presente Mientras Jesús estaba físicamente con Sus discípulos, ellos sabían que los amaba, y ellos lo amaban a Él. Disfrutaban de Su presencia y de Su voz tranquilizadora. Sin embargo, en realidad no lo conocían como habrían de conocerlo después espiritualmente. Pero cuando se cumplió la promesa del Espíritu Santo el día de Pentecostés, descubrieron que aunque el cuerpo de Jesús ya no estuviera presente, Su Espíritu estaba con ellos en mayor medida que nunca; y no solo con ellos, sino en ellos. Al igual que aquellos primeros discípulos, si has sido lleno del Espíritu puedes tener una relación más estrecha con Jesús y entender Su verdad mejor que ellos cuando estaban con Él físicamente y lo veían obrar milagros, porque tienes Su poder y Su Espíritu dentro de ti. D. B. B.El aceite del Espíritu Santo Prácticamente no hay mecanismo en este mundo que funcione bien sin algún tipo de aceite o lubricación. Cuando hay partes móviles cuyas superficies rozan, inevitablemente se produce fricción. A su vez, esta genera calor; y el calor, fuego, que a la larga funde las piezas de la máquina. En cambio, cuando un mecanismo que rechina se lubrica con aceite, las piezas funcionan suave y silenciosamente. Al igual que la maquinaria, nuestro espíritu necesita limpieza y lubricación. Si no tuviéramos el aceite del Espíritu, nos oxidaríamos y descompondríamos, o nos recalentaríamos por la fricción. Sin el debido mantenimiento y lubricación, al poco tiempo no produciríamos ningún movimiento útil ni serviríamos para nada, y Dios nos tiraría a la basura. Gracias a Dios, el aceite de Su Espíritu lo lubrica todo: nuestra cabeza, nuestro corazón, nuestro espíritu, nuestra lengua y aun nuestros pies, para que podamos ir a predicar el Evangelio. Él nos vierte encima el Espíritu Santo, nos llena de arriba abajo y baña con él todo nuestro ser. D. B. B.* * *El Espíritu Santo nos consuela El divino Espíritu de amor nos consuela. Como una madre que trata a su recién nacido con ternura y delicadeza, el Espíritu Santo se cierne sobre todo hijo de Dios, consolándolo, sanándolo, nutriéndolo y velando por él. Nos ama, alivia nuestras angustias, disipa nuestros temores, enjuga nuestras lágrimas, acaricia nuestro ceño fruncido por las preocupaciones y nos da reposo en Su amor. D. B. B [End box]Los dones del Espíritu Además de dotarnos de poder para testifi car, darnos un mayor amor por el prójimo y potenciar nuestra comprensión de la Palabra de Dios, el Espíritu Santo nos permite acceder también a lo que la Biblia denomina dones del Espíritu. De estos, el apóstol Pablo escribió: «Hay diversidad de dones, pero el Espíritu [Santo] es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo. Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho. Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu. A otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como Él quiere» (1 Corintios 12:4-11).Los dones menos evidentes: sabiduría, ciencia y discernimiento ¿En qué consiste ese don particular de sabiduría al que se refiere Pablo en el pasaje anterior? Consiste en saber juzgar acertadamente aplicando la Palabra de Dios, fuente de la auténtica sabiduría. Es saber emplear los conocimientos que tenemos de Dios. El don espiritual de ciencia trasciende con creces el conocimiento científico mental. Implica percibir el corazón y la mente de Dios. Es lo que se llama ciencia infusa: se saben cosas que de otro modo se ignorarían, porque Él nos las revela por medio de Su Espíritu. El discernimiento es agudeza o perspicacia en el juicio. Discernir es distinguir una cosa de otra, en particular en lo relativo a las actitudes del ánimo, a percibir el espíritu y los móviles de lo que hacen o dicen los demás. Estos tres dones son en gran medida imperceptibles. No pueden percibirse mediante ninguno de los cinco sentidos, ¡pero vaya si hacen diferencia en nuestras relaciones con los demás y en la resolución de conflictos y problemas! «La sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía» (Santiago 3:17).El don irrefrenable: la fe «Si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible» (Mateo 17:20). A todo hijo de Dios nacido de nuevo se le otorga una medida de fe. Paralelamente, la fe de cualquier cristiano se incrementa al leer, asimilar y aplicar la Palabra de Dios. Sin embargo, tener una fe particularmente grande para ciertas cosas es un don del Espíritu Santo. Fijémonos por ejemplo en George Müller (1805-1898): Él tenía gran fe en que Dios proveería económicamente para la obra en que se proponía servirle. Fundó cinco hogares para huérfanos en Bristol (Inglaterra), y a lo largo de su vida albergó a casi 10.000 huérfanos a un costo que hoy en día equivaldría a muchos millones de dólares. Todo ese dinero le fue donado en respuesta a sus oraciones. ¡En ello vemos manifestado claramente el don de la fe! Muchos otros que recibieron el don de la fe y que de otro modo habrían sido personas comunes y corrientes acometieron grandes cosas para el Señor, ya fuera como misioneros o transformando el entorno en que se desenvolvían.El don regenerador: la sanidad «Le siguió [a Jesús] mucha gente, y sanaba a todos» (Marcos 16:17,18), inclusive a muchos considerados incurables por los médicos de su época y de la nuestra. Al tocarlos Él, los cojos caminaban, los sordos oían, los ciegos veían, y los leprosos y dementes eran sanados instantáneamente. Lo que resulta aún más sorprendente es que Jesús prometió a Sus seguidores poder para hacer lo mismo. «Estas señales seguirán a los que creen: En Mi nombre [...] sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán»1. «La oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante. Orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder» (Santiago 5:15-16 (BJ)). «Jesucristo es el mismo, ayer, y hoy, y por los siglos» (Hebreos 13:8). Por tanto, Sus promesas de curación siguen vigentes en la actualidad. Él es tan capaz de sanar cuerpos enfermos hoy en día como lo fue durante Su misión en la tierra. Si tienes a Jesús, ese estupendo don está a tu alcance.[Box:]La Palabra es el cimiento de la fe Así como un edificio firme no puede carecer de cimientos, tampoco puede haber fe sin la Palabra, toda vez que aquella se edifica sobre la Palabra de Dios. De modo que si te sientes débil en fe, hay un remedio muy sencillo: la Palabra de Dios la fortalecerá. La fe nos viene y crece por efecto de la Palabra de Dios (Romanos 10:17). Al leer y estudiar a conciencia la Palabra, meditar en ella e incluso aprender de memoria porciones de ella, cada frase te inspirará fe, la cual ser irá consolidando e incrementando. Llénate los pensamientos y el corazón de conceptos e ideas positivos, alentadores, provenientes de la Palabra, que te fortalezcan y edifiquen la fe, y al poco tiempo quedarás asombrado de la medida de fe que tienes: Una fe verdadera, que soporta cualquier prueba, que perdura y obra milagros, edificada sobre la roca firme de la verdad de Dios. D. B. B.* * * La fe no se forja; es un don. Sin embargo, solo se obtiene leyendo y estudiando la Palabra. Martín Lutero [End box]El don espectacular: los milagros La palabra milagro procede del latín miraculum, que a su vez viene de mirari, que significa admirar, maravillarse. Un milagro es un fenómeno que capta la atención. Jesús obró numerosos milagros en el curso de Su ministerio en la Tierra, los cuales casi siempre congregaban una multitud, a la que luego impartía alguna verdad espiritual importante. Los milagros no eran en realidad el acontecimiento más importante; lo fundamental en realidad eran las palabras que les transmitía Jesús. Los milagros beneficiaron apenas a unos pocos, mientras que Sus sermones ayudaron a cuantos los escucharon, ¡y a millones de personas desde entonces! Jesús hizo lo mismo por medio de Sus primeros seguidores. Tomemos por ejemplo la curación milagrosa que obró por medio de Pedro y Juan, la cual consta en el tercer capítulo del libro de los Hechos: «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy -dijo Pedro a un cojo en la puerta del templo-; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda». Habiendo pronunciado aquellas palabras, Pedro ayudó al cojo a incorporarse. Este fue sanado al instante y entró al templo «andando, saltando y alabando a Dios». Dado que aquel hombre se sentaba todos los días a la puerta del templo, prácticamente toda la población lo conocía y sabía que era cojo de nacimiento. Tras obrar Pedro aquel milagro, se congregaron numerosos curiosos, y él predicó a Jesús. A consecuencia de ello, 5.000 personas se convirtieron aquel día (Hechos 3:todo; 4:1-4.). Otro caso en que el Señor se valió de un milagro para convencer a alguien del poder de Dios y llevarlo a creer en Él fue el del procónsul (gobernador) de Chipre, que al enterarse de la misión del apóstol Pablo lo mandó llamar para que le explicara en qué consistía el cristianismo. Cuando uno de los asesores del procónsul, un mago llamado Elimas, intentó poner a este en contra de Pablo, la Biblia dice que «Pablo, lleno del Espíritu Santo, fijando en [Elimas] los ojos, dijo: "¡Oh, lleno de todo engaño y de toda maldad, hijo del Diablo, enemigo de toda justicia! ¿No cesarás de trastornar los caminos rectos del Señor? Ahora, pues, he aquí la mano del Señor está contra ti, y serás ciego, y no verás el sol por algún tiempo". E inmediatamente cayeron sobre [Elimas] oscuridad y tinieblas; y andando alrededor, buscaba quien le condujese de la mano. Entonces el procónsul, viendo lo que había sucedido, creyó, maravillado de la doctrina del Señor» (Hechos 13:9-12). Jesús aún obra portentos hoy en día para Sus seguidores y por medio de ellos. Es más, promete: «El que en Mí cree, las obras que Yo hago, él las hará también; y aún mayores hará, porque Yo voy al Padre» (Juan 14:12).El don orientador: las profecías Gracias al don de profecía, los cristianos podemos recibir mensajes directos del Señor. Él se sirve de estos mensajes para transmitirnos amor, aliento, consuelo, e instrucciones y consejos a la medida exacta de las necesidades que tenemos o de las situaciones en que nos encontramos cada uno. La mayoría de las profecías vienen en forma de mensaje verbal que la persona escucha mentalmente y repite en forma oral o consigna por escrito. Sin embargo, a veces los mensajes proféticos llegan por otros medios, por ejemplo en sueños o visiones reveladoras que el Espíritu Santo ayuda a la persona a interpretar. Por sus múltiples aplicaciones prácticas y sus extensos beneficios el don de profecía es tal vez el más importante de todos los que otorga el Espíritu. «Procurad los dones espirituales -dice Pablo-, pero sobre todo que profeticéis» (1 Corintios 14:1). No solo ofrece a los cristianos la posibilidad de averiguar el parecer del Señor sobre una situación determinada y acceder a Su divina sabiduría para hallar la salida a algún laberinto o asunto conflictivo, sino que además potencia los demás dones del Espíritu, sobre todo el de la fe. «La fe viene por el oír la Palabra de Dios» (Romanos 10:17). Ese versículo no se aplica solamente a la Palabra escrita -la Biblia-, sino también a las que nos comunica hoy en día. Se puede emplear el don de profecía en privado o en compañía de otras personas. Este don trae aparejada una promesa singular: «Después de esto [de la venida del Mesías] derramaré Mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas» (Joel 2:28). En el Antiguo Testamento, Dios hablaba únicamente a unos pocos dirigentes y portavoces; pero desde la venida de Cristo, este singular don está al alcance de todos Sus hijos, tú entre ellos. (En el librito Escucha palabras del Cielo, de la colección Actívate, encontrarás explicaciones más detalladas sobre el don de profecía, cómo acceder a él y emplearlo, y los beneficios que reporta.)[Box:] Jesús nos habla en cualquier momento y lugar. Basta con que creamos.* * * Escuchar al Señor es nuestro alimento espiritual. * * * La energía siempre está activada, el mensaje está siempre ahí. El Espíritu de Dios es como una emisora que transmite su señal de forma permanente. No tenemos más que encender el interruptor y sintonizarnos. Basta con crear un vacío y abrir la boca con verdadera expectativa, y Él nos la llena. D. B. B.[End box]El don edificante: las lenguas El don de lenguas es la facilidad para hablar uno o más idiomas que no se hayan estudiado, lo que el apóstol Pablo denominaba «lenguas humanas y angélicas» (1 Corintios 13:1). A veces se trata de idiomas terrenales -lenguas humanas-, como fue el caso del día de Pentecostés, en que los apóstoles y otros discípulos del círculo más allegado a Jesús fueron llenos del Espíritu Santo y predicaron a las multitudes de extranjeros en diversos idiomas que nunca habían aprendido (Hechos 2:1-11). Sin embargo, lo más frecuente es que esas lenguas sean idiomas celestiales, lenguas angélicas, ininteligibles para quien las habla y para todos los demás, a no ser que se cuente con el don de interpretación. Las lenguas principalmente nos animan, inspiran y edifican. Aun cuando no entendamos las palabras que salen de nuestra boca, hablar en lenguas es emocionante y nos eleva el espíritu (1 Corintios 14:4). Hablar en lenguas es además una magnífica forma de orar y alabar al Señor. ¿Te ha pasado alguna vez que sentiste deseos de orar pero no sabías que decir? Pues bien, el Espíritu Santo sabe exactamente qué necesitas y por qué debes rezar, y lo hará por intermedio de ti. «El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros» (Romanos 8:26). Es como si el Espíritu Santo tomara las riendas de tu lengua y hablara por medio de ti. La capacidad de hablar una lengua que nunca se aprendió es sin duda milagrosa. Sin embargo, se trata de uno de los dones más comunes del Espíritu. Si aún no has recibido este asombroso don, está a tu alcance cuando lo quieras. El don revelador: la interpretación de lenguas A veces el Señor dispone que las lenguas que hablamos sean entendidas únicamente por Él. Sin embargo, en otras ocasiones transmiten mensajes que quiere que tú y tal vez otras personas entiendan y aprovechen. Para obtener ese beneficio, es preciso que tú o alguno de los presentes sepan interpretar el mensaje. El Señor sabe con exactitud lo que se dice en lenguas, y nos da la interpretación si se la pedimos y si es intención Suya que entendamos el mensaje. El don de interpretación de lenguas es prácticamente igual que el de profecía. La única diferencia es que en un principio el mensaje nos viene del Señor en una lengua desconocida. A veces la interpretación se da como una traducción simultánea, frase por frase; en otras ocasiones viene toda junta una vez que ha concluido el mensaje en lenguas. Las lenguas y la interpretación son formas muy edificantes de escuchar al Señor. Preguntas frecuentes en torno a los dones del Espíritu ¿Los dones del Espíritu están al alcance de cualquiera, o el Señor decide quién recibe cuáles y en qué momento? Curiosamente, la respuesta a ambas preguntas es afirmativa. A veces el Señor otorga a alguien cierto don sin que se lo pida. Sin embargo, lo más frecuente es que nos lo conceda en respuesta a un pedido de nuestra parte. El apóstol Pablo explica que «todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como Él quiere» (1 Corintios 12:11). Por otra parte, Pablo nos exhorta a «procurar los dones mejores» (1 Corintios 12:31). ¿Por qué nos iba a decir que los procurásemos si no fuera intención de Dios que los tuviéramos? El Señor sabe qué dones del Espíritu nos van a aprovechar mejor a nosotros y a quienes nos rodean; pero también promete que si nos deleitamos en Él, nos concederá las peticiones de nuestro corazón (Salmo 37:4), y que si le hacemos una petición, nos la otorgará conforme a nuestra fe (Mateo 7:7; 9:29). Cuando anhelamos sinceramente complacer al Señor y emplear Sus dones para la gloria del Creador es porque Él mismo nos ha infundido ese deseo. Nuestra voluntad y Sus designios coinciden, y en ese caso «pedimos lo que queremos, y se nos concede» (Juan 15:7 (NVI)). «No niega los bienes a los que caminan en integridad» (Salmo 84:11 (NC)).Si es así, ¿por qué no hay más cristianos que manifiesten los dones del Espíritu? Es cierto que hoy en día no se ven muchos cristianos que den muestras de tener los dones del Espíritu. Al menos no hay muchos que tengan los más visibles e innegablemente sobrenaturales, como el de sanidad o el de hacer milagros. Esto obedece a varias razones. En primer lugar, a algunos se los ha convencido de que los dones del Espíritu eran privilegio exclusivo de los cristianos de la iglesia primitiva y que los cristianos de la actualidad no podíamos acceder a ellos. Eso es lisa y llanamente falso. Así como en su época Jesús obró portentos por medio de seres humanos débiles e imperfectos, hoy en día hace lo mismo. Dice: «Yo el Señor no cambio», y: «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (Malaquías 3:6; Hebreos 13:8). Otros se abstienen de implorar los dones más manifiestos del Espíritu porque tienen miedo de no ser capaces de obrar milagros o de que la gente por la que oran no se sane total e instantáneamente como en los casos descritos en los Evangelios. No quieren sentirse defraudados ni quedar en ridículo. En consecuencia, ni siquiera piden esos dones. En realidad adolecen de falta de fe; carecen de la fe necesaria para poner a Dios -y ponerse ellos mismos- en una situación delicada. Por tanto, no reciben nada (Santiago 1:6-7). Otros probablemente no obtienen los dones que solicitan porque sus móviles no son puros. Quizá se proponen emplearlos con fines egoístas, o jactarse de ellos. Piden y no reciben «porque piden mal» (Santiago 4:3). Pero si un cristiano lleno del Espíritu ora con fe e invoca las promesas del Señor con la debida motivación, y puede afirmar como el apóstol Pablo que el amor de Cristo lo constriñe a emplear los dones de Dios para Su gloria, es decir, para predicar el Evangelio y ayudar a los demás (2 Corintios 5:14), Dios le concederá los dones que desea y «confirmará su mensaje con las señales que lo acompañen», ¡con señales, prodigios y milagros (Marcos 16:20 (Edición Pastoral))!¿Cómo sé si he recibido el don que pedí? Si eres un cristiano nacido de nuevo, lleno del Espíritu Santo, y has pedido al Señor cierto don del Espíritu, puedes contar con él por fe, aunque no veas ninguna manifestación inmediata del mismo. Del mismo modo que sucede con la salvación, con el bautismo del Espíritu o con cualquier otro don, sabes que lo has recibido porque la Palabra de Dios lo promete. Él dijo que lo recibirías, y te puedes fiar de Su Palabra. Dios no miente (Números 23:19.). A veces el momento tiene cierta importancia para el Señor. Él sabe cuál es la ocasion más indicada para que empieces a ejercitar un don, y puede que espere hasta entonces para que este se manifieste en tu vida. Aun así, cuentas por fe con la respuesta a tu petición. Digamos que el paquete está en el correo, pero todavía no lo has recibido.¿Cómo y cuándo he de esperar que se manifieste por primera vez un don? Si pediste un don, ya lo tienes; pero puede haber varios motivos por los que no se manifieste en el acto o tal como esperas o deseas. Cuándo y de qué forma ha de manifestarse cierto don del Espíritu en la vida de un hijo de Dios que lo ha pedido es algo que no se puede predecir ni comprender a cabalidad. Forma parte del misterioso designio divino para cada persona. Simplemente debemos tener fe en que si lo hemos pedido y estamos haciendo la parte que nos corresponde -creer y poner en práctica lo que el Señor nos indique-, Él se encargará de que se manifiesten a su debido tiempo los dones que precisamos. Primeramente, podría ser que tú todavía no tengas necesidad de ese don en particular que solicitas. Algunos dones les hacen falta a todos, al menos en cierta medida, como son la fe, la sabiduría y el discernimiento. El de lenguas es también importante para nuestra propia edificación, y el don de profecía es útil para conocer la voluntad de Dios y para recibir instrucciones personales y palabras de aliento. Es posible que otros dones -digamos el de curación y el de milagros- no se manifiesten hasta que surja una situación en la que el Señor quiera que los emplees y sepa que contribuirán a cumplir Sus designios y glorificarlo a Él. En segundo lugar, puede que prefiera que te sirvas de otros dones que te haya concedido. Por ejemplo, es posible que no te dé el don de profecía si prefiere que te valgas más de la Palabra escrita. Y una vez que hayas aprendido a guiarte por la Palabra escrita, extraer fuerzas de ella y basar tus decisiones en ella, puede que empiece a hablarte directamente por medio de profecías, es decir, de Su Palabra viva. Por último, tu don no se manifestará hasta que comiences a ejercitarlo. Es preciso que des un paso de fe. Lo mismo que Pedro, tienes que andar sobre las aguas (Mateo 14:28-29). Tienes que poner tu fe en acción. Al hacer la parte que te toca, demuestras fe en que el Señor te dará un mensaje en profecía u obrará un milagro a través de ti, o hará manifiesto el don que quieras emplear. Invoca Sus promesas de curación para ti o para otra persona que necesite sanarse. Pide al Señor que te dé sabiduría para resolver algún problema que afrontes y sigue Sus indicaciones. Atrévete a hacer lo que crees que Dios quiere que hagas, y verás que tienes más fe que antes de orar por el don de fe. Aunque inicialmente te parezca que has recibido un don minúsculo, se desarrollará y madurará a medida que lo ejercites. Ahora bien, en caso de que no obtengas resultados concretos y empieces más bien a hundirte en vez de caminar sobre las aguas, no dudes ni te des por vencido. Vuelve a acudir a la Palabra, a la fuente de la fe. Léela y asimílala, y crecerá tu fe (Romanos 10:17). El Señor no siempre responde a nuestras oraciones enseguida ni de la forma que esperamos, pero eso no significa que debamos dejar de rezar. Análogamente, puede que no siempre obre por medio de tus dones espirituales tal y como tú quisieras, pero eso no significa que no los tengas o que debas dejar de emplearlos. Sigue orando, sigue confiando en el Señor y cumpliendo con la parte que te corresponde, ¡que Él no te defraudará! Cuando le parezca conveniente, obrará a Su manera los resultados que a juicio de Él sean más oportunos. Los dones del Espíritu se refuerzan ejerciéndolos, del mismo modo que los músculos del cuerpo se fortalecen a base de ejercicio. Da tiempo a Dios y a Su Palabra para que obren, y sigue intentándolo. Empápate de Sus promesas e invócalas con fe. Cuenta con que obtendrás milagros -o fe, o sabiduría, o cualquier otro don del Espíritu que precises-, ¡y en el nombre de Jesús los conseguirás!¿Qué hago si necesito cierto don que no poseo o que no me atrevo a emplear? Tal como las diversas partes del cuerpo funcionan de forma conjunta para el bien de todo el organismo, los cristianos -que somos el cuerpo de Cristo- debemos ayudarnos poniendo al servicio de los demás los dones espirituales que Dios nos ha conferido (1 Corintios 12). Así pues, si necesitas cierto don que no posees -o si lo tienes pero aún no has aprendido a usarlo-, basta con acudir a alguien que lo tenga y que sepa emplearlo, y pedirle que lo haga por ti. Además de recibir prontamente la ayuda que necesitas, el ver a esa persona ejercitar su don te dará más fe a ti para recibir ese mismo don del Espíritu o para ejercitarlo en caso de que ya lo tengas. Por ejemplo, si todavía no has adquirido el don de profecía pero quieres recibir unas palabras directas del Señor con relación a cierto asunto o problema que encaras, acude a alguien que posea dicho don y pídele que escuche al Señor por ti. ¿Cómo se emplea el don de profecía? Cuando pedimos al Señor un mensaje en profecía, debemos creer que en efecto nos hablará y luego aceptar que las primeras palabras que nos vengan a la boca o a la mente provienen de Él. De ahí en adelante, en muchos casos es como hacer una traducción simultánea: el Señor nos habla frase por frase. La repetimos, y entonces nos comunica otra; y así sucesivamente hasta que hemos recibido todo el mensaje que quiere transmitirnos en ese momento. En otras ocasiones, puede que no sepas qué va a decir hasta que oigas las palabras de tu propia boca. O puede que oigas el mensaje mentalmente y lo anotes sin decirlo de viva voz. Sea como sea, el repetir el mensaje que te entrega el Señor o escribirlo mientras te va viniendo manifiesta que tienes fe en que Él te está hablando. Para obtener el máximo provecho de lo que el Señor te diga es menester que que lo grabes o lo anotes por algún medio a fin de repasarlo después. Procura acostumbrarte a no dejar caer a tierra ninguna palabra que el Señor te dirija (1 Samuel 3:19). Con la práctica se van afianzando todos los dones del Espíritu. En particular es así con el de profecía. El ejercicio hace maestro al novicio. Cuanto más tiempo pases en tranquilidad escuchando al Señor y anotando o grabando Sus mensajes, mayor será tu fe en las profecías y más fácil te resultará profetizar. Cultiva el hábito de escuchar al Señor al menos una vez al día y pedirle mensajes de orientación o ánimo, o soluciones a problemas concretos que se te presenten a ti o a otros. Es más, puedes escuchar al Señor a lo largo del día y con relación a todo lo que hagas y a cada decisión que tengas que tomar. Ni siquiera tienes que repetir de viva voz o anotar lo que te diga. En muchos casos puede que te encuentres en una situación en la que ello no sería apropiado ni práctico; aun así, puedes plantearle tu pregunta al Señor en silencio, o pedirle que confirme tus planes. Puede que la respuesta que te dé mentalmente no conste de más que unas pocas palabras o una frase; sin embargo, por muy sencilla que sea, así te beneficiarás de la sabiduría de nuestro Experto Consejero en todos tus actos. Además, se afianzará tu relación con Él, y en consecuencia tendrás una medida mayor de Su amor, paz y alegría.¿Cómo se emplea el don de lenguas? Semejantemente a otros dones del Espíritu, una vez que se ha orado por el don de lenguas es preciso ejercitarlo. Es muy simple: pide al Señor que te ponga la mente en blanco y comienza a alabarlo sin parar en voz alta. Da rienda suelta a tus pensamientos y a tu lengua, y deja que el Espíritu Santo se apodere de ti y hable a través de ti. Puede que suene como un galimatías, o a balbuceo de bebé, sobre todo al principio; pero el Señor entiende y aprecia lo que dice el Espíritu por medio de tu boca, y también a ti te inspirará y emocionará. Los frutos del Espíritu Si es cierto lo que dijo Jesús en el sentido de que tanto los árboles como las personas se conocen por el fruto que dan (Mateo 7:17-20; 12:33; Lucas 6:43-45), ¿qué frutos -qué prueba de la obra del Espíritu Santo- debe exhibir la vida de un cristiano nacido de nuevo y lleno del Espíritu? «El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio. Contra estas cosas no hay ley» (Gálatas 5:22-23 (NVI)). Los cristianos no somos perfectos; todos estamos en formación. «Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por Su buena voluntad» (Filipenses 2:13). Únicamente el Creador, por medio de Su Espíritu Santo, que tiene el poder de obrar milagros, puede cultivar esas virtudes en nosotros. Sin embargo, en cada caso hay algunas cosas que podemos hacer para acelerar el proceso. El fruto que todo lo abarca: el amor ¿En qué medida es importante el amor? Cuando le preguntaron a Jesús cuál era el mandamiento más importante, respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas» (Mateo 22:37-40). Dicho de otro modo: si eres capaz de hacer esas dos cosas -amar a Dios y al rójimo-, lo demás queda resuelto. Los restantes mandamientos se formularon con el fin de enseñarnos a hacer el bien y obrar con amor. ¿Qué primacía tiene el amor entre los frutos del Espíritu? El apóstol Pablo concluyó su exposición de los dones del Espíritu (1 Corintios 12) con una exhortación a dar preponderancia al amor (1 Corintios 13). «Ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor» (1 Corintios 13:13). El amor debe ser además el sello característico del cristiano. Jesús dijo: «En esto conocerán todos que sois Mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros» (Juan 13:35). Él ha dispuesto que todo buen cristiano refleje el amor que Él le entrega, a fin de que los demás hallen y experimenten ese mismo amor. A primera vista parece muy sencillo, pero naturalmente no es tan fácil. ¿De dónde saca uno tanto amor para interesarse por los demás, para entregarse con abnegación, para sacrificarse? ¿De dónde saca amor suficiente para preocuparse por el bienestar de su prójimo tanto como por el propio, o para amar aun a sus enemigos, o sacrificarse por sus semejantes (Mateo 22:39; 5:44; Juan 15:13; 1 Juan 3:16)? ¡Desde luego que no de sí mismo! Un amor de esa naturaleza es fruto del Espíritu Santo en nosotros. ¿Cómo se obtiene? Si has aceptado a Jesús y recibido el Espíritu Santo, ya cuentas con una medida de ese amor y puedes pedir a Dios que te conceda más. No obstante, la mejor forma es dar lo que tienes. «Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís os volverán a medir» (Lucas 6:38). «El alma generosa será prosperada; y el que saciare, él también será saciado» (Proverbios 11:25).El fruto radiante: la alegría Todos sabemos lo que es que nuestra vida se vea ensombrecida por graves reveses: enfermedades, la pérdida de un ser querido, vicisitudes económicas. Aun cuestiones triviales como las inclemencias del tiempo o el tráfico de las horas pico son capaces de abatirnos el ánimo. Pero no tiene por qué ser así. El Espíritu Santo puede darnos fuerzas para remontarnos sobre nuestros problemas, por grandes que sean, y brindarnos felicidad y alegría a pesar de las circunstancias. El secreto para vivir con el gozo del Señor es tomarnos tiempo para llenarnos de la Palabra de Dios, de modo que tengamos una reserva de Su Espíritu Santo de la cual extraer fuerzas en momentos difíciles. «Estas cosas os he hablado para que Mi gozo esté en vosotros y vuestro, gozo sea cumplido» (Juan 15:11). Por tanto, si te sientes abatido o descorazonado, lo que probablemente necesitas es pasar más tiempo con Jesús, leyendo y estudiando Su Palabra. ¡Te quedarás asombrado de la diferencia que hace! También ayuda mucho ponernos a pensar en todas las bendiciones y cosas buenas que el Señor nos ha dado y que ha hecho por nosotros. «Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad» (Filipenses 4:8). «El gozo del Señor es vuestra fuerza» (Nehemías 8:10). [Box:] Si hay algo que los cristianos debemos tener en abundancia es alegría. Tenemos muchos más motivos para estar alegres que nadie. Contamos con el alegre amor de Jesús, que alivia nuestras cargas, elimina nuestras preocupaciones e incluso hace más llevaderos nuestros pesares. Y aun cuando habla de nuestro servicio a Él, dice que Su yugo es fácil, y ligera Su carga (Salmo 55:22; 1 Pedro 5:7; Isaías 61:1-3; Mateo 11:30). D. B. B. ™ Me mostrarás la senda de la vida; en Tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a Tu diestra para siempre. Salmo 16:11 ™ Oh Señor, feliz el pueblo que sabe alabarte con alegría y camina alumbrado por Tu luz. Salmo 89:15 (Versión Dios Habla Hoy) ™ ¡Feliz el pueblo que tiene todo esto! ¡Feliz el pueblo cuyo Dios es el Señor! Salmo 144:15 (Versión Dios Habla Hoy) ™ A quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso. 1 Pedro 1:8 [End box]El fruto imperturbable: la paz Jesús nos promete paz, una obra más del Espíritu Santo. «La paz os dejo, Mi paz os doy; Yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo» (Juan 14:27). Así como Jesús calmó el mar tempestuoso cuando Sus discípulos pensaban que la barca se iba a hundir y que se ahogarían (Marcos 4:35-41), Él es capaz de calmar las tempestades de nuestra vida y darnos una paz interior que sobrepase todo entendimiento (Filipenses 4:7). Lo hizo por Pablo y Silas cuando los azotaron y encarcelaron. En vez de desesperarse, cantaron alabanzas a Dios, ¡y de un momento a otro fueron milagrosamente liberados (Hechos 16:22-26)! También lo hizo por los primeros mártires cristianos, que cantaban jubilosos y loaban a Dios mientras eran quemados vivos y devorados por los leones. Muchos espectadores sintieron tal envidia de la paz sobrenatural que poseían los cristianos que también se volvieron creyentes. A medida que aprendas a confiar en el Señor de todo corazón (Proverbios 3:5), descubrirás que también puede infundirte a ti perfecta paz, cualesquiera que sean las circunstancias. El fruto conciliador: la paciencia -Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces he de perdonarlo? -le preguntó uno a Jesús; y acto seguido aventuró una respuesta-: ¿Siete veces? -No; ¡setenta veces siete! -fue la respuesta de Jesús. Dicho de otro modo: nunca debemos dejar de perdonar. ¡Eso es amor! Jesús no se refería solamente a perdonar con amor y paciencia a nuestros hermanos, cónyuges y amigos, sino también a jefes y compañeros de trabajo dominantes, a subalternos intratables, a vecinos molestos… Es decir, a todos. ¿Por qué exige el Señor tanto a Sus seguidores? ¿De qué forma redunda eso en favor de los intereses de Él o de ellos? Una vez más, es tan contrario a la naturaleza humana que hace que los cristianos se distingan del resto de sus congéneres y los convierte en un testimonio viviente. ¡Tal grado de amor y paciencia solo puede provenir de Dios! ¿Acaso no nos ha perdonado Dios a nosotros setenta veces siete? ¿No nos motiva ello a ofrecer ese perdón y misericordia a los demás para que ellos también lleguen a conocer al Señor y se acojan a Su perdón? «El amor es sufrido» (1 Corintios 13:4). «El siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen» (2 Timoteo 2:24-25).El fruto irresistible: la amabilidad La amabilidad es amor en acción, amor traducido a sencillos actos cotidianos. Es consideración. Es vivir la regla de oro: haz con los demás como quieres que hagan contigo (Mateo 7:12). Es hacer la vista gorda ante las pifias y flaquezas ajenas. Es tener corazón compasivo y perdonar a los demás tanto como nos perdona Dios a nosotros (Efesios 4:32). La amabilidad engendra buena voluntad. Nuestras palabras amables y gestos de consideración manifiestan a los demás que nos parecen importantes su felicidad y bienestar, y eso los mueve a responder de igual manera. La amabilidad es una de las cosas más difíciles de regalar, porque casi siempre nos la devuelven. No cuesta nada, pero cuántas cosas se alcanzan con ella. Una sonrisa o una palabra amable pueden ser decisivas para quien está pasando por un día difícil. ¡Un poco de amor llega muy lejos! Todo el mundo entiende el lenguaje de la amabilidad. Los cristianos somos embajadores del amor de Dios ante los demás; la amabilidad con que los tratemos les hace notorio el amor y desvelo de Dios por ellos y contribuye a acercarlos a Él.[Box:]Paz en medio de la tormenta Se cuenta que una vez se celebró un concurso de pintura con el objeto de determinar quién sería capaz de ilustrar mejor el concepto de la paz. La mayoría de los artistas pintaron escenas bucólicas de tranquilos días veraniegos en los que reinaba la quietud y la armonía. Esas sin duda eran expresiones de paz. Pero el cuadro que ganó el certamen ilustraba la paz más difícil de lograr. Sobre una rama que se extendía por encima de una ruidosa catarata se balanceaba un pequeño nido en el que un diminuto pajarillo cantaba apaciblemente a pesar del estruendo de las aguas que caían debajo de él. Esa clase de paz únicamente puede dárnosla el Príncipe de la Paz -Jesús- y la certeza de que pase lo que pase, ¡Él velará por nosotros! D. B. B.El seguro ganador ¿Qué poder de convicción posee la amabilidad? Considera la siguiente fábula: Una vez el Viento y el Sol tuvieron una conversación. El primero, bullicioso y discutidor, declaraba que era el más fuerte de los dos. Presintiendo que el encuentro podía desembocar en una amarga reyerta, el Sol hizo gala de su sabiduría y benignidad y trató de dejar pasar el asunto. Sin embargo, empecinado, el Viento insistía: -Te demostraré mis fuerzas -exclamó rugiente-. ¿Ves ese hombre que viene por allí? Te apuesto lo que quieras a que yo conseguiré antes que tú que se despoje de su abrigo. El Sol de un suspiro se escondió tras una nube, y el Viento sopló hasta casi desatar un huracán. Pero cuanto más fuerte soplaba, más se aferraba el hombre a su abrigo para que no se le volara. Por fin el Viento se dio por vencido y amainó. Salió entonces el Sol de su escondite y sonrió cálidamente al hombre. Este al rato se secó la frente y se quitó el abrigo. Así el Sol demostró al Viento que la amabilidad y la calidez son más convincentes que la furia y la fuerza.Santos pecadores En muchas ocasiones, el concepto que tiene Dios de la bondad difiere bastante del nuestro. El rey David tramó la muerte de un hombre para quedarse con su esposa. No obstante, reconoció su pecado y cifró toda su esperanza en el amor, la misericordia y el perdón de Dios. Como se arrepintió sinceramente y manifestó aún más amor al Señor a raíz de lo que sufrió, Dios lo llamó un varón conforme a Su corazón, es decir, de Su agrado (2 Samuel 11; Salmo 51; 1 Samuel 13:14). Dios tomó a un fanático perseguidor de los partidarios de Cristo y lo convirtió en uno de los mayores cristianos de todos los tiempos: el apóstol Pablo (Hechos 9:1-16). Jesús convirtió a una prostituta poseída por el Diablo en una de Sus incondicionales seguidoras (Lucas 7:36-50; 8:2-3). Estos y muchos otros episodios ponen en evidencia que el concepto que tiene Dios de la bondad contrasta con la imagen de la perfección inmaculada. Mucho más bueno a los ojos de Dios es el pecador que reconoce no tener justicia propia y por tanto depende totalmente de la bondad divina. Esos son los únicos santos que existen; ¡no hay otros! D. B. B.[End box]El fruto ejemplar: la bondad Se espera de los cristianos que sean buenas personas. De hecho, muchos no creyentes exigen más a los cristianos de lo que se exigen a sí mismos o a cualquier otro. No siempre es fácil estar a la altura de esas expectativas, pero sí es posible con la ayuda del Señor. Jesús dijo a Sus primeros seguidores: «Ustedes son la luz del mundo: Una ciudad en lo alto de una colina no puede esconderse. Ni se enciende una lámpara para ponerla debajo de una caja. Por el contrario, se pone en el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Así brille la luz de ustedes delante de los hombres, de manera que puedan ver sus buenas obras y alabar a su Padre que está en el Cielo» (Mateo 5:14-16 (NVI)). Lamentablemente, algunos cristianos tienen la idea errónea de que eso significa que se les exige ser perfectos, cosa que, como es natural, resulta imposible para cualquiera. En su afán de ser gente muy buena y recta -o por lo menos aparentarlo- acaban hipócritamente por convertirse en personajes farisaicos que se dan aires de piadosos y se creen mejores que los demás. Con esa clase de conducta por lo general no logran sino distanciar a los demás en vez de atraerlos a Jesús. Más les valdría limitarse a hacer lo que buenamente pueden, admitir con humildad y sinceridad sus faltas y errores y darle al Señor toda la gloria por cualquier cosa buena que realicen. De esa manera sí se ajustarían al concepto que tiene Dios de la bondad. Si te limitas a hacer lo que esté a tu alcance, por la gracia de Dios, y confías en que Él se encargará del resto, Su bondad se manifestará a través de ti. El fruto de cada día: la fidelidad Las personas fieles son dignas de confianza y veraces. Son fieles a Jesús, fieles a la obra que Él las ha llamado a realizar, cualquiera que sea, y cumplen su palabra y sus obligaciones para con los demás. Todo ello forma parte de los deberes cristianos. Se es fiel porque se está lleno de fe. Esa fe otorga seriedad, sentido de la responsabilidad para traducir las creencias en hechos. Las personas fieles están llenas de la Palabra de Dios, que es el origen de la fe (Romanos 10:17). Eso hace que les salga natural obedecer la Palabra. Tienen una fe viva, y se les nota (Santiago 2:18, 21-26). Siguen adelante por Dios cualesquiera que sean las circunstancias, porque saben a quién han creído y están persuadidas de que Él es poderoso para hacer que al final todo redunde en bien de ellas (2 Timoteo 1:12; Romanos 8:28). ¿Qué puedes hacer para permanecer fiel? Simplemente mantén una relación estrecha con Jesús y tómate la vida paso a paso, día a día. Llénate de Su Palabra y haz lo que puedas para ser fiel hoy. Olvida el pasado, y no te preocupes del mañana (Filipenses 3:13-14; Mateo 6:34). Si mantienes una relación estrecha con el Señor y lees Su Palabra, seguirás siendo fiel. Con eso darás un testimonio contundente ante los demás. El fruto encantador: la mansedumbre Una de las claves del éxito en las relaciones humanas es tener un espíritu manso y humilde. Incide enormemente en la forma en que reaccionan los demás ante nuestros deseos, opiniones e ideas. En la Biblia se describe a Jesús como un cordero (Juan 1:29; Isaías 53:7), como una gallina que cuida de sus polluelos (Lucas 13:34) y como un pastor tierno y amoroso (Isaías 40:11; Juan 10:14-15). Él dijo de Sí mismo: «Soy manso y humilde de corazón» (Mateo 11:29). No obligaba a nadie a creer en Él ni a seguirlo. Manifestaba compasión y conquistaba a las personas para Su reino celestial con mansedumbre y con Su ejemplo de amor. Para ganar amigos y atraer a otros al Señor, sigue Su ejemplo (1 Pedro 2:21). «El siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos» (2 Timoteo 2:24). «Que sean amables, mostrando toda mansedumbre para con todos los hombres» (Tito 3:2). «¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre. [...] La sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía» (Santiago 3:13,17). Si te parece que del dicho al hecho hay largo trecho, no te preocupes. Dios puede ayudarte a emular más a Jesús en ese aspecto con tal de que dejes al Espíritu Santo obrar a través de ti. El fruto liberador: el dominio propio Por paradójico que parezca, la clave del dominio propio -o templanza, como dice la versión Reina-Varela- radica precisamente en dejar que Dios nos domine. Se consigue entregándose por completo a Dios y permitiendo que Su Espíritu Santo se adueñe de nuestros pensamientos, de nuestras acciones y de nuestra vida. Es obvio que uno tiene que poner de su parte. Cuando la tentación toque a nuestra puerta, debemos oponer resistencia. No está de más tratar de fortalecer los aspectos flacos de nuestra personalidad. Pero la realidad es que, en algún momento, todos caemos en la tentación, nos dejamos llevar por nuestras debilidades o nos excedemos en cosas que estarían bien si las hiciéramos con mayor moderación. El apóstol Pablo bien podría haber estado hablando por cualquiera de nosotros cuando dijo: Yo sé que en mí, es decir, en mi naturaleza de hombre pecador, no hay nada bueno; pues aunque tengo el deseo de hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo. No hago lo bueno que quiero hacer, sino lo malo que no quiero hacer. Ahora bien, si hago lo que no quiero hacer, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que está en mí. Me doy cuenta de que, aun queriendo hacer el bien, solamente encuentro el mal a mi alcance. En mi interior me gusta la ley de Dios, pero veo en mí algo que se opone a mi capacidad de razonar: es la ley del pecado, que está en mí y que me tiene preso. ¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará del poder de la muerte que está en mi cuerpo? Pero luego Pablo encuentra la respuesta: «Solamente Dios, a quien doy gracias por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Romanos 7:18-25 (Versión Dios Habla Hoy)). [Box:]«Esta ha hecho lo que podía». ¿Recuerdas lo que dijo Jesús de la mujer que lo ungió antes de Su muerte? «Esta ha hecho lo que podía» (Marcos 14:3-9). Aunque no te sientas capaz de hacer gran cosa, al menos puedes hacer lo que esté a tu alcance. Si eres fiel haciendo lo mejor que puedas la tarea que Dios te ha encomendado -por humilde que sea-, uno de estos días, cuando te toque comparecer ante el Tribunal de Cristo, Él te recompensará grandemente (Romanos 14:10). Segarás recompensas eternas y gloria perpetua, y tendrás la sensación de haber logrado algo trascendental a raíz de lo que hayas invertido en Su servicio. «Bien, buen siervo y fiel -le oirás decir-. Sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré. Entra en el gozo de tu Señor» (Mateo 25:21). D. B. B.* * * «¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?» (Génesis 4:9). La respuesta es bastante evidente. Por supuesto que somos guardas de nuestros hermanos. Y no debemos olvidar que algunos necesitan más cuidado y amor que otros. D. B. B.* * * «Tú me proteges y me salvas; Tu bondad me ha hecho prosperar». 2 Samuel 22:36 (Versión Dios Habla Hoy) Las palabras amables caen suavemente, pero tienen gran peso. * * * Danos, Espíritu Santo, un corazón lleno de humildad; haznos más como Jesús, vístenos de ternura y bondad. W. H. Parker [1845-1929]* * *No podemos culpar al Diablo de todos nuestros problemas y tribulaciones. En muchos casos, ¡nosotros mismos nos los buscamos! Independientemente de lo que el Señor quiera que una persona haga o sea, en última instancia tiene que dejar la decisión en manos de esa persona. Él quiere que cada cual tenga la fe para lo que debe ser o hacer y que lo haga por voluntad propia. Prefiere que decida libremente y se someta a Él por amor. Dios deja que nosotros decidamos qué dirección tomar; pero si elegimos bien y optamos por Su camino, Él puede intervenir y ayudarnos a superar nuestras flaquezas. Basta con que nos rindamos al Espíritu Santo y mantengamos una relación estrecha con el Señor. Entonces Él puede tomar las riendas de nuestro espíritu. Con Jesús podemos gozar de una paz y unas fuerzas que nunca hemos conocido, siempre y cuando dejemos que Él dirija nuestra vida. Ten fe en el amor de Dios, entrégate a Él con sumisión y humildad y deja que te entregue Su poder. D. B. B. En 1870 se generó cierta inquietud a nivel internacional ante la ausencia de noticias sobre David Living­stone (1813-1873), el cual estaba realizando una de sus expediciones en el corazón de África. Al final el famoso médico, misionero y explorador escocés fue descubierto por una partida de búsqueda dirigida por el periodista Henry Stanley, quien al encontrarse con él lo saludó con la conocida frase: «El doctor Livingstone, supongo». Más tarde Stanley escribió: Fui a África tan lleno de prejuicios como el ateo más redomado de Londres. Pero allí me llegó la hora de reflexionar. Cuando vi a aquel anciano solitario, me pregunté: «¿Cómo diablos se le ha ocurrido venir a un sitio como este? ¿Qué le pasa? ¿Está loco? ¿Qué lo motiva?» Meses después de encontrarlo, seguía maravillado de aquel anciano que había cumplido la frase bíblica: «Déjalo todo y sígueme». Pero poco a poco, su compasión se me fue contagiando. Con su piedad, su amabilidad, su celo, su entusiasmo y la manera en que desempeñaba sus actividades, terminó por convertirme sin haberlo intentado siquiera.[End box]Preguntas frecuentes en torno a los frutos del Espíritu ¿Cómo obtengo los frutos del Espíritu? ¿Cómo recibimos cualquiera de los dones de Dios? «Pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido» (Juan 16:24). Simplemente pídelos y recíbelos de tu Padre celestial, que te ama y quiere hacerte feliz. No obstante, a diferencia de la salvación y el bautismo del Espíritu Santo, que se reciben de lleno en el momento en que se reza por ellos, los frutos del Espíritu hay que cultivarlos pasando más tiempo con el Señor en oración, leyendo Su Palabra y recibiendo y obedeciendo cotidianamente Sus instrucciones. Una vez más, podemos poner la analogía del árbol. Cuando se ora por cierto fruto del Espíritu, Dios siembra la semilla. Luego nos toca a nosotros cultivarla y ayudarla a crecer. Al principio no es más que un brote; luego, llega a ser un árbol joven, y finalmente un árbol adulto que da fruto. La calidad del fruto dependerá en gran manera de cómo se cuide el árbol. Dios es el único que puede darle vida, pero Él cuenta con que hagamos nuestra parte: ponerlo al sol de Su amor, regarlo con Su Palabra y mantenerlo libre de malas hierbas y plagas.¿Son esos los únicos frutos del Espíritu? Esos son los únicos frutos del Espíritu específicamente mencionados en las Escrituras como tales. Pero, como es natural, hay muchas otras virtudes que la Biblia nos insta a cultivar, no solo en razón de nuestra propia felicidad, sino también de la ajena y para dar mejor ejemplo a quienes nos rodean. Entre dichas virtudes se cuentan la humildad, el entusiasmo, la simpatía, el optimismo, la empatía, el altruismo y la tolerancia. Cada una de ellas es a la vez el antídoto de una o varias actitudes erróneas o malos hábitos como la soberbia, la impaciencia, la ira, la murmuración, el mal humor, el egocentrismo y el egoísmo. Por muchas debilidades personales que tengas -aun cuando sean graves y de larga data-, el Señor puede ayudarte a superarte en esos aspectos si oras y haces lo que esté en tus manos por poner en práctica los consejos contenidos en Su Palabra. (En los libros Fundamentos y Una vida más feliz -editados por Aurora Production, con versículos de la Biblia clasificados por temas- encontrarás más consejos para cultivar estos frutos del Espíritu, superar defectos y madurar en la vida cristiana.)¿Cómo corresponder a estos favores? Si te estuvieras ahogando y alguien te salvara la vida, quedarías en deuda con esa persona para siempre, ¿no es cierto? Pues bien, Jesús ha hecho algo más que salvarte la vida. Te ha redimido del pecado, te ha evitado una vida entera de decepciones y vaciedad sin Él, te ha llevado a Su amorosa presencia y te ha prometido una vida nueva y eterna después que concluya tu existencia terrenal. No habría forma de pagárselo. Sería imposible retribuírselo. Nada de lo que pudiéramos darle se acercaría siquiera al valor de lo que Él nos ha concedido. Sin embargo, debemos sentirnos impulsados a expresarle gratitud cada vez que podamos. Jesús quiere nuestro amor y devoción, y desea que hagamos lo posible por vivir de conformidad con Sus dos grandes mandamientos: amar a Dios con todo el corazón, toda la mente y toda el alma, y amar al prójimo como a nosotros mismos (Mateo 22:37-40). Un aspecto de amar a nuestros semejantes consiste en comunicarles la Buena Nueva de la salvación, para que ellos también puedan acceder a ese preciado regalo de Dios. Además, Él quiere que empleemos para Su gloria todos los dones que nos ha otorgado. Si bien son para nuestro beneficio, no son para nuestro beneficio exclusivo: traen aparejada una obligación. Nos hacen siervos de los demás. Jesús quiere valerse de tus dones para que ayudes y transmitas ánimo a los demás y para que muestres las maravillas que ha obrado por ti. No hay mejor publicidad que un cliente satisfecho, ¿y quién va a estar más satisfecho que un cristiano nacido de nuevo que ha adquirido lo mejor que hay -Jesús-, además de todos los extras que Dios nos otorga gratuitamente por medio de Su hijo? Cuando los demás vean lo que ha hecho el Señor por ti, ¡ellos también lo querrán! «Gustad, y ved que es bueno el Señor» (Salmo 34:8). «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos» (Mateo 5:14). Deja que la gente vea a Jesús reflejado en ti.

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